¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—En algún momento tendré que ser feliz, ¿no? Y ser feliz pasa por estar tranquilo. Si nuestra tranquilidad sale al precio de bajarse las bragas, qué mínimo que planteárselo.

—No quiero que hagas nada que no quieras hacer, Fayna.

—Yo tampoco. Pero lo que tú quieras hacer podría convencerme de cambiar mi parecer. Ya tomé una decisión sola y movida por el miedo hace cinco años. No me gustaría hacerlo de nuevo.

Cesc busca en mi expresión un indicio de mentira piadosa.

Decide que no lo hay, que no he sido tan honesta jamás, y toma mi rostro entre sus manos como un sacerdote el cáliz con el vino sagrado.

Me da un beso en una mejilla, en la otra —pero no son besos europeos; son besos de Cesc, que tienen su propia consideración—, en la barbilla y en la punta de la nariz, y espera a que se me haya henchido el corazón con su mirada amorosa antes de volver a hablar.

—Tú nunca volverás a estar sola, Fayna. No mientras yo tenga un pie en este mundo.

Se me forma un nudo en la garganta. Asiento, incapaz de hacer mucho más, y le pido a través del lenguaje no verbal que reafirme su promesa dándome un beso.

Él obedece tomando mis labios con una calma y dulzura que me sobrecogen más aún, y, entonces —no exagero al decirlo—, alcanzo tal grado de iluminación que decido que no me importaría sacrificar una guerra con Jaume siempre y cuando tuviera la garantía de que Cesc estará bien.

—Es la hora del rayo verde —le digo en cuanto nos separamos—. ¿Sabes que le metiste en la cabeza a todos los chicos la obsesión con verlo?

—¿Ahora son «los chicos», y no los influencers ? —se burla con calidez.

Me encojo de hombros.

—Ya ves que las cosas pueden cambiar lo indecible en poco tiempo. Oí que Alberto quiere hacer un backflip para su TikTok ibicenco captando el rayo verde de fondo, y Carmen va a interpretar su aparición como una señal del destino para dejar su trabajo actual.

Cesc levanta las cejas con visible placer.

—Vaya, entonces Carmen no solo ha asimilado mi obsesión, sino también el porqué de ella.

—¿Qué quieres decir? ¿Tú también ibas a interpretarlo como una señal?

—Es lo que es en la película de Rohmer. Una señal.

La protagonista oye hablar a un grupo de gente mayor sobre una antigua creencia popular asociada a la novela de Julio Verne: se supone que, quien consigue ver el rayo verde en el instante en que se pone el sol, consigue comprender con claridad sus sentimientos y los de los demás.

Pero para ella, la protagonista, adquiere un significado más especial porque el punto de partida en la película es que está perdida.

No sabe qué quiere, no encaja con sus amigos, teme quedarse sola, y, al final, cuando ve el rayo verde, siente que ha sufrido una revelación.

Recupera la esperanza. Es un momento de certeza.

—Es curioso lo de buscar la esperanza y la certeza en un destello que dura un segundo, ¿no?

Cesc se encoge de hombros con aire risueño y me mira con los ojos rebosantes de emoción.

—Tú fuiste un destello de una semana y media y me diste la esperanza y la certeza. Si te digo la verdad, creía que verlo me haría sentir de nuevo como me hiciste sentir tú. Aunque fuera por un instante.

—Qué cosas dices —murmuro, sin saber cómo contestar.

Él devuelve la vista a la línea del horizonte.

Al sol le quedan unos segundos para esconderse debajo del mar.

—Siempre he tenido la sensación de que no lo veía porque no estabas tú.

Me voy a reafirmar en unas cuantas cosas si hoy se obra el milagro.

Y todo apunta a que va a suceder, porque el cielo está muy despejado y tenemos la visibilidad ideal.

—Vuelve a mirarme, ahora con ese aire travieso que me recuerda al primer Cesc, al que conocí antes que a este de hoy—.

Si lo vemos, Carmen dejará el trabajo y Alberto grabará el mejor backflip de la puta historia, pero ¿qué haremos nosotros? Algo hay que apostar.

—¿Qué sugieres tú?

Me sorprende conocerlo lo suficiente para saber que está fingiendo reflexionarlo.

—Si vemos el rayo verde, serás mi enamorada a sa banda de Tenerife.

—¿Me estás pidiendo que sea tu novia?

— Enamorada me gusta más.

—A mí también. —Hago una pausa un poquito perversa, porque sé que está esperando una respuesta—. Lo que pasa es que esa es una apuesta un tanto absurda. Ya soy tu enamorada en español y seré también tu enamorada en catalán balear, veamos el rayo o no.

—Pensaba que te harías de rogar —reconoce, aguantándose la sonrisa para parecer serio—. Es a lo que me tenías acostumbrado.

—A lo mejor hay que crear nuevas costumbres. ¿O no te gustaré tanto cuando deje de poner obstáculos?

—Si ya me gustabas con los obstáculos, imagínate sin ellos. Ya ves que yo a ti te quiero con y sin ropa, Cotufas. —Me lanza un guiño coqueto.

Entrelaza los dedos con los míos y me atrae hacia él para posicionarme en la postura ideal para contemplar el paisaje.

El yate sigue surcando las aguas hacia su destino, el tiempo sigue transcurriendo, el planeta sigue girando, pero juraría que hay una suspensión de todo cuanto conocemos en los segundos que el sol demora en ocultarse.

Para mi inmenso asombro, porque juro que pensaba que era una fantasía febril de Cesc, de Rohmer y de Julio Verne, un destello de ciencia-ficción irrumpe sobre la línea del horizonte.

Por un momento, ese momento que dura el espectáculo, se me ocurre que acaba de aterrizar un ovni o que una central nuclear ha estallado: así de verde es la explosión, de un tono esmeralda radiactivo que deslumbra.

Si creyera haberlo soñado, la reacción de Cesc y de los chicos en cubierta me habrían instado a aceptar que ha sido real: Mina lanza un aullido, apuesto a que Carmen es la que prorrumpe en aplausos, y el hombre que tengo a mi lado se queda tan perplejo con sus propias emociones desbordadas que por un instante solo puede contemplar el océano en estado de shock.

—El rayo verde —murmura sin apenas despegar los labios—. Era el rayo verde.

—Yo también lo vi —confieso, no menos patidifusa.

Cesc se gira a mirarme, yo me giro a mirarlo a él, y me embarga la aplastante certeza de que esta será una de esas cosas de las que jamás me arrepienta: no me habría perdonado perderme la lentitud mágica con la que una sonrisa de niño se adueña de su cara por completo.

Sus ojos, también verdes, brillan con la misma intensidad radioactiva que el fenómeno atmosférico, y me contemplan con tantísima alegría que me convencen de que el único milagro en esta Tierra nuestra soy yo.

Por ver de nuevo esa expresión en su rostro, pienso, me encargaría personalmente de encender un fuego verde entre el mar y el cielo cada atardecer, desde el día de hoy hasta que me convirtiera en ceniza.

Cesc me atrapa entre sus brazos y me cubre la cara de besos, riéndose como los campeones cuando ganan el primer premio, como los locos sin ninguna razón de peso, como los enamorados en el momento en que son correspondidos.

Sobrecogida por su jovialidad, que me resta años de amargura y me los da de vida, consigo relajarme y reírme también, y pensar para mí misma que ahora soy su enamorada .

Y eso significa muchas cosas, pero entre todas ellas, significa que no estoy sola ni lo estaré nunca más.