Capítulo 18 #3
Rozo sus labios entreabiertos con lentitud, manteniendo los párpados cerrados para que la luz del atardecer no me haga daño, y en cuanto me da la oportunidad de sacar la mano del encierro de sus piernas, la introduzco hábilmente bajo el tanga.
Ella suspira contra mi boca al primer contacto con el clítoris y ladea la cabeza para provocarme con la punta de la lengua.
El corazón me da un vuelco elocuente y no me opongo al beso erótico que me exige.
Fayna tampoco se opone a lo que yo quiero: me separo para cogerla de los dos tobillos y la arrastro de un tirón hacia el borde de la cama para rodearme la cintura con sus pantorrillas.
Ella suelta una carcajada y me mira apoyada en los codos.
—No creo que este sea un buen plano. Apuesto a que me estás tapando.
—Mejor. Así solo te veo yo.
Me saco la camiseta con una mano y la tiro al suelo. Fayna se incorpora con agilidad para introducir los dedos entre mi cinturón y juega con la hebilla antes de quitármelo, ya sin paciencia ni sutilidades. La ayudo a deshacerme del pantalón con una prisa excitante.
En cuestión de unos segundos, estoy desnudo frente a ella y de espaldas a la cámara, que de seguro se pierde cómo la sujeto de la barbilla para atraerla hacia mí, mirarla un instante y besarla con el hambre que ha venido alimentando desde que ha puesto un pie en mi casa.
Fayna en mi casa.
El vello se me pone de punta, joder.
Creo que le hago llegar todo lo que me muero por hacerle solo acariciando sus muslos de arriba abajo, de abajo arriba, deteniéndome con los pulgares en las ingles húmedas por el sudor y la excitación.
Le recojo las piernas de un puñado, sujetándoselas por los tobillos con una sola mano, para sacarle el tanga con la misma urgencia erótica con la que ella me contempla.
El fuego abrasador en sus ojos y su aliento irregular me persuaden de comportarme como me dé la gana, y acabo clavando las rodillas en el suelo para hundir la cabeza entre sus muslos.
Una de sus manos vuela hacia mi cabeza, y ahí donde antes me sujetaba con fuerza por la nuca, ahora me agarra del pelo con fuerza y me presiona con fuerza contra su sexo.
Su violencia me enciende y le doy un mordisco bajo la ingle que dejará marca.
Su grito se convierte en un gemido cuando suavizo el dolor ácido del bocado introduciendo la lengua entre sus pliegues y comiéndomela ansiosamente.
La oigo gimotear y aspirar entre dientes, como si se estuviera conteniendo para no insultarme, y confirmo que su mirada es rabiosa y sexual cuando la observo desde abajo sin dejar de besarla.
—¿Por qué no te diriges a la cámara? —le pregunto. La acaricio desde la rodilla hasta la cintura, y la sostengo por ahí para ladear la cabeza y enterrar la lengua.
Fayna jadea un sollozo y alza la vista un punto por encima de mí. El guiño que le lanza al botón rojo intermitente me arranca una risa gutural que siento que se propaga por todo su cuerpo.
Y su cuerpo es otra visión aparte. Entre el aceite con el que la he embadurnado para que reflejara los colores y el sudor que le corre entre los pechos, siento que no he visto nada más sexy en toda mi vida, y mi polla se agita en respuesta enviándome un estremecimiento que se me agarra a la nuca.
Como si se lo hubiera contagiado, Fayna se contrae arqueando la espalda y emite el sonido que sé que advierte de un primer orgasmo, distinto del segundo por sus notas de incredulidad y deseo aún insatisfecho.
—Ven aquí —me ordena con voz grave.
Me paso la lengua por las comisuras húmedas y me abalanzo sobre ella, que ya se ha tendido boca arriba para recibirme con los brazos abiertos.
Resbalo sobre su torso húmedo al acoplarme y resbalo más aún al rozar mi erección contra su sexo empapado.
Fayna me mira como si me quisiera matar y como si me quisiera, a secas, al mismo tiempo, con esa agresividad que la posee cuando quiere que me la folle.
Yo no puedo resistirme mucho más a su urgencia, manifiesta en el modo en que me empuja por la baja espalda y se revuelve debajo de mí.
Sin condones y sin otros preliminares, me deslizo dentro de ella apretando la mandíbula para no decir una guarrada.
—Joder.
Fayna cruza las piernas a mi espalda para inmovilizarme en cuanto he tocado fondo.
Aguanta la respiración con mi mirada también atrapada, el cuello muy estirado y el pecho tan contraído que parece que quiera llamar mi atención.
Se la doy —cómo no se la voy a dar— agachando la cabeza y besando sus pezones erectos, la piel erizada que cubre su corazón desbocado, el punto del cuello donde late el pulso, el bajo de su oreja.
En cuanto noto que afloja los tobillos, me separo y vuelvo a ensartarla con cuidado.
Como si fuera su primera vez. Parece que fuera la mía.
Lo es, de alguna manera; es la primera vez que lo hacemos desde que somos estas dos personas.
Fayna es consciente también, porque una expresión entre asombrada y deslumbrada se pinta en su cara conforme me empujo contra ella.
Necesitado de usar ambas manos para venerarla, me arrodillo sobre el colchón y la agarro bien de las nalgas para alzarla y profundizar más, y más, y más.
Con ella todo es más. Fayna se agarra a las sábanas con fuerza, pero en cuanto se me pasa el momento de ternura y el ritmo se vuelve frenético, estira los brazos por encima de la cabeza y apoya las manos en la pared, hacia la que la proyecto centímetro a centímetro con cada embestida.
Le suelto la cadera y apoyo la palma entre sus pechos, luego alrededor de su garganta, y me inclino sobre ella para lamer una gota de sudor que le iba a caer por el mentón.
—¿Te sigue gustando que te follen de lado, guapa?
Mirándome con vulnerabilidad, Fayna se pasa la lengua por el labio inferior y asiente.
Hago un gesto con la cabeza que puede significar «muy bien» y «tú te lo has buscado» y, sin girarla del todo, le ladeo las caderas como si fuera a tenderla de costado y planto la mano sobre sus dos rodillas juntas antes de seguir penetrándola.
El afán de violencia me sobreviene solo un momento, sin embargo. La conciencia de que es Fayna y no otra me atraviesa y me vuelvo algo más paciente y romántico, pero no menos crudo.
Fayna se deja besar en la cara y el cuello con los ojos cerrados, tan fuera de sí que solo jadea entrecortada con la boca pegada al dorso de la mano.
—Cesc —gime en tono lastimero—. Te vas a perder... el rayo verde.
El orgasmo nos alcanza casi al mismo tiempo, a ella antes y a mí después, pero me pasa lo mismo que a Fayna con el primero; que me deja ardiendo, todavía por explotar del todo, y le vuelvo a separar las piernas para dar rienda suelta al segundo asalto.
—Al revés, Fay. Lo acabo de ver.