¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¿Cómo me voy a sentir desconectado de ti, tonta?

El malo de la película no es una persona externa o desconocida.

Es alguien con quien he convivido y que sé cómo se las gasta.

No me tengo que «creer» lo que me dices porque me consta que es así y entiendo a la perfección que te protegieras.

Es lo mismo que llevo haciendo yo desde que soy un crío.

Fayna se me queda mirando con gesto apenado.

—Tuvo que ser un infierno crecer con alguien así —se lamenta por mí, pero sabe que no creo en la compasión y ella, si abre la boca, es para cavilar o sentenciar, no para exhibir piedad. Continúa por un derrotero no tan inesperado—: ¿Crees que por eso nos sentimos atraídos el uno por el otro?

Arqueo una ceja.

—¿Por qué, exactamente?

—Porque nos hicimos a nosotros mismos, sin ayuda de nadie.

Yo no tuve madre, y mi padre fue una especie de...

hijo problemático para mí. Tus progenitores no fueron mejores, y por el modo en que hablas de Laia, parece algo entre un oráculo de sabiduría inagotable y una hija por la que nunca dejarás de preocuparte.

Puede que esa sea la razón freudiana de que nos juntáramos —concluye en tono ligero, aunque no dudo que hable en serio—.

Porque somos un reflejo del otro y a la vez lo que necesitamos.

Su planteamiento me saca una carcajada.

—Hay que ver. Ni siquiera después de haberme declarado tus sentimientos eres capaz de aceptarlos, ¿eh? Le tienes que buscar los tres pies al gato. No tienes remedio.

—Pues explícame tú a mí cómo es que estamos así habiéndonos visto un total de veinte días en nuestras vidas de veintiocho y treinta años respectivamente —refunfuña.

Cojo el guante con mucho gusto y la incorporo para sentarla en mi regazo.

—No puedo hablar en tu nombre —le digo en voz baja—, pero en lo que a mí respecta, yo a ti te quiero porque eres fuerte, eres valiente, eres justa y eres, también, un bombón, y no creo que eso tenga mucho que ver con Freud, que de todos modos ya se ha descubierto que en muchos sentidos era un fraude; a lo mejor por eso su nombre se parece tanto a la palabra.

—Me encojo de hombros—. En cuanto al tiempo transcurrido...

Es fácil querer a alguien cuando no le temes a enamorarte, eso lo primero.

Y es más fácil todavía cuando ese alguien tiene un aspecto que la hace destacar en un aeropuerto lleno de gente y dice lo que piensa cuando y como lo piensa.

Eso elimina ya de entrada los obstáculos que se interponen habitualmente entre los seres humanos a la hora de relacionarse: la idealización inicial que suele desembocar en la decepción; los meses y meses que requiere conocer en profundidad a alguien, lo suficiente para decir que la entiendes; los jueguecitos mentales de «ahora te hago caso y ahora no»...

Yo a ti no he tenido que buscarte por el mundo ni perder el tiempo analizándote para descubrir quién eres, y ni mucho menos he necesitado quebrarme la cabeza para descifrarte.

Me caíste del cielo y mi único deber fue aceptar que mi destino era quererte.

Ella mira al suelo con las mejillas coloradas.

—Cómo se nota que te gustan las películas.

—Y cómo se nota que a ti te gusta que te digan cosas bonitas, ¿eh? —me burlo, tirándole del moflete que se le ha arrugado de tanto sonreír como una idiota.

Fayna se cubre la cara con las manos, no tan abochornada como da a entender, y a mí, que estoy tan loco por ella que ni me aguanto despierto, todo lo que es visceral se me mueve por dentro como placas tectónicas.

Es un regalo que por fin se atreva a mostrarse coqueta aun dentro de su introversión. Es como ver a un polluelo salir del cascarón y extender las alas en tiempo real.

La rodeo por las muñecas para poder ver bien su rostro y ella se deja sin forcejeos. Descubre para mí unos ojos grandes y brillantes con las pestañas dobladas en todas las direcciones, resultado del rímel del que no ha podido deshacerse del todo ni con un par de duchas.

—Yo también te quiero —murmura con la garganta atascada.

Me tengo que aferrar con todas mis fuerzas a la masculinidad tóxica que nos viene a todos los hombres de fábrica para no emocionarme hasta las lágrimas.

La puta sombra de Jaume nos ha dejado a ambos más sensibles de la cuenta.

—¿No me vas a decir por qué? —la pincho—. ¿De pronto economizamos el lenguaje?

Fayna escudriña la respuesta en mis ojos antes de afirmar con la cabeza tan sutilmente que es casi imperceptible.

—Porque eres el hombre más bueno del mundo.

Unas horas más tarde, me pregunto si Fayna seguiría pensando eso de mí. Me dirijo a mi despacho —el que pronto será mi antiguo despacho, en realidad— para compartir con Margalida los últimos acontecimientos y advertirla de que dentro de poco estará trabajando para otro capullo.

Ya me puedo imaginar la respuesta convenientemente desapegada tras la que ocultará su sincera decepción: «Bueno, al menos ese no será el hijo de Montseny y con un poco de suerte dará un palo al agua».

Abandonar a Margalida a la suerte del futuro y misterioso director de Marketing no es propio de un buen hombre. Seguro que tampoco lo es prepararse para soplarle un puñetazo a su padre, que, sea un hijo de puta o no, sigue siendo su padre.

Y la violencia sigue siendo condenable.

No creo que Fayna vaya a enterarse, al menos. Nunca he sido de los que van por ahí aireando sus victorias, y conseguir acertar en el blanco de la cara de Jaume Montseny será, sin género de duda, la mayor de todas ellas.

Descubro que los astros se han alineado en mi favor al cruzar el pasillo que conduce a mi oficina. Antes de llegar a la mesa de mi secretaria, Margalida se abalanza sobre mí con un archivador pegado al pecho y las gafas de vista colgando del escote de la camisa.

Deduzco que no va a contarme un cotilleo por los ojos de pollo con los que me mira.

—¿Por qué no contestas al móvil? ¡Llevo todo el día intentando comunicarme contigo!

—¿Qué pasa?

—Tu padre. Vino al despacho para hablar y no te vio.

Vio algo peor —agrega con un retintín que no me pasa desapercibido: el del reproche que jamás me hará abiertamente.

O sí, porque se explica exasperada—: ¿Cuántas veces te he dicho que limpies el escritorio antes de marcharte?

Puedo impedir que un peón se asome a tu mesa por más curiosidad que sienta, pero a Jaume no le hace falta una orden judicial para registrarte los cajones.

—¿Por qué querría registrarme los cajones?

—Pues eso digo yo, Francesc. ¿Por qué querría registrártelos? —me devuelve la pregunta con la ceja enarcada.

Alzo la vista hacia la cristalera que divide mi espacio de trabajo del suyo. Allí, blindado con esa seguridad en sí mismo que le hace dominar cada rincón del mundo, se yergue la espalda orgullosa de mi padre, enfundada, por supuesto, en su paradigmático traje.

Si lleva aquí metido cuatro horas, las que he demorado en atender mi jornada de tarde, no se le nota. Ha tomado asiento en la silla de las visitas y aguarda de espaldas a nosotros examinando un puñado de papeles grapados.

No tardo en recordar qué tipo de papeles grapados dejé esparcidos por mi escritorio la última vez que pasé por aquí.

En lugar de estremecerme de pavor, la reacción que debería tener una persona con un mínimo sentido de la supervivencia, alargo el cuello y me preparo para la confrontación.

Que se haya puesto a husmear entre mis pertenencias nos facilitará la charla pendiente.

—Ahora hablamos —le digo a Margalida sin despegar la vista de mi padre.

Él advierte mi llegada antes de que empuje la puerta, porque se levanta despacio y se gira hacia mí con una expresión inesperada.

Cierto es que lo he visto muy poco para tratarse del responsable de mi nacimiento, pero no deja de ser alguien que conozco desde que nací; por eso es sorprendente que todas y cada una de las veces se comporte de un modo que no podría haber previsto.

En lugar de recibirme con gesto sombrío o rojo de la rabia, espera una explicación con las cejas arqueadas, pero, como es de rigor, primero entretiene las correspondientes cordialidades.

—¿Qué tal, Francesc? He oído que hoy has mandado a un sustituto a llevar a los influencers al casco histórico de Eivissa y Dalt Vila. No será que has pillado un resfriado veraniego de tanto cambio entre la playa y la montaña, ¿no?

Permanezco erguido a un paso de distancia del marco de la puerta con una sonrisa gélida.

Me temo que ahora que la he pintado en mi cara, no la voy a poder borrar.

Mi cuerpo se ha convertido en el mejor detector de amenazas y reconoce a mi padre como el responsable de cada una de mis últimas desgracias.

Como se me ocurra respirar de más, poner un pie delante de otro o solo pensar en Fayna, voy a cometer un acto irreparable.

—Estoy honrando mi condición de currante colocado a dedo saltándome mis obligaciones a la torera y cargándole el muerto a otro. Lo mismo que estás haciendo tú, supongo, porque estas son horas muy productivas como para desperdiciarlas repantigado en mi despacho.

—Venía a interesarme por el desarrollo de la semana.

Me ha llegado que una de las chicas fue drogada en la fiesta que se celebró en nuestra discoteca —comenta como quien menciona el parte del tiempo.

Se abanica con el taco de papeles—. Espero que se encuentre bien y no afecte a su valoración general de Isla Serena.

—Si afectara de algún modo, seguro que encontrarías la manera de comprar sus simpatías.

—Guardo las manos en los bolsillos del pantalón informal.

La sonrisa me tiembla en la boca—. Presentándote en la puerta de su casa a amenazarla a ella y a su familia, por ejemplo.

¿O no eres de los que repiten la jugada?

Bah, claro que sí. Llega un punto en la vida de un empresario que, o tira de los clásicos de la extorsión, o se queda sin ideas.

Lo que sí me esperaba era lo siguiente: que mi padre ni siquiera se inmutara.