¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Cesc

—¿Qué haces aquí a estas horas? —se sorprende Margalida nada más alzar la vista y pillarme cruzando de manera subrepticia el pasillo de la oficina.

Apoyando las manos en el escritorio, quien pronto será mi exsecretaria se incorpora muy despacio, sospechando acertadamente que vienen curvas.

—Necesito descargarme la plantilla oficial de Siroco Collective para presentar mi dimisión y no la tengo en el portátil —resuelvo con sencillez.

—¿Tu dimisión? —repite sin cambiar de expresión.

—Me largo de aquí, Mar.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Lo de siempre y nada nuevo a la vez. Quiero empezar a vivir, supongo. Me ha dado ese capricho. —Le robo un beso en la mejilla—. Te voy a echar de menos, no creas que no.

Ella no reacciona al gesto cariñoso.

—¿Tiene algo que ver con la conversación que mantuviste con tu padre ayer por la tarde?

—Sí y no.

—Lo de siempre y nada nuevo a la vez —me parafrasea, frustrada—. Sí y no. ¿Por qué tanta ambigüedad? ¿No confías en mí? Si me abandonas a mi suerte, deberías tener la decencia de al menos contarme la historia completa.

—Sabes el comienzo y sabes el final. Del comienzo eres responsable, porque tú trajiste a Fayna —le recuerdo con calidez —, y el final no es otro que este. Vas a verme salir de aquí por última vez.

—Xicu —interrumpe, impaciente—. Conozco muy bien a tu padre. No por nada fui su secretaria durante meses. Me extraña que vaya a consentir que te borres del mapa así como así.

—Lo consentirá a medias.

Pretendía irme de rositas con esa respuesta imprecisa, pero Margalida tiene la determinación de un marino ruso y más recursos para sonsacar información que la CIA .

Entre eso, que estoy muriéndome de morriña de pensar en no volver a verla y que en el fondo quiero desahogarme con alguien que podría entenderme, acabo invitándola a pasar a mi despacho y narrándole como ella quiere —desde el principio hasta el final— lo que viene ocurriéndome a nivel personal y laboral desde que conocí a Fayna.

Por supuesto, no puedo dejar fuera de la ecuación a Jaume, el que cierra el triángulo (no) amoroso.

Margalida escucha con tanta atención que termino convencido de que no ha pestañeado en toda la exposición.

No ha movido un dedo. Ha permanecido sentada muy recta en el asiento del visitante con las manos sobre los muslos tapados por la falda de tubo, el uniforme no reglamentario pero sí tácito de toda mujer que desee trabajar para Montseny.

—En resumen —concluyo—, Fayna no solo va a tener que renunciar a su deseo de llevarlo ante la justicia, sino que es muy probable que acabe firmando un acuerdo con su abogado prometiendo no mencionar su nombre jamás. Ha sido la única condición de mi padre.

—Y no puedes rebatirle porque sí que tiraste un farol. No tienes nada contra él.

—Nada sólido. Seguro que a Fayna le habría encantado mudarse a Ibiza una temporadita para escarbar en el vertedero que son sus relaciones laborales, pero eso no es compatible con estar conmigo o solo estar a salvo. Mi padre no dudaría en hacer de las suyas.

—Con la conformidad de tu madre —completa en tono flemático.

—Sí. Ella siempre estará de su parte. Si no porque es el amor de su vida, cosa que dudo, pues porque es su marido y te puedes acoger a la ley para no testificar contra él.

—¿Por qué no me lo habías contado? Que estabas buscando documentos inculpatorios. Que te proponías acabar con tu padre.

—Porque te habrías metido en un lío.

—Mentira. Sabes que puedo cuidar de mí misma. No lo hiciste porque, por lo visto, en estos años no me he declarado tan enemiga de Jaume como yo pensaba. De lo contrario, habrías confiado en mí.

Sorprendido por su respuesta emocional, intento aplacarla mirándola a los ojos.

—He confiado en ti ahora.

—Y menos mal —suspira. Se pone en pie con energía, se alisa las arrugas de la falda y se da la vuelta para ir hacia su escritorio.

Espero con el ceño fruncido a que abra uno de los cajones, saque una carpeta de cuero marrón, vuelva a hacer el camino sobre sus tacones y me la suelte sobre la mesa—, o habrías estado muy jodidos Fayna y tú.

En cuanto me señala la carpeta con la barbilla, la cojo con la reverencia que sospecho que merece.

—¿Qué es esto?

—Mi hobbie .

—¿Cómo que tu hobbie ...? —Pierdo el hilo al sacar la primera hoja de papel, una captura de pantalla de un correo entre mi padre (su dirección electrónica es inconfundible) y una mujer.

Un rápido vistazo basta para hacerme torcer el gesto—.

Joder, Mar, ¿tu hobbie es husmear en los mails de mi padre?

¿En serio coleccionas pantallazos de su... sexting ?

—Es un muy buen material coleccionable. —Se encoge de hombros—. Hay tantos correos con mujeres distintas como existen monedas, sellos o cualquier otra cosa que les guste compilar a los amantes de la acumulación.

No se equivoca. Entre que tengo prisa y que no me interesa conocer en profundidad la depravación de mi padre, de la que de todos modos llevo informado desde que era un adolescente, apenas echo una ojeada al grueso taco.

Pero como Mar ha afirmado, cada destinataria es una mujer diferente: [email protected] , [email protected] , dayanaacosta @sirococollective.com , jimenarojas @sirococollective.com , katerinailianova @sirococollective.com , y así sucesivamente.

—Es verdad que si esto saliera a la luz podría afectar a su reputación —comento por comentar para no herir sus sentimientos—, porque de cara a la galería forma la pareja perfecta con mi madre, pero ninguna de estas mujeres es menor de veinticuatro.

Por tener aventuras consentidas todavía no se va a juicio.

—No, claro que no. —Hace una pausa para inspirar hondo—.

Pero has dicho que la señora Montseny es la única que tiene en su poder las pruebas para destruir a Jaume, ¿no?

¿Y cómo crees que reaccionará si le enseñas la carpeta?

Porque llevo tiempo más que suficiente trabajando en esta empresa para saber que no tiene la menor idea de que su marido anda faltándole el respeto. No con esta asiduidad.

Su estrategia capta mi atención.

Deposito la carpeta sobre la mesa, mirándola ahora con el interés que se ha ganado, y me inclino hacia delante para fijarme con mayor detenimiento en el contenido de los correos.

Algunos exhiben un coqueteo lo bastante serio para justificar una llamada a Recursos Humanos; otros son directamente de una explicitud sexual que sonrojaría a un sacerdote.

A un sacerdote y también a Charlie Sheen.

Todas le siguen la corriente, a juzgar por el modo en que mi padre responde a los correos que recibe —algunos adjuntos, otros no—, algo que me alivia de manera inexplicable.

O no tan inexplicable.

Una cosa es que tu padre cometa delitos de guante blanco y otra muy distinta sería que fuera un violador.

—¿Cómo es que tienes esto en tu poder?

—Fui su secretaria personal durante siete meses; los que tardó en descubrir que no es que me estuviera haciendo la difícil, sino que nunca le haría el menor caso porque no es mi tipo —me recuerda Margalida con llaneza.

A sabiendas de que ahora me siento más inclinado por quedarme un rato en el despacho, escuchando lo que tenga que decir, vuelve a sentarse frente a mí—.

Guardé los correos que me envió intentando flirtear conmigo, ninguno tan flagrante como los que ves ahí, y antes de que me rebajara a secretaria del director de Marketing para conseguir otra monada que sí le calentara la cama, me aseguré de pincharle el correo.

No validarían esta prueba en un juzgado, lo sé, lo sé —se adelanta alzando una mano—, pero es que esto no iría a los juzgados. Iría...

—A las manos de mi madre.

—A no ser que quieras protegerla del daño, lo que sería comprensible.

—Mi madre no sufriría emocionalmente por una aventura...

o por una detrás de otra —me corrijo con la boca pequeña, mirando, entre pasmado y fascinado, la colección de amantes de mi padre.

Desde luego que no tiene nada que envidiar en cantidad y calidad a las reliquias que acumule un amante de la numismática—. Pero la mataría sentirse humillada.

—¿Y eso te preocupa?

Es una pregunta de cortesía, claro. El hecho de que no haya mencionado a mi madre más que vagamente desde que la conozco la habrá ayudado a deducir que entre la responsable de mi nacimiento y yo el vínculo no está enfriado porque no hay vínculo en absoluto.

—Ni lo más mínimo —le aseguro—. Se lo haría llegar incluso si la adorara, que conste.

Todo el mundo tiene derecho a saber la verdad.

Me puedo imaginar que alguna aventura aislada le ha pillado, pero de seguro mi padre se libró del castigo pidiendo perdón y teniendo un gesto romántico.

Eso es distinto de perseguir por deporte a toda joven que trabaja para ti.

—Todavía frunciéndole el ceño a una de las capturas de pantalla, niego con la cabeza—.

Todas le daban bola, y no son ni una ni dos.

Tengo que admitir que yo siempre lo he encontrado repulsivo porque lo odio, pero...

¿tan atractivo es? ¿Tanto carisma tiene?

O, mejor dicho, ¿tan insistente se muestra con ellas, que ninguna tiene el valor de rechazarlo?

—Se junta el hambre con las ganas de comer.

He conocido a cada una de esas chicas y te puedo asegurar que más de una y más de dos se enamoraron perdidamente de él.

Otras tantas se sintieron tan mortificadas por haberse dejado seducir que dimitieron poco después.

Las que me confesaron haberse sentido sucias son un porcentaje residual, y sentirte sucia no es lo mismo que sentirte abusada.

El estómago se me contrae de puro pánico.

—¿Crees que ha forzado a alguna chica? —murmuro, sin atreverme a alzar la vista.

—No, no lo creo. Eso tu padre no lo tiene. Es de lo poco que no tiene —apostilla.