Capítulo 20 #3
—¿Y eso en referencia a qué lo dices? —inquiere con indiferencia—. Valoraría más tus poéticos reproches si supiera de qué me hablas, hijo.
Suelto una carcajada fría.
—No jodas, Jaume. ¿En serio se te ha olvidado la razón por la cual acepté entrar a trabajar en tu puto conglomerado de delitos de cuello blanco? Ya te adelanto que tú bien puedes haber olvidado a Fayna, pero yo no.
Confirmo que mi padre no albergaba recuerdos de lo ocurrido al advertir la revelación en su semblante. El nombre, lejos de dibujarle una mueca culpable, le inspira a asentir casi con respeto.
—Ah, claro, la chica canaria. Imagino que tú no fuiste el responsable de traerla hasta aquí para publicitar los hoteles, sino Margarita.
—Es Margalida —mascullo entre dientes.
—De lo contrario, habría sido un tanto patético, ¿no? —prosigue—. Ofrecerle a una exnovieta la experiencia de su vida después de haber sido abandonado de cualquier manera... Lamentable.
No consigo reprimirme a tiempo y salvo el espacio que nos separa para amenazarlo con el dedo.
—No empieces con tus manipulaciones de mierda, porque yo no voy a caer. No soy ningún pobrecito ni ninguna chavala sin recursos para hundirte. Soy la prueba viviente de todo lo que has hecho mal, así que...
—Así que ¿qué? —me anima, mirándome desde arriba.
Somos más o menos igual de altos, pero él tiene una compostura a prueba de balas y yo, en pleno arrebato de rabia, me deshago como el barro al sol—.
¿Se supone que estos son los recursos que tienes para hundirme?
—Sacude los papeles con las cejas alzadas—.
Tú mismo debes saber que no son la gran cosa si los has dejado tirados por ahí.
Ha llegado el momento de sacar el as bajo la manga: el farol.
—¿Quién te ha dicho a ti que no tengo pruebas más sólidas fuera de tu alcance?
Creo que en treinta años de vida nunca he conseguido captar la atención de mi padre como en el día de hoy. Por primera vez, un destello de curiosidad asoma a sus ojos verdes, y con la curiosidad llega una suerte de retorcido respeto.
—Vaya —es lo único que dice—. ¿Te has propuesto arruinar a tu familia solo porque quité de en medio a tu novia rastafari?
—Mi novia rastafari tiene más huevos que tú, que el alcalde y que todos los jueces a los que has sobornado juntos.
Esperaba que siguiera haciéndome daño por ahí, utilizando a Fayna, pero una vez más sale por la tangente.
Y es que si lo pienso, ¿por qué iba a meter el dedo en la llaga si lo único que puede sacar de beneficio con eso es cabrearme?
Él es mucho más práctico. Es el hombre que nada siente.
El hombre incoloro e indoloro. Yo no le importo una mierda, y Fayna menos aún.
Lo que sí le importa es la posibilidad de que le jodan el negocio.
—¿De dónde has sacado las presuntas pruebas?
—Te sorprendería.
—¿Y qué piensas hacer con ellas? ¿Vendérselas a un periódico para que escriban un reportaje o graben un documental sobre mis supuestas maldades? ¿Llevarme a juicio? ¿Qué es lo que podría hacerte sentir mejor, Francesc?, ¿lo que repararía lo sucedido con Fayna?
—Lo sucedido con Fayna —repito con incredulidad—.
Tienes un don para simplificarlo todo. Sorprendente cuanto menos viniendo de un tipo que saca adelante un conglomerado de empresas.
¿Qué hay de todo lo demás que no es «lo sucedido con Fayna», papá?
¿De utilizar a Laia como arma arrojadiza?
¿De una infancia infernal? Incluso si ella no existiera, estaríamos hoy aquí, tú y yo, manteniendo esta misma conversación.
—Eso lo dudo bastante. Uno solo saca unos huevos como esos cuando tiene un objetivo, y tú no tenías ningunos hasta que apareció esa chica.
¿Qué es lo que quieres? —pregunta sin rodeos.
Deposita los papeles sobre el escritorio y se gira hacia mí por completo.
Hasta el momento había estado de perfil, como si yo no mereciera ningún tipo de atención—.
¿Que te despida y te deje poner mi nombre por los suelos dando vueltas por el mundo con ella?
—Eso lo voy a hacer me dejes o no. Laia está muy lejos de tu alcance y sabes tan bien como yo que si no puedes usarla a ella, no tienes nada en mi contra. Tendrías que amenazar con matarme, y eso sí que no quedaría bien en tu currículum.
—Sigo pudiendo filtrar información muy interesante sobre Fayna —responde con candidez, como si hubiera descubierto que adolezco de una deficiencia y debiera ser empalagosamente amable—. ¿Cuántos seguidores perderá cuando se sepa que vivió de okupa?
—¿Puedes demostrarlo?
—Podría. Si quisiera. Igual que tú podrías hundirme. Si quisieras.
—¿No crees que quiera? ¿Crees que esto es un farol y te vas a ir de rositas?
Jaume me mira largamente.
—Por supuesto que te has tirado un farol.
¿Te parece que nací ayer, hijo? La única persona que tiene pruebas para enterrarme es tu madre, y entre que no se atrevería a arruinar su propia reputación y que podría acogerse al artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para ahorrarse testificar en mi contra, no supone ninguna amenaza.
Pero en el remoto caso de que pudieras convencerla de inmolarse para joderme solo un poquito, no dudes que yo te destruiría a ti por difamación.
—Curva los labios en una sonrisa breve y se despide con un asentimiento japonés—. Que gane el mejor, Francesc.
Siento que pierdo la sujeción de las rodillas al verlo dirigirse a la puerta con la misma calma con la que habrá entrado.
—¿En serio? —pregunto en voz alta—. ¿Todo esto porque quiero largarme de aquí y estar con una mujer que no apruebas?
¿Tan lejos eres capaz de llegar con tal de que no sea feliz?
¿No podrías haberte sentado conmigo, como un puto padre normal, aunque fuera dentro de la normalidad de los empresarios sin escrúpulos, y haber negociado una salida?
¿No te habrías dado por satisfecho si yo me hubiera largado a Tenerife una temporada con Fayna para terminar de grabar el documental y luego buscarme la vida por España a cambio de...
No sé, pedir la emancipación, renunciar a tu patria potestad, fingir mi muerte?
¿Por qué estás radicalmente en contra de que haga lo que quiero, incluso si estoy dispuesto a hacerlo según tus reglas?
Él me ha estado escuchando con el cuerpo de perfil, el rostro orientado hacia mí y la mano en el picaporte de la puerta de cristal.
—Nunca habría sido una vergüenza para mí que hubieras sido un director de cine de éxito, Francesc.
No entiendo el arte, pero sí comprendo su valor social y cultural.
Lo que pasa es que no estabas siendo un director de cine de éxito.
Ni siquiera el director de un documental serio.
Estabas siendo el coprotagonista de un reality show disfrazado de proyecto natural, y la chica con la que te asociaron era un peligro público.
Lo que es peor: un peligro para mí. Tú puedes jugar según mis reglas, claro que puedes.
¿Puede ella? —Entrecierra los ojos—. ¿Firmaría un papel prometiendo no difamar mi nombre jamás, ni el mío ni el de ninguno de mis socios y amigos?
—No seas ridículo —le espeto con desdén—. ¿Qué daño puede hacerte que @lafaynasilvestre haga comentarios venenosos sobre tus empresas en internet, joder?
Jaume jadea una sola carcajada burlona.
—Apuesto no le gustaría que te tomaras tan poco en serio su labor activista, Francesc.
—Ella es muy consciente de que no eres el propietario de una constructora con apenas un año y medio de vida a la que se puede sabotear con un par de protestas.
—Entonces ella tampoco se toma en serio su labor activista.
Yo sí lo hago —me asegura con una mirada acerada—.
Te sorprendería la cantidad de proyectos que han echado atrás los ayuntamientos y organismos medioambientales por cortesía de Fayna Navarro.
Pero, insisto: si me firma un papel jurando no entrometerse jamás en mis asuntos, te daré mi bendición.
—Y extiende los brazos con una sonrisa beatífica, consciente de su propia teatralidad.
Igual que los ha levantado, los deja caer, y, manteniendo el gesto triunfal, empuja la puerta—.
Ahora solo habrá que ver si puedes comprar los principios de tu novia con tu gran amor de película.