Capítulo 19 #2
Se comporta como he fantaseado tantas veces: como si ya fuera la ama y señora del vehículo que compartimos y de la vida que tengo.
Toquetea el estéreo en función de sus intereses —«Hoy es día de los Motorizados», proclama—, apoya los pies descalzos en el salpicadero, canta cuando se sabe la canción, interrumpe mi inquieto silencio para sacar tema de conversación...
Se supone que esto es una buena señal, pero nunca se sabe. También pensé en su día que era una buena señal que me mirara como me miraba y que me hablara como me hablaba y luego me di una hostia que todavía la estoy pagando.
Cuando nos quedan solo unos minutos de trayecto, caigo en la cuenta de que Fayna lleva un rato callada. Al mirarla de soslayo, descubro que está sonriendo.
Ella misma desvela por qué.
—Me gusta cómo suenan estos. —Señala el estéreo—. ¿Qué significa la canción?
—¿Esta? —Afino el oído—. Ah, coño. Pues es muy divertida. O frustrante, dependiendo de cómo se mire. Un clásico balear de verbenas y fiestas populares: Jo tenc una enamorada .
—¿«Yo tengo una enamorada»?
—Una novia —la corrijo.
—¿En serio? —Su sonrisita se ensancha. Con los dedos acaricia los comandos del estéreo—. ¿En catalán balear se le dice «enamorada» a la piba?
—Podemos ser muy poéticos.
—Bueno, ¿y cómo es que es frustrante tener una novia? ¿Narra una relación tóxica o algo así?
—Más o menos. La letra dice... —Subo el volumen un momento para escuchar una de las estrofas.
Me viene al pelo para resumir el contenido—: «Cada vez que voy a verla, siempre me pregunta que cuándo voy a volver.
Le digo que será pronto, si no nos vamos del mundo: cuando los pinos den granadas, y las higueras, melones; cuando el mar se haya secado por completo».
Fayna suelta una carcajada incrédula.
— Chos , diría que el compositor no quiere mucho a «la enamorada».
—Parece que no, no. O lo mismo es que vive por Pollença, que está al norte de Mallorca, y le viene regular pasar a verla porque no tiene coche. Según la canción, ella es de Migjorn, un municipio sureño.
—Anda ya —se burla ella con la vista clavada al frente—. Si dos se quieren, no hay distancia que no se pueda salvar.
Su respuesta me hace agarrar el volante con fuerza.
Eso era lo que en su día intenté transmitirle, cuando empezó a poner pegas relacionadas con la distancia entre nuestras islas. Luego se desdijo ella sola y admitió que el problema era que no me quería lo suficiente, así que supongo que no le puedo reprochar nada.
Aunque de repente me haya venido a la cabeza nuestra última discusión telefónica y la incertidumbre y la rabia posteriores, no puedo decir que me haya dado un brote rencoroso.
Me ha dado un brote de amor, que es peor, porque eso arrastra la cola del miedo y no de la ira, que siempre es más manejable.
—Estoy de acuerdo —murmuro, y vuelvo a subir el volumen de la canción.
Siento que Fayna me lanza una mirada turbada, pero no me giro.
Si quiere hacer alguna pregunta, que la haga.
Si quiere decir algo, que hable ahora o calle para siempre.
No lo hará, porque con toda seguridad se está oliendo lo que va a pasar en cuanto aparquemos y desea postergarlo.
Puede que a mí me queden cuarenta y ocho horas con ella, pero a ella no le quedarán ni quince minutos conmigo si decide darme la patada otra vez.
O eso me llevo repitiendo desde que he abierto los ojos.
Por desgracia, no confío en mantener el tipo, porque me conmuevo cada vez que ladeo la cabeza y la veo murmurando la letra de una canción o mirándome con curiosidad.
Cuando detengo el coche y apago el motor en un sendero de tierra irregular, en lugar de asomarse por la ventanilla para averiguar nuestro destino, la descubro observándome con fijeza.
No le pregunto qué pasa. Solo levanto las cejas.
Ella se quita el cinturón para poder alargar las manos hacia mi cara y escudriñarla con dulzura.
—Me quedé con ganas de preguntarte de qué era esta cicatriz —confiesa, y desliza la yema del pulgar por la parte calva de la ceja, próxima al entrecejo.
El corazón me brinca con ese «me quedé con ganas de preguntarte».
Parece que ella también está acordándose de nuestra ruta canaria.
Parece que a ella también le habría gustado alargarlo un poco, solo un poco, un fisco —. Porque es una cicatriz, ¿no?
Asiento, incapacitado para formular una palabra con sentido.
—La historia no es glamurosa —atino a decir—. Laia era pequeña, tenía un año o así, y me dio un golpe con la taza del Cola-Cao sin querer. Luego se puso a llorar ella, la cabrona.
Fayna sonríe al imaginárselo.
—Pudo ser peor.
—Sí, podría haberme dejado tuerto con ocho tiernos años.
—No, me refiero a que la anécdota pudo ser peor.
A mí no me gustaría tener una huella perpetua en la piel si el responsable hubiera sido una persona a la que no quiero.
Cuando es tu hermana la que te deja la marca, hasta lo cuentas con cariño, ¿no?
Es una especie de recuerdo físico de vuestra infancia.
Mis nervios siguen tan a flor de piel que me cuesta devolverle la sonrisa.
No me cuesta tanto robarle un beso, sin embargo.
—Supongo —murmuro con los labios pegados a la comisura de su boca—. ¿Dónde me harías tú una cicatriz a mí?
—Aquí. —Me clava el dedo en el pectoral izquierdo, donde late el corazón. Dibuja dos líneas diagonales, una sobre la otra—. Tendría forma de equis. Así marcaban los piratas en sus mapas el rincón donde estaba el cofre del tesoro, ¿no? ¿Dónde me harías tú la cicatriz a mí?
—En la boca. —Le rozo el labio superior con el índice—. Así una parte de mí estaría para siempre donde más le gusta estar.
Fayna se separa lo suficiente para que la vea sonreír con timidez, aún apoyada con las dos manos en mi muslo derecho. El corazón me aletea furiosamente, tan henchido de felicidad que podría reventar, y tan angustiado por el desenlace que temo infructuoso que a la vez me dan ganas de llorar.
Si sobreviví a un rechazo, puedo sobrevivir a otro, ¿verdad?
¿Entonces? ¿A qué viene tanto dramatismo?
—Vamos —la insto con la voz estrangulada—. Ya hemos llegado.
Salgo yo primero, necesitado de un momento alejado de su mirada inteligente para desahogar con un suspiro y una mueca la presión a la que estoy sometido.
Por voluntad propia, por cierto, porque nadie me ha mandado a decirle a una chica independiente y esquiva que la quiero tanto que, si lo pienso, me dan ganas de reírme como un puto loco.
—¡Agüita! —exclama Fayna, llevándose las manos a la nuca nada más reparar en las vistas—. ¿Cómo es posible que haya tantas amapolas todavía? ¿No brotan entre marzo y mayo?
—Este año ha llovido más de lo esperado y habrán decidido quedarse. Vi esta pradera hace una semana, antes de que vinierais, cuando hice la ruta para valorar adónde llevaros. Me sorprendió tanto que tenía que enseñártelo. Ven.
La cojo de la mano, y ella, encandilada con las vistas, se deja llevar campo a través.
Las amapolas nos cubren casi hasta la cintura y se van espesando conforme avanzamos por el prado.
Miro de reojo a Fayna, que no para de sonreír mientras acaricia las sedosas corolas de las flores.
El pulso me va tan deprisa que por un momento siento que me voy a morir y le voy a arruinar la experiencia natural cayendo fulminado.
—¿Podemos movernos por aquí? ¿No es una parcela agrícola privada?
—A saber. —Me encojo de hombros, fingiendo que no estoy ardiendo por dentro—. Si nos regañan, pues nos han regañado. Qué le vamos a hacer.
—Siempre puedes decir que eres Francesc Montseny —se burla.
Le lanzo un vistazo incrédulo. Está tan relajada, tan extática, incluso, que no me puedo creer que con lo astuta que es no se esté imaginando la que se le viene encima.
Es probable que haya olvidado ya lo que le dije en su momento. O a lo mejor no. A lo mejor sabe de sobra lo que me propongo y está fingiendo espontaneidad porque siempre ha sido mucho más normal al respecto de lo nuestro que yo.
Me detengo en una pequeña elevación de la pradera irregular, donde los tallos se acortan.
Espero a que ella se dé cuenta de que he parado y me imite.
Con curiosidad porque haya echado el freno de mano de manera repentina, Fayna rehace sus pasos y se planta a mi lado con cautela. Compone una expresión amable que pretende apaciguar los ánimos y me coge de la mano.
—¿Estás bien? Te noto raro desde que despertaste. ¿Dije o hice algo mal? ¿Te presioné demasiado con lo de Solène?
—No. No es eso.
Lanzo una mirada rápida al cielo y a la inmensa pradera, de un verdor imposible. El paisaje es tan bucólico que me tranquilizo lo justo para encontrar las palabras: si Dios existe, es evidente que está de mi parte. Las nubes nunca han estado más esponjosas.
—¿Entonces?
Cuando me centro de nuevo en Fayna, hasta yo soy consciente de que tengo una cara rara, como si fuera a mutar. Ella no se pone en guardia, pero sí se muestra recelosa.
—¿Te acuerdas de cuando fuimos a La Gomera y Karen le pidió un porro al tipo con el que compartía el kayak? Estabas de mal humor y nos escapamos a una cueva natural. Allí me contaste algunas cosas. Yo te conté otras.
Ella asiente muy despacio, sospecho que temiéndose a dónde pueda llegar.
—Me acuerdo —responde en voz baja.
Me rasco la nuca con una mueca burlona.
—Te dije que, si pudiera, te haría el amor en un campo de amapolas.
Te lo prometí, de hecho. No sé si te acordarás de eso también.
—Fayna traga saliva y vuelve a mover la cabeza de forma afirmativa.
Le aprieto la mano, que todavía me está sujetando, intuyo que para infundirme valor—.
Ahora que estamos aquí, veo que la ejecución sería mediocre por la tipología del terreno.
Debe de haber un huevo de bichos, hace un calor infernal y creo que para tener una erección sintiéndome como me siento necesitaría que Dios interviniera en mi favor, cosa que no hará porque dudo que crea en el sexo prematrimonial, pero...