Capítulo 22
Fayna
El tripulante al que le pregunto dónde puedo encontrar el camarote principal se contagia de la sonrisa estúpida que se me ha dibujado en la cara.
Sin hacer preguntas, quizá porque sabe con quién voy a reunirme y por qué, me indica la última puerta del pasillo lateral: «La única habitación con ventana», especifica.
Allí me dirijo con el corazón latiéndome a toda pastilla, como en una primera cita con esa persona con la que intuyes que podrías construir algo significativo. Toco a la puerta —¿de qué madera será? No me puedo creer que Aina haya olvidado mencionarlo— antes de girar el pomo y asomarme al interior.
La estancia cuadruplica en tamaño las entrañas de mi autocaravana y está decorada con tan buen gusto que da hasta rabia.
Sobre todo, el camarote tiene algo que a mi casita rodante le falta: un Cesc que me espera sumido en sus pensamientos y vestido acorde a la etiqueta de la que pronto, cuando presente su dimisión, podrá prescindir para siempre.
Una lástima. Está guapísimo con su disfraz de magnate todopoderoso.
Cierro la puerta y avanzo hacia él de puntillas, aunque estoy segura de que me ha oído llegar. Le rodeo la cintura por detrás y apoyo la barbilla sobre su hombro para admirar lo que me está disputando su atención: el quizá decimoquinto atardecer que vivimos juntos.
—¿Crees que echarás de menos todo esto si te desvinculas de tu padre? —le pregunto en voz baja, temerosa de interrumpir su paz con brusquedad.
Él se gira hacia mí con una ligera sonrisa y roza mi mejilla con la suya.
—¿Con «esto» te refieres al paisaje ibicenco?
—A los yates. A las estrellas Michelin. A tu impresionante apartamento.
Cesc se ríe con la ocurrencia y niega con la cabeza.
—Olvidas que entre los dieciocho y los veinticinco conviví con los estudiantes más cerdos de toda España en pisos compartidos... y que esos fueron los años más felices de mi vida. Me encanta ser un hippie sin un duro y tener que ingeniármelas para llegar a fin de mes.
—No eres un hippie de verdad cuando en cualquier momento puedes heredar una fortuna multimillonaria. Hay que ver... Todo en ti es aspiracional, ¿eh? —lo pincho en tono bromista.
—No creo que mi padre me considere para la herencia, pero no me importa. No me importa ninguna de las represalias que pueda tomar para hacerme pagar por la rebeldía de buscarme la vida fuera. —Se gira para encararme—. Pero creo que a ti sí podrían importarte, y es justo que te advierta.
El cambio de tono en la conversación me endereza en el acto.
—¿Qué pasó?
—Esta tarde he ido a hablar con él. Quien dice hablar, dice confrontar —se corrige con un humilde cabeceo—.
Ni se ha inmutado cuando he tirado el farol de que tengo pruebas de que ha cometido delitos.
Asegura que solo mi madre podría hundirlo y que no le interesaría en lo más mínimo.
Y se ha reafirmado en las amenazas que te dirigió en su día —añade.
Más que sombría, más que preocupada, su expresión es la de alguien que se duele, resignado, porque sospecha el desenlace—.
Esta vez se diferencia de la pasada en que ha ofrecido una salida.
Intento no traslucir mi inquietud.
—¿Qué salida?
—Promete dejarnos en paz si te comprometes legalmente a no volver a pronunciar una mala palabra en su contra.
—Quiere comprar mis simpatías —resumo con voz queda.
Cesc asiente, tan rígido que, más que cogerme de la mano con cariño, me la agarra con el miedo y el vértigo de la caída en una montaña rusa—.
Si te digo la verdad, me sorprende y me extraña.
Sé que no te mintió porque, por lo poco que lo conozco, es un hombre transparente cuando se sienta a hablar de negocios.
No le merece la pena entretener burlas o insinuaciones tramposas.
Pero ¿tanto le preocupa y le preocupó siempre que la tome con él?
¿Cómo es que no se dio cuenta todavía de que quien tiene dinero le ganará todos los asaltos a quien solo tiene la palabra?
—A mi padre hay que reconocerle que te respeta, Cotufas. Si no te viera como una amenaza, ni se habría interpuesto entre nosotros ni estaría dispuesto a pedirle a su abogado que confeccione un acuerdo de confidencialidad.
»Quiero que sepas que odio el simple hecho de transmitirte sus intenciones —agrega de corrido—, que no estás obligada a traicionar tus principios solo para que nos deje tranquilos...
y que no soporto ponerte en esta tesitura.
Al final, no pierdo de vista que viniste para destruirlo.
Me imagino cómo podría sentarte no solo no haberlo conseguido, sino regresar a casa con una cremallera en la boca.
Una cremallera que tendrá que permanecer cerrada a cal y canto de por vida.
Aparto la vista hacia el inmenso ventanal del camarote, desde donde se aprecian los últimos destellos del día. El sol se ha convertido en el punto rojo de la bandera de Japón, solo que no sobre un lienzo blanco; se superpone en un cielo amable, digno de pintura romántica.
Una parte de mí, pequeña pero lo bastante ruidosa para escucharla con claridad, se enorgullece de representar una molestia para Jaume Montseny.
Incluso si no soy más que una piedrecita en el zapato —ni de coña el iceberg que destruyó el barco de crucero más monumental de la historia del siglo veinte—, es como para sentirse halagado.
Ahí acaban las emociones optimistas.
El activismo ha sido mi vida desde que era una niña, esa es la verdad.
Me brindó un objetivo vital que perseguir y del que enorgullecerme cuando no podía hacerlo por vías académicas o familiares.
No exagero si digo que ha dado sentido a mi existencia incluso en las épocas oscuras y aciagas de mi adolescencia y primera juventud.
Pero a raíz de la muerte de mi padre, se transformó en algo aún más prioritario.
Se transformó en lo único que me mantenía funcionando.
Perseguir la justicia no ha sido solo una meta ni solo el camino para llegar a ella —camino a veces fructífero, a veces infructuoso—, sino la fuente de mi alegría y también mi decepción.
Antes y después de enamorarme, fue una de las pocas cosas, cuando no la única, que me arrancó del pozo de la desidia y me produjo alguna clase de satisfacción.
He celebrado todas esas satisfacciones, pero también los fracasos. Forman parte de mi identidad. Cesc no exagera al mirarme de hito en hito, prácticamente hecho a la idea de que no voy a consentir algo así.
Sabe cómo soy, y esta es, en parte, una de las razones por las que me quiere.
Silenciarme es una manera de matarme.
—Entonces crees que es imposible llevarlo a juicio —deduzco.
—¿En el corto plazo? Por completo. En el largo... solo Dios sabe. Tengo la esperanza de que algún día cometa un error y alguien más listo que yo consiga desenmascararlo.
—A mí no me importa que destape cómo he vivido —admito con un encogimiento de hombros.
Cesc se sorprende tanto que pestañea varias veces—.
Sí, claro, puede ser traumático ver cómo internet se inunda de fotos de la que fue nuestra casa y la gente me busca en Instagram o en Facebook para llenarme las publicaciones de insultos espantosos. Pero lo prefiero a dejarme comprar.
—¿En serio? ¿Te expondrías a eso antes de plantearte firmar un acuerdo?
—Sí. A no ser —añado— que a ti te amenazara con algo.
—No tiene nada contra mí. Lo único que puede usar para hacerme daño en ausencia de Laia eres tú.
—¿Y te haría daño que me acosaran un tiempo en redes y, en el peor caso, cayera en desgracia como figura non grata ?
—Me enfurecería, pero si a ti no te molesta, a mí tampoco.
Inspiro hondo, renovada por la revelación.
—Pues entonces que mueva ficha —sentencio—. Él puede ser un tiburón de los negocios, pero yo soy un animal de la red. Te aseguro que puedo encontrar la manera de hacer que un escándalo así juegue en mi favor.
—¿En qué sentido?
—La okupación plantea un debate social interesantísimo.
—Encojo un hombro—. Es un tema muy candente en la actualidad.
Aportar mi experiencia y mi punto de vista vendrá muy bien, y nadie se sorprenderá ni se espantará al descubrirlos.
Al fin y al cabo, Jaume no va a destapar que soy un fraude; va a destapar que viví del modo que defiendo.
»Siempre es un buen momento para reivindicar que la vivienda es un derecho, y nunca me harán avergonzarme de que mi padre se las ingeniara para poner un techo sobre mi cabeza cuando no podía valerme por mí misma.
No le robamos la casa a ningún particular; aquello ni siquiera era una casa terminada.
No tenía ventanas, por el amor de Dios. Y el ochenta y dos por ciento de los pisos okupados son propiedad de los grandes tenedores, no de pobres currantes, como insisten en vender los medios.
—Pero puede que tengas que hablar de todo por lo que pasaste —me advierte Cesc.
—Mi padre no está aquí para recibir vejaciones por ello, que era lo que me preocupaba antes. Si quiere iniciar una guerra conmigo, que la inicie. No va a encontrar nada por lo que denunciarme, y llevo peleándome con notas de su calaña desde que era una cría. No me da miedo.
Cesc me mira como si no se creyera lo que está viendo y sonríe lentamente.
—Eres admirable, ¿lo sabías? —dice con la voz entrecortada por la emoción.
—A lo mejor no piensas lo mismo cuando internet se llene de mensajes de odio hacia mí.
—¿En serio crees que me dejaría influir por la opinión ajena?
—No —contesto con sinceridad—, pero sospecho que podrías pasar un mal rato. Por eso quiero que me digas aquí y ahora si estás de acuerdo. En eso consiste ser un equipo, ¿no? En ponerse de acuerdo.
—¿Quieres que te diga lo que pienso de tu decisión?
—Quiero que me digas si la apoyas o no. Porque si no la apoyas —vacilo—, estoy dispuesta a valorar la posibilidad de firmar ese acuerdo.
Cesc se queda de una pieza.
—¿De verdad?
Recuerdo lo que Mina me dijo hace un par de días, durante nuestra fabulosa mañana de confidencias y risas, y le aprieto la mano cariñosamente.