Capítulo 23 #3
Mis ojos han estado más pendientes de la reacción de Fayna que de lo que me estaba sucediendo a nivel interno.
Sospecho que su cara ha sido un reflejo de la mía: al principio tensa por la inquietud de la expectación, y, en un momento dado, atravesada de angustia por lo que parecía un rechazo —ese «gracias» a medio correo parecía introducir su negativa—.
Tiene que dejar que pasen unos segundos desde que Mar termina de leer para recomponerse, lanzar un grito de alegría y, a falta de darme un beso a mí, dárselo a la cámara interna del móvil, que coge con las dos manos como un niño a un cachorrito.
—¡Lo sabía!
—Enhorabuena —dice Mar con la voz entrecortada por el orgullo. Me aprieta el brazo con una mano y me guiña el ojo—. Te lo mereces.
Si pudiera responder algo con sentido semántico, diría que nada relacionado con la vocación es una cuestión de merecerlo.
Tampoco de talento, como jura Fayna. Es un asunto que ella debería entender mejor que nadie: un asunto de justicia.
Como dijo Pedro Almodóvar en una rueda de prensa cuando recibió el Premio Donostia, tengo una vocación mucho más fuerte que yo mismo.
«Nunca pensé en mi talento», contestaba el director con la humildad y la llaneza de los que dicen la verdad, pues la verdad se basta y se sobra consigo misma.
«Pensé que si no conseguía hacer cine, iba a ser la persona más desgraciada del universo».
Así de impositiva y desgarradora es la pasión por algo.
Es una especie de castigo y al mismo tiempo es tu destino.
Por más que huyas de él, y no se puede negar que yo no me esforzara por hacerlo estos últimos años, acabará encontrándote; te persigue hasta que te rindas, hasta que sucumbas a su fuerza.
—¿Estás contento? —pregunta Fayna al ver que no he abierto la boca.
No sé cuánto rato ha pasado. Solo sé que Margalida se ha tenido que levantar a responder una llamada y que mi chica ha esperado pacientemente una reacción.
—Esto es por ti —consigo articular—. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Qué dices, loco? ¡Esto es obra tuya! Lo conseguiste con tu talento y nada más que tu talento.
Sacudo la cabeza.
—Pero la oportunidad la atrajiste tú tan solo estando cerca. Ha sido así siempre. Mis sueños y mis esperanzas con el cine se han cumplido solo cuando tú has entrado en escena. Me dieron el documental porque tú eras tú y estoy seguro de que Solène se me acercó porque tú eres mi talismán.
—Qué bobo. —Sacude la cabeza, ruborizada, como siempre que se me ocurre la osadía de hacerle un cumplido—. Cree un fisco menos en la suerte y un fisco más en tus dones, Cesc, porque son esos los que te van a llevar muy lejos.
—Si efectivamente me llevaran muy lejos, ¿vendrías conmigo?
Como Fayna hubiera tardado un segundo más en contestar, habría perdido la chaveta, estoy seguro.
Pero ya no es la Fayna que se lo pensaba todo diez veces antes de actuar para al final dejarse arrastrar igual por un brote de pasión inesperado.
Fayna ya es mayor, ya es una mujer, no una niña con responsabilidades de madre y de salvadora del planeta.
Ha analizado sus opciones y ha decidido quedarse conmigo.
—Por supuesto. Aunque no me gustaría vivir en Hollywood. Tiene pinta de que allí hay una energía muy oscura.
Divertido con su mueca turbada, pregunto:
—¿Y dónde le gustaría vivir a La Fayna Silvestre?
—En un sitio que tenga el mar cerca —responde sin pensar.
Se pone cómoda en la cama apoyando la espalda contra el cabecero y recogiéndose las rodillas con uno de esos brazos largos, bronceados y coloridos que tiene, que más que un brazo parece un rollo de papel de pared estampado—, y en una casita sin escaleras, porque me llevaré a mi perro Hemingway y como tiene displasia le costaría fleje subirlas.
Y si puedo pedir algo más, quisiera que tuviéramos vecinos simpáticos —añade con timidez—.
Para tener con quien hablar cuando me quedara sola.
—Lo haré posible.
—¿Y a ti dónde te gustaría vivir?
—En un lugar con clima templado y vistas a la naturaleza para salir a desayunar al porche y disfrutar del paisaje, del sol y de la brisa. Y en una casa donde pudiera montar un cuarto oscuro para revelar mis fotos a la vieja usanza.
Fayna sonríe.
—¡Ya me imagino el olor!
—Pues eso es buena señal. Que te lo puedas imaginar, digo.
Se supone que si lo puedes imaginar, lo puedes hacer posible —contesto con pies de plomo, vigilando la modulación de mi voz y mi expresión para no descomponerme de alegría hasta las lágrimas—.
Iré por ti esta tarde, ¿de acuerdo? Antes tengo que solucionar un par de asuntos.
Fayna levanta las cejas.
—Qué misterioso.
—Si todo sale bien, seguirá habiendo muy buenas noticias. Si sale mal, nos quedaremos como estamos..., que no es poco, ¿verdad?
—No, no lo es. —Esboza una sonrisa vulnerable—. Luego te veo. Enhorabuena, mi niño. Te quiero. —Y cuelga.
Con ese «te quiero» sobrevivo lo que queda de día.
Más que nada porque es carburante suficiente para mantenerme en pie el resto de mi vida.