Capítulo 18 #2
Todo me da vueltas. Es como si nunca antes la hubiera tocado.
Como si la hubiera conocido hoy. Insisto: soy dolorosamente consciente de que nadie nos interrumpirá.
Tal vez eso me inspira a cubrirle el lateral del cuello con una mano y echarle la cabeza hacia atrás, de manera que tenga que vigilarme de reojo.
—Me gusta así —confirmo con la respiración agitada—.
Ahora necesitaría que te echaras ese aceite en los brazos y las piernas para que la luz arranque brillos a tu piel.
—Señalo hacia la mesilla donde el vaso de agua se está derritiendo.
Escondo la mano en el bolsillo trasero en cuanto puedo para que no note que me tiembla—. Si no es mucho pedir.
Ella se encoge de hombros y me sostiene la mirada.
—No lo es. Vine para hacer lo que me digas.
No me deja asimilar las dobleces del mensaje.
Se dirige hacia el bote de aceite barato y se lo unta en las extremidades sin ninguna ceremonia.
Porque no, no lo hace con desesperante lentitud ni como si fuera a protagonizar una porno, pero aun así se me van los ojos y no consigo concebir nada más erótico.
Cuando ha terminado de esparcirla incluso por los empeines y entre los dedos de las manos, busca mi aprobación con un gesto expectante.
—En el cuello también —murmuro, y me acerco para encargarme yo mismo.
Fayna se queda muy quieta en tanto que deslizo el aceite desde el bajo de la barbilla hasta el pecho, deteniéndome a subrayar el volumen de las clavículas con los dedos índice y corazón, como si le pintara a un indio las dos rayas bélicas en las mejillas.
No puedo resistirme a aproximarme un paso de más y fingir que necesito inclinarme sobre ella para que también brille por debajo de las orejas y en la nuca.
—¿Qué efecto se supone que quieres dar con este truquito?
Su aliento choca contra mi garganta y me pone el vello de punta.
—El efecto de que es verano. El efecto de que formas parte del cuadro como un elemento más replicando sus colores, reflejándolos como las sábanas o el suelo o el vaso de agua.
Se tiene que acentuar tu bronceado y tiene que parecer que estás sudando.
Que tu piel es líquida. —Fayna asiente, distraída, y se lleva la mano ahí donde la he estado tocando con aire nostálgico—.
¿Crees que podrías imitar esta pose ahí sentada?
Y luego girarte hacia la ventana. Necesito que te pasees por delante y te muevas como si acabaras de despertar para que la luz se filtre entre tus brazos, piernas y dedos.
La secuencia durará un minuto como mucho.
Quería que fuera a esta hora por si por casualidad captaba el rayo verde de fondo.
Fayna asiente de nuevo, ahora con una obediencia que encuentro halagadora. No es de las que hacen lo que les pides —ni mucho menos ordenas— sin ponerte la cabeza como un bombo con sus paradigmáticos «pero es que» o no menos insolentes «y si».
Ni siquiera teniendo sexo se pliega a tu voluntad.
Aborto el pensamiento antes de que tenga la osadía de florecer para centrarme en la grabación. Me duele en el alma separarme de ella para recuperar la cámara y observar a través de la lente que su postura es ideal.
Siempre lo he sabido. Es una estrella. Si ya se luce grabándose con la cámara interna y con el reflejo de un aro de luz enchufado en la cara, con equipo profesional, mejor ni hablemos.
—Tengo una duda —dice de repente—. Estamos grabando las luces del atardecer, ¿no? ¿No tendría más sentido que me fuera a acostar en lugar de levantarme?
—Podrías haberte despertado de la siesta, que seguro que es una costumbre española que Solène quiere retratar —intento bromear—.
Pero haz lo que tú consideres teniendo en cuenta que queremos transmitir la tristeza de los últimos días de agosto, la nostalgia de un domingo; la resignación y el vacío que se siente cuando regresas a casa después de haber roto con alguien.
Por su mirada cruza un destello sabedor, casi ambicioso, como si solo ahora se viera capaz de estar a la altura del papel.
—Entendido.
Subexpongo ligeramente entre un tercio y un paso para mantener los tonos dorados del escenario y evitar que el cielo, así como los rayos del atardecer, quemen el color.
Fijo el balance de blancos en lugar de usar la opción automática.
Cámara a 4300 para intensificar naranjas.
Fondo desenfocado. Destellos suaves. Fayna a contraluz.
A través de la lente, la escena es tan romántica que por un momento me preocupa lo que Solène pueda pensar al valorar la prueba.
Si tiene tanta sensibilidad como transmiten sus películas, o bien determinará que soy el mejor director de fotografía de la puta historia, o bien deducirá que estoy enamorado de la protagonista.
—Acción.
La cámara sigue el paseo reflexivo de Fayna hacia la cama convenientemente deshecha.
La luz derrama sombras doradas sobre las sábanas blancas, sobre las que se sienta como una sirena para peinarse al sol.
Procede a desabrocharse las sandalias con los párpados a medio cerrar, las pestañas proyectando medialunas sobre sus mejillas bronceadas.
Me siento tentado de meter zoom a su boca, que tararea una canción bien entonada.
Más allá de eso, el silencio es sepulcral.
Ni siquiera se oye mi respiración.
Arroja el calzado a un lado y libera un suspiro entrecortado cuando comienza a masajear los metatarsos. Si no estuviera hipnotizado, pensaría que es muy buena actriz. O a lo mejor solo se siente tan cómoda conmigo que puede ser ella misma.
Debería tratarse del segundo caso. La he visto reproducir esos movimientos unas cuantas veces, solo que hace tanto tiempo que debería haberlo olvidado.
Cuando ha terminado de aliviar el supuesto dolor de pies, va ralentizando sus movimientos hasta que queda suspendida en el tiempo y el espacio con los codos sobre los muslos, como si un pensamiento importante se le hubiera cruzado a traición y debiera dedicarle su entera atención.
Yo mismo me pregunto a qué andará dándole vueltas cuando pierde la mirada en un punto de la pared.
Uno se lo puede imaginar viéndola con los hombros encogidos y una expresión entre distante y vulnerable.
El director que hay en mí se sobrecoge.
«Perfecto, así es perfecto».
De pronto, Fayna sacude la cabeza para librarse de sus cavilaciones. Se incorpora con la energía de los que necesitan recuperar el tiempo perdido, desabrocha el short y lo descarta con una patadita casi coqueta.
Esto no estaba en el guion, pero no me opongo porque es hipnótico y encaja con la descripción de la secuencia.
Intento no reaccionar al verla darse la vuelta con el tanga y quitarse la camiseta por la cabeza de espaldas a la cámara. La fuerza del contraluz estrecha aún más su cintura y le arranca los mismos destellos que el sol de media tarde a la espuma del mar.
No lleva sujetador, claro.
Nunca se pone sujetador.
Está ignorando a la cámara, pero sé que no me está ignorando a mí. Son esas cosas que uno sabe, que no hace falta que se las digan.
Fayna se echa la melena hacia atrás y se la recoge con una mano para abanicarse la nuca con la otra, y después de echar un vistazo por la ventana que le colorea el perfil como la piedra ámbar, transmitiéndole al espectador una ligera idea de cuánto oculta, cuánto calla, se introduce en la cama gloriosamente desnuda.
Espero a haber pausado la grabación para inspirar hondo.
—Corten.
Fayna se tiende de costado en la cama con el cuerpo orientado en mi dirección. Espera mi opinión con la cabeza apoyada en una mano, el sol recortando la curva de las caderas y haciéndola más rubia de lo que es.
La cámara no apreciaría su rostro si continuara rodando, pero yo sí, y veo que me mira de arriba abajo con lentitud, como si estuviera somnolienta de verdad.
—Pensaba que no eras de esos —bromea con la vista fija en mi pantalón.
No tengo que mirar hacia abajo para saber que me he puesto duro.
—Y no lo soy. Es la primera vez que me ocurre. A Guy Ritchie tuvo que pasarle cuando grabó Swept Away con su esposa Madonna y la tuvo medio en bolas y sexualizada en el set durante días y días.
—Yo no me parezco a Madonna.
—Pero eres mi Madonna.
Fayna esboza una sonrisita plácida con los ojos entornados. No tiene sentido que me replique coquetamente e insista en que retire mi cumplido porque sabe que es verdad.
Replicando los movimientos de un gatito al sol, extiende el brazo hacia arriba, sobre la cama, y apoya la mejilla en la cara interna, provocándome sin ningún esfuerzo.
—¿Qué más quieres que haga, director?
Con la mente en blanco, pulso el botón de encendido de la cámara y la dejo fija en el trípode, capturando un plano de medio cuerpo que la muestra desnuda salvo por la ropa interior.
Me acerco a ella con los oídos taponados y la respiración encasquillada.
Fayna me recibe todavía tendida de lado, mirándome desde abajo con impostada inocencia.
Se deja hacer cuando la cojo del tobillo y, después de acariciarlo, se lo doblo para que apoye la planta del pie en la rodilla de abajo.
Apoyo la otra mano sobre el colchón y me inclino hacia ella para alcanzar su entrepierna estirando el brazo.
Acaricio con dos dedos la franja entre los pliegues, marcados contra el tanga húmedo.
Fayna cierra los ojos y se revuelve con un ronroneo.
—Sí que te ha gustado ser la musa del artista por un rato —murmuro, maravillado.
—Me gusta cuando estás concentrado.
—Me gusta cuando estás así de sexy.
—¿Eso era lo que buscabas para tu secuencia?
—Es lo que siempre encuentro contigo, lo busque o no.
—¿Solène te ha pedido una escena de amor? —me pregunta mirándome de soslayo.
—No —le contesto en voz muy baja. Continúo rozándola despacio—, pero era inevitable, ¿no te parece?
Fayna junta los muslos en un movimiento imprevisto, y procurando mantener mis dedos atrapados contra el rincón más cálido de su cuerpo, se incorpora sobre una mano y echa la cabeza hacia atrás para pedirme un beso que le concedo enseguida.