¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Cesc

Amanezco con la sensación de haberme acostado con una cogorza monumental. Noto la boca pastosa y el cansancio de un hombre al que han apaleado entre cinco. Me gobiernan una extrañeza amnésica a la par que la nostalgia de un domingo.

Entiendo por qué al rodar hacia el borde de la cama y toparme con un cuerpo femenino.

No cualquier cuerpo femenino.

Al incorporarme descubro a Fayna como la descubrí otras veces antes. El impacto de la familiaridad me sacude desde dentro. Duerme igual que hace cinco años, ceñuda y aferrada a la almohada como si alguien estuviera forcejeando con ella para arrebatársela.

Conteniendo la respiración, le acaricio la mejilla con los nudillos.

Las arrugas de su frente se suavizan y afloja el agarre del pobre almohadón, que —solo por un rato— deja de ser brutalmente estrangulado.

Una parte de mí me incita a quedarme donde estoy, mirándola como un Edward Cullen del tres al cuarto.

Otra intensifica la melancolía con la que me he despertado y me exige que me lleve un cigarrillo a la boca, que salga a correr, que intente huir de mí mismo; lo que sea para que no me caiga encima y con todo su peso la más insoportable certeza: «Un día menos.

Un día menos para que se vaya. Otra vez».

Me dirijo con un zombi a hacer mis tareas de aseo de cada mañana. Las reproduzco sin olvidar ni por un momento que Fayna está en mi dormitorio.

Se ha quedado aquí, conmigo, lo que debería ser un alivio.

¿Por cuánto tiempo?

Esa es la verdadera pregunta.

Este debería ser un problema del Cesc de dentro de un rato, cuando ella haya despertado y me haya dicho lo que seguramente va a decirme: que ha sido un error, que no ha tenido importancia, que mejor dejarlo como está porque se va a pirar dentro de dos días.

No voy a decir que Fayna me traumatizara en su momento, pero no deja de ser asombroso lo que tardan algunas dinámicas en borrarse de tu disco duro. Aun cinco años después, te sorprendes esperando con una mezcla de resignación e inquietud el que crees que es el único desenlace posible.

Después de hidratarme, ducharme y lavarme los dientes, me siento en el alféizar de la ventana del estudio, ahí por donde ayer entraba la luz ambarina más perfecta jamás vista, y me pongo a pensar con el estómago revuelto.

Y como siempre que pienso con el ánimo alicaído y al mismo tiempo enfebrecido por un acontecimiento life-changing , como diría Karen, decido pensar en voz alta con mi hermana al otro lado de la línea.

—Xicu —responde Laia con la respiración agitada. Se oye barullo de fondo—. Estoy en un cambio de clase. ¿Qué pasa?

—¿Qué tienes ahora?

—Literatura Norteamericana. Yay —ironiza.

Siempre ha odiado a los autores clásicos del siglo veinte.

Henry Miller le parece un misógino, Fitzgerald un acomplejado y Truman Capote un engreído.

Hemingway sí le cae bien, era «todo un personaje», esto en sus palabras, pero, claro está, sigue sin gustarle su obra—. ¿Todo bien?

Hago una pausa para cambiar de postura en el alféizar.

—He dormido con Fayna.

Ella deja correr un breve silencio antes de suspirar.

—No me voy a hacer la sorprendida. Estamos los dos muy mayores para eso. ¿Y qué tal?

Me presiono uno de los párpados cerrados con el canto de la mano, como si así pudiera empujar la migraña penetrante al fondo del cerebro.

Cuando dejo caer el brazo, descubro que me tiemblan los dedos y me queman las cuencas de los ojos.

—Creo —vacilo en busca de las palabras adecuadas— que me voy a ver en las mismas, Laia.

Mi hermana espera a haber sorteado el tránsito infernal de un pasillo universitario entre clases para contestar. Asumo que se ha encerrado en un baño por los ecos que le hacen un coro fúnebre a su voz modulada por la compasión:

—Sigue habiendo conexión entre vosotros, ¿no?

—Y se larga pasado mañana. No voy a poder convencerla de una mierda en cuarenta y ocho horas, y no soporto pensar que esto vaya a quedarse en una experiencia y ya.

—Lo mejor que puedes hacer es sincerarte, Xicu. Si, como estás dando a entender, el no ya lo tienes, ¿qué es lo que te da tanto miedo? Se va a ir se lo digas o no, así que más te vale decírselo.

—Decirle ¿qué?

—Pues que la quieres, llosco [2] —se ríe con dulzura—. ¿Qué va a ser?

Se me escapa una risita penosa.

Vuelvo a frotarme el ojo, ahora con ansiedad.

—Mis sentimientos tienen una habilidad increíble para hacerme sentir patético.

—Es la negatividad lo que te hace sentir patético, no tus sentimientos.

—Es la sabiduría venida del pasado lo que me hace sentir patético. La probabilidad de que todo acabe igual es muy elevada. Y me acuerdo demasiado bien del desenlace.

Laia se queda un buen rato en silencio.

No me molesta su mutismo. Solo escucharla respirar al otro lado del teléfono me calma. Es lo más parecido que tengo a verla pensar con la mirada perdida al frente y ese mohín que hace inconscientemente mientras busca respuestas.

—¿Cuál es la alternativa a ser valiente?

—inquiere al fin—. ¿Quedarte como estás?

Pues tampoco sería para tanto, ¿no? Ahora bien: pasarte el resto de tu vida preguntándote qué habría sucedido si te hubieras arriesgado sí que lo veo patético.

Insisto, Xicu. El no ya lo tienes. Ya te lo dio.

Y es absurdo pensar que ella es la misma persona que hace cinco años o que sus circunstancias no han cambiado.

«Ya lo creo que han cambiado», pienso.

No tiene a su padre.

—Ahí estás. Ya pensé que te fuiste —irrumpe la voz clara de Fayna.

El corazón me brinca en el pecho, preguntándose si habrá escuchado la conversación. A juzgar por su semblante cuando la miro por encima del hombro, diría que no, que ha dado a conocer su aparición nada más detenerse bajo el umbral de la puerta con nada encima salvo mi camiseta.

Tiene el pelo ondulado por la humedad y el desorden del sueño y la cara somnolienta, pero los ojos tan despiertos que nadie diría que haya dormido esta noche.

Verla avanzar hacia mí aclara las pocas dudas que pudiera haber tenido y reafirma todas mis teorías: esto y nada más es lo que yo quiero, a esta chica deambulando por mi casa como un perrito abandonado y viniendo a darme los buenos días con una timidez que choque frontalmente con las salvajadas que hicimos anoche.

Me permito tener esperanza cuando Fayna se para a abrazarme por detrás y acurrucarse en mi hombro.

No dice nada más. Solo esconde la cara en el hueco de mi cuello y ahí respira hondo.

—Te llamo luego —atino a decirle a mi hermana con la voz estrangulada.

—¿Era Laia?

—Sí.

—¿Está bien?

—Sí, sí, la he llamado yo. ¿Cómo has dormido?

—Como un tronco. —Fayna se incorpora y echa un vistazo al estudio, que se encuentra prácticamente como lo dejamos salvo por el estado de la cama.

Su mirada se torna nostálgica al pasar la vista por ahí, por las sábanas revueltas.

La entiendo. Yo también siento que ha sucedido algo trascendental, casi proverbial, desde que decidimos dar ese paso, y que ya no hay vuelta atrás—.

¿Tienes lo que necesitabas para enviárselo a Solène? ¿Quieres que te ayude en algo más?

Me concedo otra pequeña cuota de esperanza al ver que insiste en que pruebe suerte con mi directora fetiche.

Si se preocupa de que cumpla mis sueños, de que esté atrapado trabajando con el hijo de puta de mi padre, debe de ser porque no le soy tan indiferente, ¿no? ¿O es la culpabilidad lo que la ha incitado a acercarse a mí y ayudarme?

Sacudo la cabeza con dulzura y meto de nuevo los pies en el estudio para hablar en condicione.

—Ayer ya grabé los exteriores. Me queda montarlo todo —murmuro con la vista fija en el volumen de sus pechos bajo la camiseta. Le arreglo el escote torcido y la atraigo hacia mí con un solo brazo—. Lo haré esta tarde y se lo enviaré a más tardar mañana por la mañana.

—¿Esta tarde? ¿Y qué piensas hacer lo que queda de mañana? Todavía son las once.

Alzo la barbilla hacia ella y me fijo en su expresión desprovista de la represión brutal y los blindajes a los que me ha estado acostumbrando desde que llegó a Ibiza.

Siempre cae una barrera emocional después de tener sexo con alguien, pero con Fayna es incluso más evidente.

Me mira como una niña que todavía no sabe qué es que te rompan el corazón.

Inspiro hondo.

El no ya lo tengo, ¿verdad?

—Pues hay un sitio al que me gustaría llevarte —decido.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Es una sorpresa. Ve a ducharte mientras preparo el desayuno —propongo con el ánimo revitalizado. Le doy un par de azotes amistosos en la cadera— y luego nos ponemos en marcha.

De Es Cubells a Sant Mateu d'Albarca hay nada menos que cuarenta minutos en coche, y eso si no te topas con un tráfico espantoso. Por suerte, los tramos urbanos son más bien escasos y la mayor parte del camino vas conduciendo por carreteras comarcales que dan gusto.

Se lo dan a Fayna, que va con la cabeza asomada por la ventanilla y saca la mano cuando cree que no me doy cuenta.

Me dan ganas de preguntarle si sus padres no le han enseñado que no se debe asomar el brazo por si aparece un coche de la nada y te lo cercena —o con algo así me amenazaban los míos, siempre con una exasperación que me hacía sentir un delincuente—, pero no lo hago porque conozco la respuesta.

Es bastante improbable que una madre ausente y un progenitor alcohólico se preocuparan de ella como se supone que debe hacerlo un tutor legal.

Estoy tan nervioso que es un milagro que ni ella ni el coche se hayan dado cuenta.

Conduzco con sorprendente fluidez considerando que el miedo a su reacción me ha congelado el pie sobre el acelerador, la cabeza me bombea desde que me he levantado y soy tan consciente de la proximidad y la disposición de Fayna a vivir por hoy una aventura romántica que a duras penas distingo la senda.