Capítulo 23 #2
—¿Y piensas que bastará para que mi madre me dé las pruebas? ¿Siquiera las conservará? A lo mejor solo sabe a ciencia cierta lo que ha hecho Jaume a espaldas de la ley, pero no preserva ningún testimonio documental.
—No tengo ni idea, Xicu, pero merece la pena intentarlo, ¿no?
Alterno una mirada entre las hojas de papel desparramadas, el móvil que he dejado encima de la mesa con la pantalla bloqueada y la cara de Margalida.
Desde que me la agenciaron como secretaria, un día que pasará a los anales de la historia como uno de los más importantes de mi vida laboral y personal, sobre todo si su estrategia surtiera efecto, la he visto de todas las guisas.
La he visto descojonada, llorando de la rabia con los voluntos de la fotocopiadora por culpa de la fase lútea del ciclo —esa fue su justificación, al menos—, llegar enfurecida después de una pelea con su hija adolescente; la he visto zamparse cuatro ensaimadas de una sentada, beber como un cosaco y hasta eructar, pero esto último ella lo negará a capa y espada.
Como nunca la he visto es así de convencida. En su expresión determinada y sincera hay algo de Fayna, por eso no me cuesta asociarlo al deseo más noble de todos: hacer justicia.
—¿Por qué? —se me ocurre preguntarle.
—Porque desde siempre me ha parecido asqueroso el proceder de tu padre —resume con sencillez—.
Vivirlo yo en primera persona ya fue lo bastante malo, pero advertir desde un incómodo segundo plano que cuando va a trabajar procura también divertirse con las monadas que le pillan cerca terminó de repugnarme.
Y estaba segura de que si lo vigilaba lo suficiente terminaría descubriendo alguna ilegalidad, como que había forzado a una chica.
Por suerte, como digo, nunca ha llegado a esos extremos.
No me pilla por sorpresa el hondo desprecio que siente por Jaume. Tuvo la prudencia de no dejarlo manifiesto a la primera de cambio, pero no nací ayer, y la gente traumatizada por el gran Montseny se reconoce entre sí.
—Antes de hacer algo que podría desarticular la familia y destruir su reputación, tendría que hablar con mi hermana —digo al fin—. No creo que se oponga porque se desvinculó de ellos hace tiempo, pero por si acaso...
Como si la hubiera invocado, la pantalla se ilumina. Asumo que es ella porque estaba hablando de ella; mi siguiente pensamiento es que se trata de Fayna.
Ninguna de mis intuiciones es cierta.
Cojo el móvil y descubro que no es un wasap lo que me ha llegado, sino un correo electrónico.
El corazón me da un vuelco.
—Hostia.
—¿Qué pasa?
—Solène ha contestado al email que le mandé con la prueba de cámara. —Margalida no me entiende, como es natural; no ha sido puesta al tanto de las novedades—. Ahora te lo explico. Antes voy a... —carraspeo— mirar esto.
No me atrevo a leer lo que pone más allá del «estimado Cesc» —tiene sentido que me llame así, se lo he enviado desde mi viejo correo de currante en el mundo audiovisual, [email protected] — y tampoco me atrevo a clicar de inmediato en la notificación.
En su lugar, me levanto del asiento y me dirijo a la cristalera desde la que se aprecia la entradilla al hotel Siroco y me apresuro a iniciar una videollamada con Fayna.
Ella contesta enseguida a pesar de tener las manos ocupadas.
Me salta en pantalla una especie de plano nadir —cámara abajo, protagonista arriba— en la que aparece con el top deportivo, el único sujetador que le gusta, y el pelo recogido en un moño alto.
Está sudando por el esfuerzo de ir de acá para allá por todo el bungaló recogiendo sus pertenencias y metiéndolas en la mochila de peregrina.
Recordar la mochila de peregrina me produce nostalgia.
La suficiente para olvidar por un momento por qué la he llamado.
—No lo entiendo —dice ella. Ha parado un momento para rascarse la mejilla con frustración.
Tiene el otro brazo en jarras—. ¿Por qué parece que una se vuelva a su casa con más ropa de la que trajo para venir?
No compré nada nuevo. Es como si la ropa engordara, chos ...
—Se fija por fin en mi expresión, más bobalicona de lo esperado considerando las circunstancias—. ¿Pasó algo?
—Adivina.
—¿Solène te contestó a la prueba?
—¿Qué cojones? —me carcajeo—. ¿Cómo lo has sabido?
Fayna se encoge de hombros con una sonrisa divertida.
—Reconozco el tono de voz y la carita que se te ponen cuando hablas de cine, mi niño. ¿Qué dijo la francesita?
—Es belga. Y no lo he visto aún. Te he llamado para que lo miremos juntos.
Ella solo levanta las cejas. Coge el móvil con las dos manos y se deja caer enérgicamente en el borde de la cama doble. Se sienta en posición de loto, concediéndome sin querer o queriendo unas vistas encantadoras de su torso dorado y brillante por el sudor.
—Lista —anuncia—. A no ser que quieras que me vista para mayor solemnidad.
—No, así estás bien. Me ayudará a consolarme más rápido si resulta que me ha dicho que no —bromeo. No consigo ocultar lo nervioso que estoy, y eso lo nota ella, lo nota la expectante Margalida y lo estarán notando hasta los alienígenas de Júpiter—. Bueno, allá vamos. Arranquemos la curita .
Fayna se ríe con el guiño.
Aunque podría minimizar la ventanita de la videollamada y consultar la respuesta desde el mismo móvil, decido que no quiero empequeñecer a Fayna y sí otorgarle a Solène la solemnidad que merece.
Levanto la tapa del portátil de trabajo, que siempre dejo encendido, y apoyo el móvil contra la pantalla para abrir el correo electrónico en el buscador.
Le hago un gesto a Margalida para que se siente a mi vera —Fayna la saluda con entusiasmo nada más verla; el entusiasmo es recíproco— y tomo una fuerte inspiración.
—No esperaba ponerme así —reconozco con una risita estrangulada—. Se suponía que me daba igual si me cogía o si no. Que me daba igual hacer la prueba, de hecho.
—Mentiras que un chico se cuenta para hacerse el duro —resuelve Fayna—. No pasa nada porque te importe, Cesc. Al final, se trata de eso. Cuantas más cosas nos importen, mejor.
Mar le sonríe, totalmente de acuerdo con su planteamiento.
Viendo que no me voy a atrever a pulsar las letras en negrita del correo sin leer, mi secretaria y amiga me hace el último favor adelantándose.
Clica con un floreo y un mail muy conciso se despliega ante nuestros ojos.
—¿Qué pone? —inquiere Fayna con ansiedad. Bota sobre la cama, impaciente—. ¡Léanlo en voz alta!
—Estimado Cesc —empieza Margalida. Yo he enmudecido—.
Espero que no le cuentes a nadie lo rápida que he sido revisando tu material y contestándote yo en persona.
Tengo una reputación de profesional que mantener y los aspirantes podrían ofenderse, porque la mayoría suelen dirigirse a mi ayudante y no a mí.
El caso es que no he podido resistirme a verlo en cuanto me lo mandaste; estaba muerta de curiosidad y tenía un pálpito.
Me alegra haber confirmado que ese talento y esa pasión de las que me enamoré siendo jurado del MECAL permanecen intactas.
Gracias por haber sido tan veloz y eficiente.
Debajo del correo encontrarás mi número de teléfono y los datos de contacto de mi secretaria.
Ella se encargará de hacerte llegar en los próximos días el contrato.
Por lo pronto, te adjunto el guion de la película para que le eches un vistazo.
Cuéntame tus impresiones, por favor. Te mando un abrazo.