Capítulo 18
Cesc
—Agüita —murmura Fayna nada más echar un vistazo alrededor del estudio—. Tienes de todo tú, ¿eh?
En un alarde de humildad que no sé de dónde sale, me encojo de hombros con las manos enterradas en los bolsillos.
Más les vale quedarse ahí. Sospecho que, si las suelto, van a salir disparadas hacia la franja de piel que enseña el top de Fayna, como una sanguijuela se lanza por una herida.
—No me voy a poner modesto. En lo que respecta al equipo, voy bastante sobrado.
Ella se detiene ante el trípode que sujeta la cámara que he elegido para la secuencia y me lanza una mirada burlona.
—Pero no querías hacer la prueba, ¿no? Menudo desperdicio de pasta habría sido rechazar la oportunidad. ¿Para qué ibas a usar todo esto, si no? ¿Le habrías dado alguna utilidad mejor que rodar una secuencia para Solène?
—No, la verdad es que no. Tenías razón.
Fayna pone los brazos en jarras y me regala una sonrisa beatífica.
—Música para mis oídos. ¿Qué necesitas preparar?
—Ateniéndome al modelo de prueba de cámara que conozco, aparte del rodaje de la secuencia en cuestión tendría que adjuntar su montaje, un storyboard y un plan de iluminación.
Solène tiene que ver cómo compongo los planos, uso la luz y muevo la cámara.
Va a valorar todo lo que sea ritmo visual y capacidad para transmitir emociones sin guion hablado.
Ella asiente despacio tocándose la comisura de la boca con la lengua.
El movimiento me distrae.
No puedo parar de pensar en que estamos en mi casa.
La previa a su llegada y el simple gesto de abrirle la puerta han sido toda una experiencia para la que ni mis sentidos ni mi raciocinio estaban preparados.
Es verdad que siempre he sido una persona limpia y he respetado a mis invitados lo suficiente para procurar recibirlos en una casa y una habitación que olieran bien y tuvieran agua fresca y aperitivos en la nevera.
Pero lo de haber recorrido los noventa metros cuadrados como el Demonio de Tasmania para asegurarme de que cada rinconcito estaba como los chorros del oro ha sido novedoso incluso para mí.
Y absurdo, porque dudo que Fayna se preocupe de esas cosas.
Si se encontrara una rata o una cucaracha reptando por la alfombra, mucho antes me gritaría que ni se me ocurriera hacerle daño que acusarme de estar hecho un guarro.
No dejo de preguntarme si será consciente de que a lo mejor un guarro no, pero sí estoy hecho un manojo de nervios. Seguro que le he dado la bienvenida con la frente perlada de sudor y seguro que ha notado que he preguntado por Mina solo para romper el hielo.
(Que Dios me perdone por eso, porque yo no lo voy a hacer.)
Creo que, para colmo de males, he balbuceado una incoherencia al ofrecerle algo de beber.
Ha elegido agua.
«Sin gas, porque no somos ni animales ni guiris, aunque sean la misma cosa».
Si se ha coscado de mi novedosa aportación al trastorno de histeria masculina, no lo ha comentado.
Ni mucho menos se le ha contagiado. Fayna se mueve por mi casa con la educada curiosidad de quien penetra en territorio ajeno, sin desprenderse de ese embotamiento natural con el que se enfrenta a la vida cotidiana desde que he vuelto a conocerla.
Ha realizado las preguntas de rigor —desde cuándo vivo aquí, si me gusta vivir aquí, por qué no he elegido otro sitio, cuánto pago, si es de mi propiedad, si es de la propiedad de mi padre, qué coño hago en la propiedad de mi padre...
En fin, Fayna, señoras y señores — y ha deambulado por las estancias antes de sentenciar que el piso es muy bonito, sí, pero que parece deshabitado.
«Está listo para que una agente inmobiliaria se lo muestre a una familia de alemanes», ha dicho.
¿Que por qué alemanes? Pues porque no se le ha ocurrido nada peor, seguro.
Los turistas alemanes están por debajo de las ratas y las cucarachas.
El caso es que envidio su dominio de sí misma. Incluso si, al igual que yo, no consigue apartar del pensamiento que estamos a solas sin que nadie nos moleste, no se le nota en absoluto.
Deposita el vaso de agua con hielo encima de una mesilla salpicada de tarjetas de memoria y objetivos de cámara y se llena de coraje con una dramática inspiración.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
«Quitarte la ropa y dejar que te bese todo el cuerpo».
—Pues tengo que grabar un rostro femenino, un interior, un exterior, una escena diurna y otra nocturna. Como la de exterior es más fácil estando en Ibiza, sobre todo con estos días tan estupendos que estamos teniendo, vamos a empezar por la interior con luz del atardecer.
Se alisa los flecos del short con gesto preocupado.
—¿Voy bien vestida para la ocasión o quieres que me ponga otra cosa?
«Vas muy vestida para la ocasión», podría responder, pero seguro que ella me arquearía la ceja.
Fayna no ha ido «muy vestida» en su vida. Lo demuestra que sus shorts enseñen la curvatura inferior de los cachetes y la camiseta de tirantes exhiba el nuevo piercing de su ombligo.
No lo tenía hace cinco años.
—Sí, los colores contrastarán bien. Has tenido buen instinto.
—Ojalá tuviera también una gran experiencia y un graduado en Arte Dramático. ¿No crees que el proyecto es lo bastante importante para buscar actrices de verdad?
—No necesito que actúes de verdad. Esto no es una audición para jóvenes talentos interpretativos —replico, concentrado, por fin, en los comandos de la cámara.
Fayna sigue dando vueltas por el set que he improvisado en la habitación de invitados solo por la orientación de la ventana.
Esta ventana que digo, de casi dos metros de alto y encuadrada en un marco ojival, es el corazón de la composición.
Debajo se encuentra la cama deshecha, y a su alrededor he esparcido un puñado de muebles para que imiten la distribución de un dormitorio—.
Las actrices que conozco me pillaban un poco lejos.
Podría haber llamado a alguna de mis amigas de la facultad y haberles pagado el viaje a cambio del favor, sí, pero habría tenido que contestar muchas preguntas.
—¿Qué preguntas? —inquiere en tono socarrón, e imita una vocecita aguda—: «¿Por qué no me llamaste, Cesc?», «¿Te acostarías conmigo, Cesc?».
—Más bien: «¿Qué haces trabajando para tu padre, Cesc?».
—Entonces tus amigas de la facultad te llaman Cesc, y no Francesc o Xicu.
—Xicu es propiedad de mi hermana y de mis colegas de Baleares. —Hago una pausa necesaria—. Solo tú me llamas Cesc. La gente de la facultad voló hace mucho tiempo.
Fayna se detiene delante del ventanal junto al que he colocado la cama y me mira desde allí con una expresión difícil de interpretar, sobre todo porque el contraluz hace de las suyas sumiendo su rostro en sombras cálidas.
Entrelaza las manos a la espalda y cabecea ligeramente hacia delante, una especie de gesto de respeto.
—¿Y quieres que te llame Cesc o quieres que te llame Xicu?
«Quiero que me llames a secas. Antes de irte y cuando te vayas sobre todo».
—A lo mejor Xicu te resulta más fácil de pronunciar. No me has llamado Cesc en tu vida, Cotufas —señalo, burlón—. Me llamas Séhs . Siempre he pensado que parece que estás diciendo sex .
Ella se ríe con la tontería, pero flojito y con la garganta medio estrangulada.
A lo mejor decir según qué palabras estando solos en una habitación provista de una cama no es una idea de pelotas. Me he decidido a grabar la puñetera prueba de cámara y eso significa que me debo concentrar.
Fayna no me lo pone fácil respondiendo con una sonrisa igual de socarrona, pero también coqueta:
—¿Por eso me tomaste la palabra en su día? ¿Te metí en la cabeza de manera directa o indirecta que tenías que liarte conmigo a base de decirte sex , sex , sex ?
A fin de darme un aire informal del que no me siento particularmente capacitado hoy, apoyo la palma de la mano sobre la cámara y cruzo un tobillo sobre el otro.
—No le quites méritos a tus encantos. También me metiste por los ojos tu bonito culo.
Fayna se da la vuelta y se da un azote en ambas nalgas.
—¿Quieres sacarlo en primera plana? —se mofa, y me saca la lengua con diversión.
No debe de ser consciente de que se está rifando un polvo y está comprando todas las papeletas.
—En principio no va a ser necesario, gracias por tu disposición.
—¿La directora no te ha pedido que grabes desnudos? —finge extrañarse—. ¿Y tú no le has insinuado a la directora que puedes grabar desnudos si a ella le apetece?
—¿En serio, Cotufas? ¿Me has tomado por uno de esos que le entran a una chica mona en una discoteca para decirle: «Hola, soy artista y me gustaría hacerte fotos... en bolas, porque es más artístico»? No me voy a aprovechar de ti.
Fayna no se ríe con la broma. Permanece de pie, recortada sobre el fondo del set con una expresión solemne, los brazos abandonados a cada lado de las caderas, el pelo cayéndole sobre los hombros como miel derretida.
—Qué pena —dice con voz queda.
Ah. Entonces sí sabe que se está rifando un polvo y que ha comprado todas las papeletas.
Mi cuerpo reacciona como cabe esperar con una insinuación.
Soy —o me gustaría ser; o me habría gustado ser — director de cine: es para mí mucho más importante mostrar, dejar caer, que ser evidente, por lo que mi respuesta corporal e intelectual a un lenguaje no verbal es el doble de intensa comparada con una declaración de intenciones.
Ajusto la cámara sobre el trípode y me acerco a ella como si me hubiera hipnotizado.
—Aunque ahora que lo pienso —murmuro. Le aparto la melena de un hombro y tiro hacia abajo del tirante que se había estado aguantando ahí precariamente, como la mano del protagonista que se queda pendiendo del precipicio para salvar la caída.
Lo deslizo con cuidado por el brazo pecoso y tatuado de manera que se asome la curvatura del pecho— algo así podría quedar más estético.
Fayna asiente con los labios entreabiertos, mirándome todavía a la espera de un movimiento definitivo.