Capítulo 17 #2
—Bajé la mano hacia su pantalón —retoma con dificultad, y reproduce el movimiento exacto—, porque todavía no se había desnudado, otro detalle que debería haberme hecho sospechar, y...
—Y...
—¡No había nada!
—¿Cómo que no había nada?
—¡Que no había rabo! No dick at all!
—¿Es un eunuco?
—¡No, coño, Fayna, joder! ¡Que es una tía!
O sea, no, no es una tía —se corrige de inmediato, azorada—.
Es biológicamente... No, tampoco es correcto.
O sea, lo estoy diciendo mal. Es un tío.
Pero tiene... lo mismo que yo. Y lo mismo que tú.
A no ser que tú también hayas mentido sobre tus genitales —apostilla con rencor—.
A partir de ahora voy a pedirle a todo pavo que me cruce que me los enseñe.
Me la suda si estamos en la Gran Vía de Madrid.
—Un momento. ¿Me estás diciendo que...?
—Felipe es trans. Y no se le ocurrió mencionarlo en ningún momento. Así que claro —empieza a gesticular con nerviosismo—, a mí se me cortó todo el rollo, no solo porque... en fin, nunca he tenido sexo con una mujer... ¡con un genital femenino, perdón!
—No se tiene sexo con genitales femeninos o masculinos, Mina. Se tiene con personas.
—¡Pues a mí me gustan las personas con genitales masculinos!
—De acuerdo. Es válido.
—¡Claro que es válido! —sigue rugiendo, roja de la rabia—.
¡Me parece de locos que cada uno haga con su identidad lo que le salga de las pelotas, pero a mí nadie puede obligarme a hacer algo que no quiero, y menos cuando se me ha bajado el calentón!
Pues bueno, no te puedes imaginar cómo se puso.
Que si estabas gozándotelo hace un momento, que si es obvio que te gusto, que si no me digas que eres tránsfoba...
Madre mía, ¡no sabía yo que no querer comerme un coño era tránsfobo!
Estoy tan absolutamente anonadada por el curso del relato que lo único que consigo hacer es reírme de incredulidad.
También porque encuentro su agitación la mar de divertida, todo sea dicho.
Y porque, por desgracia, cuando una persona dice una sarta de barbaridades con semejante furor, te hace gracia, incluso si no predicas con sus ideas.
—Sé que debajo de toda esa terminología que has usado... y de las palabras malsonantes —añado con lentitud— hay una buena intención. ¿Por qué no te tranquilizas y me lo explicas con calma?
Mina inspira hondo y suelta el aire muy despacio.
Clava en mí una mirada determinada.
—Fayna, no quiero ser tránsfoba —declara—. Y nunca he pensado que lo sea. Pero la situación de ayer fue tan violenta, y se volvió tan desagradable, que a lo mejor tengo que hacer algún cursillo o hablar con un profesional, no lo sé.
—Vale. Lo primero de todo, no creo que seas tránsfoba por sorprenderte.
Yo también me habría sorprendido en tu lugar.
Lo segundo es que no hemos evolucionado lo suficiente como sociedad para vernos en una tesitura de ese calibre y seguir adelante como si nada si nos gusta la persona, que es el caso —agrego, y observo su reacción para confirmar que así es—, por lo que no es una cosa solo tuya; es algo que pasó y pasará hasta que hayamos anulado la asociación entre el género y los genitales.
Y lo tercero —concluyo, mirándola a los ojos— es que Felipe no te debía salir del armario.
Tú no le debías sexo —alzo la voz al ver que quiere interrumpirme— y él a ti una advertencia de contenido tampoco.
—¡Pues es la clase de spoiler que le tienes que hacer a alguien! ¡Sobre todo cuando te has tirado un día y medio calentando al personal y sabes de sobra que si te falta la herramienta, no voy a llegar contigo hasta el final!
—Entonces no llegasteis hasta el final.
Mina se rasca la nuca.
—Es posible que la discusión me excitara un poco y nos liáramos muy bestia —dice con la boca pequeña—. ¡Pero luego nos despedimos!
—Y ahora estáis enfadados.
—Pues eso parece. Porque soy tránsfoba. —Se pellizca el puente de la nariz. Luego deja caer el brazo sobre el regazo—. Joder, Fayna, pues lo seré, qué coño quieres que te diga. Pero si está mosqueado porque no folló, que se ponga a la cola. Yo también me llevé un chasco.
—No fue el mismo tipo de chasco. Tú lo rechazaste a él, y por un tema que debe ser sensible si para empezar lo lleva en secreto. Nadie lo sabe, ¿no?
—Bueno, ahora lo sabes tú. Por mi culpa. Debería haberme callado —se desespera—. Y debería haberle comido el coño y se acabó.
—No tienes que hacer nada que no quieras, Guillermina.
—Coño —musita, impresionada—, has sonado como mi abuela Pilar.
—Espero que eso sea algo bueno.
—Mi abuela Pilar es la mejor del mundo. En fin. Menuda movida. Como le dé por contar lo sucedido en redes sociales, ahora sí que me van a cancelar.
—No puede ser que eso sea lo que más te preocupa.
—¿Por qué no me iba a preocupar? Por superficial que pueda sonar, Fayna, TikTok y la publicidad son mi medio de vida.
Un paso en falso, una funa colectiva, y se acabó.
Me vuelvo al pueblo de Cádiz, ¿entiendes?
¿Y sabes qué sería lo peor de todo? Que Felipe estaría contando una mentira, porque no habérmelo follado me da una rabia que te cagas.
—Pues hazlo.
—¿Cómo lo voy a hacer? ¿Es que no me has oído?
—Sabes que existen los straps , ¿no? Los usan algunas lesbianas. Yo lo he usado.
—¿Con Cesc?
—¿Por qué coño lo iba a usar con Cesc?
Ahora yo también me he contagiado de su adicción a los tacos y de su mal humor.
—Porque te lo estás zumbando —responde como si me chupara el dedo.
—Me temo que tus fuentes están equivocadas, porque no, no me lo zumbé.
—¿Ni siquiera hace cinco años?
Y sigue con la perorata.
Hay que aplaudirle la perseverancia.
—Sí, vale, hace cinco años sí.
—¿Cuántas veces?
—¿Preguntas por noches o por polvos?
—Polvos.
—Entonces no lo sé.
—Hija de puta —masculla en tono admirativo.
—Ya.
—Está el tío para hacerle un traje de saliva.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
—Pues sigue queriendo zumbarte, que lo sepas.
—Yo también me di cuenta.
—¿Y lo vas a hacer?
Inspiro hondo y lanzo una mirada al techo, como si ahí estuviera escrita la respuesta.
—¿Dónde pusiste mi tabaco?
Mina señala la mesilla auxiliar junto a la tele. Allí me dirijo para liarme el cigarrillo de emergencia. Ella se muestra muy solícita a sabiendas de que va a recibir una confesión de alto calibre: me acerca el mechero y hasta prende la llama para que solo tenga que inclinarme.
—Llevo toda la semana pensando que necesito acostarme con él.
—Y yo, no te jode.
—No, no de una manera superficial. No porque esté bueno, sino...
—dejo la respuesta suspendida en el aire—.
Necesito hacerlo para saber si me lo imaginé todo.
Que ya me puedo hacer una idea que no, que la conexión es real, que me gusta en serio, que me enamoré.
Pero me hace falta la confirmación, porque ¿y si estuve jodida todo este tiempo por una bobería y él no era para tanto?
¿Y si solo era cuestión de echar el último polvo y despedirme en condiciones para...
romper la maldición? ¿Entiendes lo que te digo?
—Perfectamente. Yo también tengo ese ex al que volvería una y mil veces. No sé qué amarre me hizo, el cabrón, porque lo que es comer el coño...
Se interrumpe ella misma a pesar de que le río la gracia y me mira con seriedad.
Se ha sentado en el sofá de brazos cruzados. No miento cuando digo que nunca ha estado tan guapa. Así, con el pelo revuelto y ondulado por la humedad —y porque esa debe ser su textura original—, parece una actriz francesa después de grabar una escena de sexo.
—Bueno, ¿y qué te frena?
—Que ya le hice daño una vez.
—Nadie sufre follando.
—Eso no es verdad, y menos cuando se trata de Cesc y de mí. Un polvo o bien cierra el círculo o bien reabre las heridas.