Capítulo 21
Fayna
Es nuestra última noche en la bella Ibiza, y no voy a mentir: me irrita que no vayamos a pasarla en la isla propiamente dicha.
Habría preferido aprovechar el atardecer en tierra firme explorando alguna de las rutas de senderismo que solo conocen los locales, pero Jaume Montseny tenía que hacer ostentación de riqueza una vez más prestándonos su yate de lujo para llevarnos a cenar a Formentera.
(Carmen no ha dejado de canturrear la cancioncita de Aitana desde que hemos llegado al puerto. For-men-te-ra. )
Al cruzar la pasarela de la embarcación, lo primero que he olido ha sido la madera recién barnizada con el aderezo de sal marina.
Por lo que se ha tomado la molestia de explicarnos la incansable Aina, que se conoce mejor la tipología de las propiedades de Jaume que su propio nombre, el yate es «de tamaño mediano», lo que quiere decir que caben en torno a doce invitados más los nueve tripulantes de rigor.
Todos los suelos del interior están revestidos de nogal pulido, todas las mesitas auxiliares y la barra bien surtida son de mármol travertino y todos los cuadros que se observan en las estancias comunes pertenecen a renombrados artistas contemporáneos que Jaume ha tratado en persona.
—¿Y no nos honrará él con su presencia? —me arriesgué a preguntar yo durante el paseo por cubierta—. ¿Ni siquiera esta última noche?
Aina me dirigió otra de sus miradas cordiales, más pulidas que ningún suelo de nogal.
—El señor Montseny es un hombre muy ocupado —se disculpó, y procedió a mostrarnos las reliquias cocteleras del bar de diseño, donde podríamos pedir champán francés y vinos baleares premium.
Lo que quiera que sea eso.
El puerto deportivo Marina Ibiza, nuestro punto de salida, se encuentra en Eivissa, la localidad que los influencers han estado explorando a lo largo del día para empaparse de la historia cultural de la isla.
Esa que yo me he saltado a la torera para exprimir los ¿últimos? ratos con Cesc en Ibiza.
He conseguido unirme a la travesía muy por los pelos.
Estaba dispuesto que el yate, de nombre María Luisa —así se llamaba la madre de Jaume, por lo visto.
Quién iba a decir que tendría corazón—, iniciara su ruta a las ocho y media, cuarenta y cinco minutos antes de la puesta de sol, y yo he cruzado la pasarela —no tan triunfal como el concursante de OT que llegará sano y salvo a la próxima gala— diez minutos antes de zarpar.
Por lo que he oído y me han informado por vía mensaje de texto, Cesc ya se encontraba en las entrañas del María Luisa cuando llegué, pero no podrá reunirse con nosotros hasta que haya terminado de zanjar «unas cuestiones» con la tripulación.
Miedo me da pensar en esas cuestiones.
Debo confesar que ahora mismo no lo echo (fleje) de menos.
Con mi cóctel sin alcohol en la mano, unas vistas esplendorosas hacia una Es Vedrà bañada por la luz ámbar del atardecer y la quizá absurda convicción de que todo saldrá bien al final, aunque solo sea porque nos lo merecemos, joder , me siento extrañamente revitalizada.
Carmen, de pie a mi lado, parece haber recuperado también la fe en el mundo.
—Tenemos otra oportunidad para intentar ver el rayo verde —comenta, también acodada en el barandal.
Ella ha pedido asimismo un cóctel, lo que he decidido interpretar como un avance.
A lo mejor no se pide un segundo, o a lo mejor se convence de que debe «compensar» la ingesta calórica de la mezcla de alcoholes rechazando los canapés y el menú degustación que nos espera en Formentera, pero algo es algo.
Me giro a mirarla con una sonrisa que se extiende plácidamente en mis labios. Uno puede notar a un nivel visceral cuándo el cuerpo está en sintonía con el espíritu en detalles como ese; eres muy consciente de tus gestos y movimientos y te parecen alineados con la situación.
—¿Tú también estás obsesionada con el rayo verde?
—Desde que Cesc lo mencionó, no he parado de pensar en él.
— Chos , a mí me pasó lo mismo. —Solo que yo pienso en él en sí, no en el rayo verde—. ¿Crees que tendremos suerte?
—Lo espero, la verdad. Siento que necesito una señal, ¿sabes?
Que Dios o el destino me digan de alguna manera qué hacer con mi vida —confiesa con admirable vulnerabilidad.
No dejan de chocarme (y conmoverme) los insólitos momentos en los que alguien no muy cercano se arriesga a mostrar sus debilidades—.
Me he dicho a mí misma que si veo el rayo verde antes de volver a Barcelona, tendré permiso para replantearme mi futuro en redes sociales. Dejarlas, si es necesario.
—No deberías poner una decisión tan importante en manos de una casualidad, mi niña.
—Supongo que no, pero me da tanto miedo equivocarme que necesito algún tipo de impulso, inspiración o como lo quieras llamar. Sobre todo siendo tan consciente de lo que me espera si tiro la toalla: torturarme por debilucha y desagradecida durante mucho tiempo.
Contemplo su perfil nostálgico con una pequeña sonrisa.
—A veces nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos —comento con mi mejor tono desenfadado—.
Hablas de dejar de tener presencia en TikTok como si fueras a mentirle al reclutador del ejército para librarte de servir a tu país.
Nadie te va a llamar débil o desagradecida por elegir lo que es mejor para ti.
—¿Ni cobarde?
—Ni cobarde.
—¿Ni inútil?
—Ni mucho menos inútil, porque sustituirás la vida influencer por otra vida, ¿verdad?
—Ahora mismo no sabría decirte por cuál —admite—, pero sí, claro que sí. Lo que tengo claro es que no me metería en el mundillo del deporte. Nunca pensé que algo tan saludable y en teoría bueno para la mente como lo es hacer ejercicio podría convertirse en mi cruz.
—Te volverás a enamorar del gimnasio, la bici y lo que sea que te gustara antes de todo esto, te lo prometo. Es que se habla poco de lo nocivo que puede llegar a ser que tu hobbie se convierta en tu trabajo.
—Ni que lo digas. ¿«Trabaja de lo que amas y no trabajarás nunca»? Más bien «trabaja de lo que amas y no lo volverás a amar en tu puta vida» —se lamenta—. ¡No volverás a amar nada jamás, de hecho!
—Lo importante es que fuiste lo bastante valiente para reconocer que había un problema y estás reflexionando la solución —señalo con suavidad. Intento ser lo más sutil posible al reconducir la conversación por una senda optimista—. Eso ya es un paso, y es dando pasos como se llega a alguna parte.
Carmen me encara por primera vez desde que hemos comenzado a hablar.
Su expresión es la de una persona que siente curiosidad, pero que por desgracia sabe que ha agotado los tres deseos del genio.
Y por supuesto que los ha agotado. Los agotó el primer día sometiéndome a un interrogatorio descortés.
Tendrá que ser en extremo educada y humilde si pretende seguir haciendo peticiones arriesgadas...
o preguntas impertinentes, que es lo mismo.
—¿Qué hay de ti? Tú también confesaste el otro día tener tus dudas sobre la vida influencer . Da la impresión de que te sabe a poco y no terminas de sentirte parte del mundillo.
—Todo eso es verdad —le concedo con un aspaviento resignado—.
Pero lo que yo hago se diferencia de lo que tú haces en un aspecto crucial: yo no centro mi contenido en mis rutinas ni en mi vida privada, y eso me pone a salvo del sufrimiento al que muy comprensiblemente te arroja a ti tener al mundo entero opinando sobre tu físico o tus objetivos.
Mi labor es más activista que personal, y, mientras eso sea así, me saldrá a cuenta.
Lo que intento promover es más grande que yo. Es más importante que yo, ¿entiendes?
—¿No lo dejarás nunca?
—Nunca digas nunca. —Encojo un hombro—. Pero me gustaría dejarlo, obvio. Llevar el activismo más allá, ¿me explico? Trabajar en algún organismo medioambiental, un sindicato de trabajadores, una asociación que atienda a mujeres en riesgo de exclusión social... Cosas así. Tiempo al tiempo.
—Me gustaría ser como tú. Tener una meta. Una pasión —admite Carmen.
—Hay quien nace con la vocación integrada en su ser —consiento con un movimiento afirmativo—, pero otros le tienen que dar un pensado para descubrirla. Si eres de las segundas, más mérito tiene. La iluminación no te ha caído del cielo, sino que es resultado de una reflexión profunda.
—¿Habéis visto a Alberto? —interrumpe Felipe.
Nos ha alcanzado con un tercio de cerveza en una mano y un canapé en la otra.
Está guapísimo con una camisa estampada, el pelo todavía húmedo y las chanclas que lleva a todas partes.
—Creo que estaba grabando backflips en la otra punta del yate —responde Carmen—. ¿Tú qué? ¿Le has echado las fotos de rigor al cáterin de entremeses?
—Ya me conoces. Me dejo el trabajo hecho nada más llegar para luego ponerme a disfrutar.
Me fijo en su expresión iluminada por los últimos destellos del atardecer.
Nadie diría que Mina lo rechazó hace un par de días. O se le da de maravilla fingir normalidad cuando el fondo sigue comiéndose el tarro, o bien lo ha superado rápido.
No me extrañaría esto segundo. La gente corriente se sobrepone de los dramas vitales chasqueando los dedos y con admirable entereza. Soy yo la que arrastra penas de otra vida allá donde va.
—¿Qué tal va la cosa con Mina? —me arriesgo a preguntar.
Sin mudar la expresión, se encoge de hombros.
—No sé a qué «cosa» te refieres. Por ahí andará.
—Había buen feeling entre los dos —me apoya Carmen, que ha entendido enseguida a dónde pretendo llegar.
Felipe sacude la cabeza sin rencor.
—Eso fue un espejismo.
Se da la vuelta y regresa por donde ha venido.
Intercambio una mirada con Carmen que me deja preguntándome en qué momento hemos adquirido la suficiente confianza para entendernos sin hablar: asiente, invitándome a ir tras él, y yo desaparezco trotando hacia la zona chill out con camas balinesas y jacuzzi a la que se ha retirado.
—Oye —lo llamo—. Hablé con ella ayer por la mañana y me pareció que, a su manera, se sentía culpable. A lo mejor podéis arreglar las cosas.
Felipe me mira por encima del hombro.