Capítulo 20
Cesc
No sé cómo coño me las apaño encontrándome en semejante estado de shock, pero a lo largo de la tarde consigo montar la secuencia que Solène me pidió.
Espero que la cineasta no sé dé cuenta de que gran parte del material tocante a exteriores forma parte de mis proyectos inacabados y llevaba años grabado y reservado en una carpeta privada.
En todo mi esplendor optimista, confiaba en que, algún día, la musa de los guiones me inspiraría y podría aportarle un sentido narrativo además de estético a estas composiciones.
Confiaba, también —y no sé por qué, menudas ínfulas me cargaba—, en que se me presentaría una oportunidad como la que Solène me ha brindado y entonces apreciaría estar preparado.
Al final resulta que debo agradecerle al Cesc del pasado su previsión y su positividad.
Ahora solo toca cruzar los dedos y rezar para que Solène quede deslumbrada con el hecho de que la rapidez de mi respuesta no esté reñida con la calidad de la prueba y me escoja entre las decenas de aspirantes.
O cientos.
O miles.
He de confesar que el ofrecimiento de la directora no me ha sido indiferente en ningún momento, y si lo ha parecido, es porque todavía lo estaba asimilando. Pero ahora, después de la confesión de Fayna, esta oportunidad se ha convertido en mi clavo ardiendo.
Necesito que me elija. Necesito que me ayude a despegar o, mejor dicho, a alzar el vuelo de nuevo.
Necesito que me conceda una razón sólida y un puerto seguro para presentar mi dimisión y largarme con Fayna a Tenerife, a Noruega o al fin del mundo si hiciera falta hasta que comience la grabación en Ibiza.
En el caso de que alguien se haya preguntado alguna vez si cabe la posibilidad de sentirse exuberante de felicidad y enfermo de agonía al mismo tiempo, proclamo aquí y ahora que sí, es perfectamente plausible.
Es el estado en el que me encuentro desde que Fayna me ha contado la verdad hasta el momento presente, en el que me hallo ultimando detalles con el programa de edición.
Ella no se ha movido de mi lado en todo el día.
En cuanto consiguió calmarse lo suficiente para regresar renqueando al coche, volvimos a mi casa y nos hicimos compañía de todas las formas en las que dos personas pueden hacerse compañía.
Y aquí sigue, para mi inmenso asombro y mi aún mayor satisfacción: dormida con la cabeza en mi regazo y yo, con los cascos puestos para no molestarla, girado en una postura no muy cómoda hacia la mesilla móvil que sostiene el portátil.
He tenido que avisar a Margalida de que no podría acompañar a los influencers a lo largo del día de hoy.
Ella, magnánima como siempre, les ha endosado otro guía.
Para aplacar a Carmen, la única que me ha preguntado tímidamente por correo si volveríamos a vernos, le he prometido que como mínimo me presentaré en la fiesta a bordo del yate de mi padre, que se supone que saldrá de puerto ibicenco para atracar en Formentera esta noche.
La última noche.
Agacho la cabeza hacia Fayna con el estómago encogido. Le retiro el pelo de la cara, que intenta en vano tapar su perfil, y vigilo su respiración acompasada y su ceño fruncido con una mezcla de alivio y razonable preocupación.
Al contarme la verdad, admitió que había un obstáculo entre los dos. Por el camino confesó que ella no podía salvar ese escollo, y a continuación hizo algo aún más impropio de su carácter independiente —y por lo que le estoy agradecido—: se puso en mis manos.
Editar la prueba de cámara era algo que debía hacer porque me había comprometido, más conmigo mismo y con Fayna que con la directora, pero ponerme manos a la obra me ha dado la excusa perfecta para tramar soluciones sin que ella sospeche.
Si hubiera seguido mi instinto en la pradera de amapolas, lo mismo me habría montado en el coche viéndolo todo rojo y me habría plantado en el despacho de mi padre para romperle la cara a hostias.
Dios sabe que no me faltan ganas y siempre me han sobrado razones.
Pero, para mí, querer a alguien significa hacerte cargo de sus necesidades.
Anteponerlas, si es lo conveniente. Y desde luego que me ha parecido mucho más conveniente darle a entender con mi tranquilidad y mi paciencia que no estoy enfadado, que no le guardo rencor y que no voy a hacer ningún movimiento brusco porque mientras la tenga a ella no me hace falta nada más.
Sobre todo lo he estimado oportuno porque la criatura me ha estado mirando de reojo y con resignada tristeza durante las horas posteriores, como si esperase que de un momento a otro cambiara de opinión y la largara a patadas por haberme ocultado un secreto de esa magnitud.
Tarde o temprano tendré que separarme de Fayna, porque es un hecho que me espera una cita cara a cara con Jaume Montseny.
Todavía no estoy seguro de qué le voy a decir.
Mi padre no es una persona a la que se le pueda soltar una amenaza y luego seguir con tu vida como si tal cosa.
Todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra, y créeme que no es un condicional ambiguo, sino un futuro zanjado: lo será .
También será utilizado en tu contra lo que calles, lo que otorgues, lo que escribas y lo que pienses.
Y aunque esto ha sido la gota que ha colmado el vaso y me encantaría dejarme arrastrar por mis peores impulsos matándolo en el nombre de todo lo que me importa, insisto en que mucho antes debo proteger a Fayna.
Debo hacerlo porque me ha confiado el secreto de su sacrificio.
—¿Ya terminaste?
Bajo la cabeza a tiempo para verla estirarse con los ojos todavía pegados.
Le ha salido una vocecita de niña que me saca una sonrisa.
—Estoy a punto de enviarlo. ¿Quieres pronunciar unas palabras para despedir cordial, oficial y solemnemente mi primera y, con suerte, última prueba de cámara para Solène Delorme?
Fayna deja caer los brazos que había alargado sobre la cabeza y los descansa sobre su regazo, ahora tumbada boca arriba. Me mira sin verme, sumida en sus pensamientos, y al final solo se persigna.
—En el nombre de Tarantino, de Scorsese y de... ¿Paul Thomas Anderson?
—Sería un buen trío —convengo, divertido—, pero para mí el padre sería Kubrick, el hijo sería Tarkovsky y el Espíritu Santo que nos guía, sin duda, Lynch.
— Chos , no di ni una.
Me río con su tono decepcionado y me doblo en una postura ortopédica para darle un beso corto. Pretendía que fuera corto, al menos, pero ella me rodea la nuca con una mano y me mantiene pegado a sus labios hasta que se cansa.
—¿Dormí demasiado?
—Tres o cuatro horas. Falta te hacían. ¿Has soñado con los angelitos? —me burlo cariñosamente.
Fayna sacude la cabeza despacio. El monstruo de la inseguridad se asoma a sus ojos un momento. Vacila antes de liberarlo admitiendo:
—Con mi padre.
Levanto las cejas, sorprendido porque se haya atrevido a mencionarlo. En Atlantis me dio la impresión de que su muerte y el luto posterior se quedarían allí, como canta Serrat, enterrados «entre la playa y el cielo».
Aparto a un lado el portátil, ya pulsada la intimidante tecla de enviar, y bajo la tapa para ponerle toda mi atención. Ella se ha quedado con la vista clavada en el techo, acariciándose distraída el vientre por debajo de mi camiseta.
—¿Qué has soñado?
—Que lo conocías. Creo que te habría gustado. Os habríais caído bien.
«Eso lo dudo bastante», me cuido de responder.
Ya en su día tomé la determinación de no decirle lo que pensaba sobre su padre, del que ella nunca ha hablado con menos que afecto incondicional —con todas las desventajas y la crueldad que eso comporta—; no voy a romper mi voto de silencio ahora con el riesgo que corro de contrariarla.
Sé lo suficiente sobre su relación para despreciarlo por inútil y sé lo suficiente sobre ella para comprender que ha elegido, más por supervivencia que porque así lo quisiera, quedarse con lo bueno de su padre.
Pero, al mismo tiempo, ¿qué sabré yo de nada? ¿Acaso estuve allí?
—Fueron unos años duros —confiesa sin apenas despegar los labios—.
Eso que dijiste antes de que te tiraste un lustro sin estar del todo es lo que me viene pasando desde que él no está.
De alguna manera siento que estoy flotando en el espacio sideral, donde nada ni nadie puede tocarme, ¿sabes?
Alguien muere y tú sigues teniendo que pagar la factura del agua —se le escapa una sonrisa incrédula—.
La persona que más quieres desaparece de la Tierra y tú sigues teniendo que comerte el desayuno, meterte en la ducha, ir a trabajar.
—Menos mal que tu trabajo es de pandereta, ¿no?
Fayna me acepta la broma con un gracioso mohín.
La necesitaba para sobreponerse.
—Pues habría agradecido una jornada de sol a sol para no pensar, la verdad.
—Eso lo puedo entender.
Ella alza la mirada hacia mí. Algo encuentra en mi cara que le suaviza la expresión.
—Tú lo entiendes todo. Siempre —murmura, agradecida y disgustada a partes iguales.
Alarga el brazo y me roza la mejilla con las yemas de los dedos—.
No dejé de preguntarme si hice bien al tomarme en serio la amenaza de Jaume.
Si de verdad habría puesto en marcha todas esas medidas espantosas que prometió.
Si las consecuencias habrían sido tan devastadoras como me lo parecieron en su momento.
—Hiciste lo correcto —confirmo sin dudar—, porque Jaume habría hecho eso y mucho más. Pero —añado. No iba a ser todo un camino de rosas— ojalá me lo hubieras dicho. ¿O es que no confiabas en que yo hubiera respetado que priorizaras a tu padre?
—Creo que habrías intentado buscar una solución y eso nos habría metido en problemas. El sufrimiento se habría alargado demasiado.
—Puede que tengas razón.
—¿No estás enfadado conmigo?
—Contigo no. Contigo nunca.
—Hay cosas peores que emputarse —medita con la boca pequeña—. Estar decepcionado, por ejemplo. Estar dolido. Sentirse desconectado. ¿Te sientes desconectado de mí?