¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Epílogo
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Epílogo

Fayna

—¿Echaste la pajarita?

—Claro que he echado la pajarita.

—¿Y los zapatos Oxford?

—También.

—¿Qué llevas de complementos?

—Un reloj. Bueno, y las pulseras de cabo que compramos en Poblenou. Y el ojo turco, a ver si nos da suerte y ganamos la Palma de Oro.

—Llegará todo arrugadísimo.

—Estoy seguro de que en el hotel donde nos alojaremos hay servicio de plancha.

—Me da vergüenza pedirle a alguien que nos planche la ropa.

—Se dedican a eso, Cotu —se ríe él.

—¿Y qué? Me sigue dando vergüenza. A lo mejor debiste llevar el esmóquin emperchado —sigo valorando, ceñuda—. Aunque tuviéramos que pagar un extra de equipaje.

Cesc me lanza una mirada teatral.

—¿Pagar un extra, dices? ¿Quién eres y qué has hecho con La Fayna Silvestre?

—Matarla para renacer como Fayna Navarro, ¿o ya se te olvidó? —le devuelvo la ironía.

—Tienes razón. —Lanza una mirada soñadora al techo del aeropuerto—. Estoy con toda una celebridad.

Yo no diría «toda una celebridad», pero es verdad que hay un salto cualitativo importante en lo que respecta al renombre y el prestigio cuando pasas de grabar vídeos en redes sociales a aparecer como colaboradora de medios en programas televisivos.

También hay un gran cambio relacionado con la energía que le pones y el cansancio con el que terminas.

Mi cuerpo así lo demuestra: no llevo ni cuatro horas de sueño encima y he cogido tres aviones en los últimos cinco días porque se me requería en Tenerife para asistir a un debate de RTVC sobre la destrucción del litoral y la especulación urbanística y un rato después en Ibiza para dirigir unas jornadas sobre turismo y acudir a una reunión de organismos medioambientales que están investigando la mala gestión del agua.

Y luego tenía que regresar a Barcelona a tiempo para volar a Niza, el aeropuerto más cercano a la ciudad francesa de Cannes.

No vivimos exactamente en Barcelona, que conste.

Lo intentamos una temporada, pero la playa más cercana no es ninguna belleza natural y está hasta los topes de turistas.

Acabamos eligiendo Begur, un pueblo de la Costa Brava que tiene todo lo que me gusta: calas de agua cristalina, patrimonio histórico, senderos costeros para recorrer en un día libre, un estilo de vida más tranquilo y, por supuesto, a Cesc.

Aunque eso lo habría llevado a cualquier parte.

—Tiene su guasa que me preguntes si lo llevo todo a estas alturas —se burla—. Podrías haberme ayudado con la lista mientras estábamos en casa y no a punto de entrar al avión.

—Mejor preguntar ahora que nunca, ¿no? Y si lo hago en este momento es porque me fío de tu capacidad organizativa. No estaría con un notas al que tuviera que maternar.

Cesc está tan cerca de mí que a pesar de llevar gafas de sol sé que me guiña un ojo.

Nos llega el turno de enseñar nuestros billetes, esos que nos empecinamos en pagar por cuenta propia a pesar de que la organización del festival quería costearlos y Solène insistió lo indecible.

Él no me suelta la mano en tanto que tican el código QR , y yo tampoco.

No solo no me he acostumbrado a los lujos y las comodidades que ahora se nos ofrecen, sino que sigo estando tan en contra de pagarle un extra a la aerolínea low cost para viajar al lado de mi acompañante que Cesc y yo vamos al Festival de Cine de Cannes cada uno en una punta del avión.

Por suerte, para este tipo de situaciones —que se dan con exasperante frecuencia—, él y yo hemos patentado un método efectivo en el noventa por ciento de los casos que nos asegura que nos cambiarán el sitio.

Consiste en portarnos fatal.

Que ahora seamos ciudadanos catalanes empadronados en la Costa Brava y la mayor parte del tiempo hablemos en la lengua local con nuestros vecinos no significa que no tengamos nuestro propio lenguaje.

Antes de marcharnos a Barcelona durante un curso y medio, antes de vivir un añito en Madrid, antes de echar los nueve meses del calendario escolar en Granada, estuvimos de viaje por Canarias, terminando la ruta que nos quedó debiendo del año del documental, y pasamos tiempo de sobra en La Gomera estudiando el silbo.

Como la práctica hace al maestro, ahora podemos comunicarnos sin pronunciar una palabra.

Normalmente soy yo la que inicia el jueguecito, pero como es Cesc a quien le ha tocado la cola del avión, no me extraña que sea el que denota prisas por tenerme a su lado o bien le muevan a otro asiento.

Me llegan una miríada de silbidos más prolongados o más cantarines que me arrancan una sonrisa.

«¿Cuántas veces tendremos que silbarnos hoy hasta que nos echen la bronca?».

«A las siete u ocho veces se quejarán», contesto mientras me pongo el cinturón.

El señor sentado a mi lado frunce el ceño y me mira como si estuviera loca, pero no dice nada.

«¿Has echado tú la crema solar?».

«¿Es que vamos a ir a la playa?».

«Es Cannes. Habrá que ir».

«¿Podremos coger el tren para ir a Antibes? Me interesa mucho la ciudad».

«Lo que quiera la princesa».

—Oye, ¿qué haces? —se queja el adolescente que tengo a mano derecha. Al girarme a mirarlo con cara de pocos amigos, el chico levanta las cejas y se ruboriza—. Hostias. Tú eres @lafaynasilvestre , ¿no? La que destapó lo de Jaume Montseny.

Esa es otra historia.

Como fui la que hizo el vídeo explicativo más largo al respecto, los adictos a internet me asocian con la caída en desgracia de Siroco Collective, a pesar de que fueron los jueces y sus fieles intermediarios los que se aseguraron de que pagaba una multa millonaria y perdía una parte significativa de su patrimonio.

Por desgracia, estábamos hablando de Jaume, una torre tan alta que no podía caer del todo.

Aunque se barajó una sentencia de prisión, se libró por los pelos y todavía le quedó dinero de sobra para marcharse de Ibiza y comenzar de cero en Nueva York.

Rodeado de señores de su quinta en la Meca del capitalismo, está como en casa, pero al menos no molesta ni a Cesc, ni a la ya británica Laia, ni a la que fuera su mujer, que lo dejó tirado cuando más necesitaba que su familia diera la cara por él.

Me encojo de hombros, porque ya me da igual si este sujeto graba un tiktok comentando que se ha cruzado conmigo y no he sido simpática, y silbo lo más alto que puedo:

«Me acaban de preguntar por tu padre».

Me llega la carcajada de Cesc desde el fondo del avión.

«Dile que han pasado cinco años. Que se actualice».

«Has mejorado tu silbo».

«He sido bilingüe toda la vida, como para no. Y no sé para qué me he esforzado tanto, si lo más importante fue lo primero que aprendí: a decirte que te quiero».

«Pero ahora lo silbas mejor».

—¡Callaos de una puta vez! —grita un pasajero.

Una azafata azorada se apresura a acercarse a mí —por experiencia sé que otra ha ido corriendo a pedirle a Cesc que se comporte— y me pregunta si por favor podría dejar de silbar.

—Estoy hablando con mi enamorado . Si quieren que seamos más sutiles, siéntennos juntos. Veo unas cuantas butacas libres en este avión.

La azafata que se había inclinado hacia mí se reincorpora, sin tenerlas todas consigo, e intercambia una mirada inquieta con la que se está encargando de Cesc.

Se hacen unos cuantos signos —él y yo no somos los únicos que tenemos nuestro lenguaje privado— y terminan resignándose, como ya he dicho que hacen el noventa por ciento de las tripulaciones de cabina con las que hemos coincidido.

A estas alturas, seguro que somos famosos. De hecho, una vez me salió un tiktok de una azafata de vuelo contando su experiencia con nosotros entre risas incrédulas: «Se pusieron a silbar y no había manera de que se callaran».

Al cabo de unos minutos, un Cesc triunfal y guapo como un dios a sus treinta y cuatro años se levanta del peor asiento del boeing y se echa al hombro su equipaje de mano para acudir a la primera fila, a donde me han trasladado también a mí.

Hay quien se queja del trato preferente, hay quien comenta por lo bajo que este favor nos lo han hecho porque yo soy famosa —más famoso es Cesc en según qué esferas sociales, porque para algo se ha convertido en el director de fotografía fetiche de Solène Delorme, pero mejor si no se enteran—, hay quien se está aguantando la risa.

Ni a él ni a mí nos importa porque vivimos tan asquerosamente volcados en el otro que a menudo no somos conscientes de lo que hay a nuestro alrededor.

—Hoy nos reubicaron antes de lo pensado —señalo en cuanto se deja caer a mi vera—. ¿Crees que es una buena señal?, ¿que significa que tu segunda película con Solène ganará la Palma de Oro?

—No es mejor señal que el hecho de traer conmigo a mi talismán humano. —Me guiña un ojo—. Pero ojalá lo petemos.

Acto seguido, y como también establecimos por costumbre, nos ponemos de acuerdo para sacar a la vez el libro que nos entretendrá durante el viaje.

Confirmo con un vistazo de reojo —que él replica con menos disimulo— que es el mismo que he comprado yo en la tienda duty free y contengo una risa absurda.

Abrimos a la vez las tapas de la última novela de Irene Solà, él en catalán, yo en castellano, y la sujetamos con una sola mano; la otra está y estará siempre ocupada agarrada a la del otro.