Capítulo 19 #3
Fayna me salva de mi absurda divagación devolviéndome el apretón de mano.
No ha apartado los ojos de mí, aunque yo he estado mirando hacia todas partes menos a ella, y me convence con su sola expresión de seguir, de hacer lo que tiene que hacerse.
«Solo soy yo», parece transmitirme con la solidez de su presencia, y yo decido creerla a pesar de que no es cierto, o sí, es cierto, pero no es consciente de lo que eso significa en realidad: solo es ella, vale, pero ella no es «solo» alguien.
La humildad y la incapacidad de seguir en este estado de enajenación me relajan los hombros y le sonrío con sencillez.
—Te voy a asustar diciéndote esto, Cotufas. Pero tengo que decirlo, porque es la verdad.
—Llevas toda la mañana asustándome, si soy sincera.
—Pues esto no va a ir a mejor. Creo —cojo aire— que me he tirado los últimos cinco años sin oír nada de lo que me decían.
Sin estar presente. Tiene mucho que ver que me rindiera con todo; que renegara de mi pasión y me encerrara en la cárcel familiar de la que salí por piernas en cuanto pude.
Pero estaría reservándome parte del relato si no dijera que gran parte de la razón de que abandonara sin más fue que desaparecieras del mapa. De mi mapa.
»Mira, no voy a decir que te quisiera desde que te vi —continúo entre pausas necesarias para reponerme, consciente de que me tiembla la mano que ella aguanta con firmeza—, pero de alguna manera te quise desde que hablé contigo.
Me lo imaginé todo en aquel avión, Fayna.
Tuve una visión de lo que vendría después, de los sentimientos que desarrollaría, y me anticipé.
Por eso me resultó tan fácil besarte. Por eso resultó tan fácil todo lo que pasó a pesar de tus bloqueos, muy comprensibles cuando se es solo un poco más racional que yo.
Y he tenido tanto tiempo para preguntarme por qué viví aquello tan intensamente que he llegado a una conclusión, y es que entendí desde el primer momento que eres la vida que quiero tener.
Una vida isleña, movida por la pasión, por la intuición, por el arte, por la justicia.
Lo confirmé cuando te esfumaste, porque sentí que no tenía sentido luchar por esa vida y me sometí a todo esto que has visto a lo largo de la semana.
Con tu estampida, sentí que nada de lo que quería era en realidad para mí, y lo he vuelto a confirmar hoy, cuando me ha caído encima el quince de que vas a volver a pirarte.
»Llámame optimista. O loco —insisto. Ahora soy yo el que le aprieta los dedos, que ella ha dejado lánguidos, y avanza un paso para hablarle directamente a los ojos—, pero siento que puedo hacer que me quieras esta vez.
Sé que podría conseguirlo si te quedaras el tiempo suficiente.
Así que supongo que te estoy pidiendo que...
¿que te quedes? ¿Que me dejes intentarlo?
Fayna me había estado mirando con una mezcla de pasmo y desolación. No es hasta que termino de desahogarme, procurando quedarme en una nota positiva, que se le impone una mueca de puro dolor y gira la cara para que no la vea.
Doy por hecho que quiere ahorrarme el bochorno de verla una vez más horrorizada con la absurda intensidad de mis sentimientos, pero no es eso. Se esconde porque se le han saltado las lágrimas y no consigue controlarlas.
—¿Qué te pasa? ¿Fayna? —Agacho la barbilla en busca de sus ojos. Ella me los niega—. Fayna.
Sacude la cabeza, incapaz de formular una frase, y hace un aspaviento para pedirme que espere.
Sé que hay que respetar los deseos de las señoritas, pero verla echarse a temblar como si la temperatura hubiera descendido cuarenta grados me impresiona y tengo que abrazarla.
Fayna impide que me acerque extendiendo el brazo con la cabeza hundida en el pecho, sollozando tan fuerte que parece que se haya quedado sin respiración.
—Hay que ver el efecto que tengo en las mujeres —bromeo, tanto por su bien como por el mío.
—Ya lo conseguiste —atina a balbucear.
—¿Cómo? Me he perdido.
Fayna me mira con los ojos ardiendo en las cuencas, más rojos que nunca.
—Que ya lo conseguiste. Conseguiste que te quisiera.
O sea, no creo que «conseguir» sea la palabra, porque dudo que te lo propusieras, pero recuerdo que llegué al hotel de Madrid después del vuelo pensando ridiculeces como que había encontrado al amor de mi vida y cosas así.
Me deshice de ellas porque fue... aterrador, en cierto sentido, y porque cuando me pasa algo bonito —continúa entre hipidos devastadores.
Se mira las dos manos, como si le pesara el vacío entre ellas.
La cara se le contrae en un mohín de sufrimiento— no me lo termino de creer.
Y lo intento sabotear porque... no es que sienta que no me lo merezco, pero no sé cómo...
—busca el término entre las nubes con los ojos llenos de lágrimas— cómo sostenerlo, ¿entiendes?
El mensaje queda claro de sobra. Y, aun así, estoy tan aturdido por la confesión, y tan triste por su reacción visceral, y tan inquieto por lo que pueda pasar, que hago una pregunta estúpida.
—¿Tú también me querías?
Fayna pestañea deprisa para poder mirarme.
—No se me dio muy bien demostrarlo —confirma con la voz quebrada.
Encoge un hombro—, pero claro que sí. ¿Cómo no te iba a querer, si eres todo lo que me ha hecho falta desde que recuerdo?
Me daba miedo lo fácil que te resultaba llegarme; que supieras llevarme con naturalidad y buen humor cuando me enfadaba, que insistieras si me ponía obtusa en lugar de abandonar el barco.
Siempre sabes qué hacer conmigo, aun cuando yo no tengo ni idea.
Siempre sabes qué necesito. Es... es... milagroso.
Pero tienes que saber que el miedo a lo rápido que se desarrolló lo nuestro no fue la razón de que tomara una decisión radical.
La razón fue que había alguien a quien quería más que a ti.
Siento que pierdo el equilibrio durante un segundo.
—¿Había otra persona?
—Mi padre —resuelve con una sonrisa llorosa antes de que me lleve el demonio—. ¿Recuerdas que tu familia te engañó sobre el estado de salud de Laia para que dejaras el documental y que intentaron persuadirte de alejarte de la —se le escapa una risita— hippie revolucionaria que lo protagonizaba?
—Claro que me acuerdo. Me acuerdo también de que los mandé a la mierda —replico en tono de advertencia, porque no me va a colgar el muerto, joder.
Fayna me mira como si fuera un niño que no entiende nada.
—Que pudieras hacer eso denotó una vez más tu privilegio. En mi caso fue imposible oponerme.
—¿Qué quieres decir?
—Jaume se presentó a las puertas de la casa de mi padre para amenazarme.
Si no desaparecía de tu vida, revelaría la situación de marginalidad en la que habíamos vivido él y yo...
y todavía entonces vivíamos. Mi padre okupaba un piso abandonado en Las Galletas, uno de esos a medio hacer que abandonaron las constructoras.
Trabajaba en negro. Estaba recuperándose del alcoholismo, y...
Créeme, a Jaume no le tembló la voz al amenazar con meterlo en la cárcel.
Si alguien tenía dinero para procesar sus supuestos delitos, ese era él.
Por un momento me parece estar soñando. El pasmo me coloniza a nivel molecular y percibo mi cuerpo por capas: corteza, manto, núcleo. Todo ello vibra como un terremoto al empezar a asimilarlo.
—¿Cómo?
—Lo siento —sigue sollozando, ahora de manera incontrolable—.
Yo... yo no sabía qué hacer. Me sentí atrapada.
No podía hacer otra cosa, y mi padre era tan vulnerable, y...
y yo solo tenía veintitrés años, y me faltaba formación legal o...
No pensé que a lo mejor podía... —se abraza los hombros y se esconde de mi mirada agachando de nuevo la barbilla— hacer algo distinto, no lo sé.
No lo sé. Era Jaume Montseny. Si denunciaba a mi padre, si filtraba su identidad, si lo hacía viral en redes sociales, si la tele se presentaba allí y lo humillaba ante toda España...
si... Habría sido como revivir otra vez los años que pasé intentando salvarlo de sí mismo, y yo no podía... no podía... no...
Aun sin comprender todavía la magnitud de lo que me está explicando, sospecho que por mi propia supervivencia, la rodeo con los brazos y la estrecho contra mi cuerpo, no menos perturbado que ella.
Creo que no estoy llorando, pero sí tiemblo de la cabeza a los pies por efecto del shock, de la ira que se está cociendo, de la pura devastación.
Ahora Fayna no es más que un animalillo asustado.
—No pasa nada —murmuro contra su frente. El calor se ha adherido a su piel y parece que tiene fiebre—. No voy a hacer leña del árbol caído ni te voy a reprochar nada jamás. Ya no merece la pena.
—Lo siento —sigue repitiendo en bucle—. Lo siento, de verdad. Me habría gustado que fuera diferente, te lo juro. Te lo juro.
Le cubro la cabeza con la mano para mantenerla pegada a mí.
—A mí también, Cotufas. Y ya verás que lo haremos diferente esta vez. Ya lo verás.