Capítulo 21 #3
—¿No te parece insostenible guardar el secreto para siempre? No ya porque alguien en tu círculo cercano lo sabrá y la peña acaba hablando, sino por el desgaste mental que te supondrá a largo plazo.
Felipe me sonríe como si pensara con cariño: «Pobrecita, no se entera de nada».
—No me supone ningún desgaste que se me perciba como un hombre cis, créeme. Al revés. No quiero dar pie a que se cuestione de ninguna manera, porque ya te adelanto que eso sí que me desgastaba. Me desgastaba que te cagas.
Renuncio a seguir haciendo hincapié en mi visión, que, al final, está tan distanciada de la que habrá sido su transición y su realidad material que podría decirse que estamos en las antípodas el uno del otro.
No soy la persona indicada para darle consejos o hacerle recomendaciones.
Y, aun así, Felipe me palmea el hombro de manera amistosa, agradeciéndome en silencio que le haya brindado la oportunidad de desahogarse.
Quién me iba a decir al comienzo de este viaje que acabaría sintiéndome identificada con todos los chicos y chicas.
—No me digas que ahora también este tío ha descubierto que eres una persona normal e incluso interesante y divertida —barbota Mina, interrumpiendo nuestra complicidad.
Lleva las manos vacías, y no me extraña: no querrá arriesgarse a que le suceda algo parecido a lo del otro día—.
Quería que el secreto de que Fayna es guay muriera conmigo. Así nadie me la robaría.
—Hay Fayna para todos —bromeo—. Justamente estábamos hablando de ti. Más o menos.
—¿Ah, sí? ¿Te ha contado Felipe que soy poco menos que una mierda pinchada en un palo? Espero que me hayas defendido, Fay.
Felipe pone los ojos en blanco.
—¿Por qué le iba a contar algo que ella ya sabía?
—¿Por qué no te vas al carajo? —contraataca Mina, ofendida.
—¿Otra vez? ¿Cuántas veces me vas a mandar al mismo sitio?
—¡Las que hagan falta hasta que obedezcas!
—¿Cómo os podéis pelear con estas vistas? —protesto de buen humor. Consigo que aparten la vista el uno del otro y echen una ojeada al paisaje que abarco con un aspaviento—. ¿No os parece el sitio perfecto para hacer las paces?
Felipe me lanza una mirada extrañada.
—Oye, ¿a ti qué te ha dado, que de pronto pareces Mr. Wonderful?
—Ha echado un polvo —resume Mina con un encogimiento de hombros—. A diferencia de mí —agrega con resentimiento.
—Porque tú no quisiste —responde Felipe.
—¡No es que no quisiera! ¡Y más te vale no empezar con las recriminaciones, porque en la fiesta de faltas morales, tú eres el rey! ¿O te tengo que recordar que el otro día me drogaron y ni siquiera viniste a preguntarme cómo estoy?
A Felipe le cambia la cara. El mosqueo es enseguida sustituido por una compasión cautelosa.
—¿Querías que fuera a preguntarte cómo estás, acaso?
—¡No es una cuestión de si quería o no quería! ¡Me lo tenías que preguntar! ¡Al menos si te quieres considerar una buena persona!
—Me parece a mí que no me puedes venir con reproches sobre lo atento que debería ser contigo. No eres mi novia ni nada que se le parezca.
—¡Soy una persona que podría haberla palmado! —le grita Mina, ya sin ápice de humor o su habitual ironía. Los ojos se le llenan de lágrimas, y como siempre que uno ve derrumbarse a alguien que parece hecho a prueba de balas, mi corazón da la voz de alarma.
Felipe es el primero que reacciona con comprensible turbación. Asiente con la cabeza, consciente de su error, y la toma de la mano para apretársela en señal de disculpa.
—Siento que te pasara algo así —dice con voz clara—. Hay gente muy hija de puta en este mundo.
Mina aprieta los labios, de seguro molesta porque él haya dado el brazo a torcer tan rápido, privándola del gusto de seguir discutiendo. Aparta la vista para que no la vea sollozar.
—Que te den. A toro pasado ya no me sirve ningún consuelo.
—¿Y qué te serviría? Vamos, vamos. A toro pasado, lo que sobre todo no sirve es ponerse a llorar —insiste Felipe—. Vente al bar y te pedimos el cóctel más divertido que haya; invito yo. Y prometo vigilarte la copa todo el día.
—¿Cómo que invitas tú, cabrón? ¡Hay barra libre!
Felipe sonríe con el intento de pillería, y Mina, que en el fondo es la última interesada en seguir mosqueada, acaba contagiada del gesto y meneando la cabeza con exasperación.
No se opone a que él le tire de la mano con delicadeza y la guíe cubierta a través diciéndole algo que no acierto a escuchar... y que por desgracia no es asunto mío.
Los veo marcharse con una leve sonrisa en los labios.
Hoy todo me inspira alegría y compasión.
Y no creo que sea porque he echado un polvo, aunque eso sin duda le iluminaría el día a cualquiera.
Es porque me encuentro suspendida en un punto del Mediterráneo, siento a un nivel muy profundo que Cesc anda cerca, y aunque me embarga la inevitable nostalgia de los fines de escena, no dejo de repetirme que cuando esto acabe podríamos tener un nuevo comienzo.
Los comienzos siempre dan miedo, pero también están llenos de esperanza.
El móvil me vibra en el bolsillo.
Estoy en el camarote principal. ¿Vienes?
No me digas que te has marginado voluntariamente y quieres que yo lo haga también para hacerte compañía.
Eso mismo.
Me has leído la mente.