¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Fayna

Me despierto en el sofá modular del saloncito de mi bungaló, que he de reconocer que es cómodo, bonito y acogedor.

Por supuesto, esto no lo admitiré ni ante jurado.

Antes muerta que reconocerle un logro del tipo que sea a Jaume Montseny.

No tardo en recordar por qué estoy aquí y no en la flamante cama doble del dormitorio: porque le cedí el espacio a Mina, a la que trajimos hasta mi alojamiento para que pudiera vigilarla.

Eso estuve haciendo hasta que concilió el sueño entre balbuceos incomprensibles.

Entonces le puse un par de almohadas bajo la cabeza, por si durmiendo le daba por vomitar, y arrastré mis huesos cansados de día —de vida— a la salita de estar.

Antes de eso, convencer a Cesc de que tres son multitud y no se le requería montando guardia también fue una odisea.

—Lo que le faltaría a la pobre sería que estuviéramos tú y yo hablando hasta las tantas.

—Prometo quedarme callado.

—¿Y durmiendo en otra parte?

—Claro.

—Pues entonces ¿de qué sirve que te quedes conmigo a velar su sueño?

—Puedo velar el tuyo.

—No voy a ponerte un dedo encima estando Mina a una habitación de distancia, y menos después de lo que ha pasado.

—Pero si se ha tirado todo el camino haciendo bromas.

—Me da igual. Vete, coño.

Si tardo en recordar todo esto que menciono, no es porque la velada fuera intensa y a ratos traumática —aunque eso sea innegable—, sino porque nada más incorporarme distingo la figura de Mina en la terracita con vistas al mar.

Se yergue de pie a un par de pasos de la barandilla, abrazándose uno de los codos y acercando la mano libre a la boca.

Da caladas intermitentes a un cigarrillo que apuesto a que es mío.

—No sé si deberías fumar después de lo que pasó —digo nada más levantarme, frotándome un ojo con los nudillos.

Mina solo se gira lo justo para confirmar que se trata de mí, como si no se fiara. Después vuelve a clavar la vista en el horizonte despejado.

Aunque la acosté con la misma ropa con la que salió de fiesta —una guarrada, pero a lo mejor se asustaba al despertar con prendas desconocidas—, se ha tomado la libertad de hurgar en mi maleta —teniendo su bungaló al lado, por cierto— y ponerse una camiseta ancha de mi padre.

No me molesta el atrevimiento. Sé que a él le habría encantado que una chica guapa se pusiera su ropa. Además, el atractivo de Mina responde al que era su tipo: piernas bronceadas, ojos castaños y boca grande.

—Si lo dices porque temes que me dé una embolia —contesta con un tono sardónico que no he tenido el placer de conocer.

Casi suena como una persona normal. Como una mujer con la voz muy grave, de hecho; mi tipo de mujer—, no va a pasar.

Y yo diría que no hay mejor momento para fumarse un piti mirando al mar que después de haber sido agredida.

Levanto las manos en son de paz.

—No me voy a oponer a nada de lo que te apetezca.

Mina agacha la vista hacia la punta prendida del cigarrillo.

—Me sorprende que fumes. ¿No se supone que es malo para el medioambiente?

—Uno al año no hace daño.

—Como tu comunidad se entere, te van a funar.

Pongo los ojos en blanco.

—Me da igual, Mina.

Ella deja correr un silencio.

—La verdad es que a mí también —confiesa con un encogimiento de hombros—. «Que hablen, aunque sea bien».

Parece que ha vuelto en sí misma por completo. Buena señal.

—¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubieran echado una mierda sintética en el cubata —responde sin ápice de tacto. Al ver mi mueca, enarca una ceja—. ¿A ti no te han drogado nunca o qué?

—No, la verdad.

—Pues hija, ya sabes que solo hay dos tipos de mujer en el mundo. Las que han intentado violar y las que aún no han nacido.

—¿No te parece un comentario un poco bestia para hacer bromeando?

Mina me dirige una mirada lúgubre por encima del hombro.

—No estoy bromeando.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal.

A veces olvido que hay chicas a las que se les da tan bien adaptarse a los requerimientos del patriarcado que uno termina pasando por alto que se exponen a la misma violencia que todas las demás.

Simplemente han elegido no extremar las precauciones para poder imitar la libertad de la que disfrutan los hombres.

—¿Estás bien, Mina?

—Estoy como el puto culo. —Se lleva los dedos a las sienes, todavía sujetando el pitillo, y se las frota como si quisiera recordar algo—. Tengo un dolor de cabeza que no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

—¿Quieres que te traiga una aspirina?

—Tengo en mi neceser. Y hablando de mi neceser, que está en mi bungaló... ¿Por qué no estoy yo en mi bungaló?

—Te trajimos al mío para que durmieras acompañada por si empeorabas.

—No habría tenido el poco gusto de ahogarme en mi propio vómito.

—No sabía que amanecías con un humor tan cáustico, Mina. No puedo decir que no me guste —señalo con una leve sonrisa, cruzada de brazos a su espalda.

Mina bizquea y vierte la pavesa quemada en el cenicero.

—Este es mi humor, chica. ¿O en serio te has creído por un solo momento la pose que llevo a todas partes cuando hay una cámara rodando?

¿A ti te parece que yo hablo así? —exagera el tono, como si estuviera grabando un vídeo para TikTok—.

Esto es un puto personaje para dar de qué hablar a la gente.

No soy ninguna pija de Madrid; me llamo Guillermina Montero y nací en un pueblo de Cádiz de setecientos habitantes.

El inesperado comentario me deja con la mente en blanco.

—Entre unos y otros, me estoy quedando de una pieza.

—Pues espérate a que Felipe te revele su secretito —masculla—. Entonces sí que vas a flipar.

—¿Ese secretito está relacionado con el motivo de vuestra pelea?

Mina se gira en redondo hacia mí y me acusa con el dedo del cigarrillo.

—¡No estoy peleada! ¡Él se ha peleado conmigo, que es distinto! ¡Yo simplemente le dije que no! ¿Es que no le puedes decir que no a un tío sin que pierda los papeles o qué?

Sospechando que el tema puede ir para largo, me deslizo con sigilo hacia el sofá modular y me siento en posición de loto con la cara orientada hacia el balcón, donde ella permanece dando caladas compulsivas.

—¿Eso fue todo lo que pasó? ¿Le dijiste que no y se enfuló?

Veo que se le tensan los hombros, señal inequívoca de que se ha reservado información crucial.

—Bueno —responde a regañadientes—. No con exactitud. ¡Pero sí a grandes rasgos!

—¿Te importaría contarme los pequeños rasgos también? Digo yo que me lo merezco después de que te tiraras en torno a una semana entera indagando en mi vida amorosa pasada, presente y casi que también futura.

—No creas que me siento culpable por eso.

—¿No? ¿Guillermina Montero de un pueblo de Cádiz también es una cotilla, como @glitterklow, la pija de Madrid?

—Hija, te acabo de decir que el pueblo era de setecientos habitantes —replica en tono cansino.

Es ahí, al exagerar el hastío, cuando se le escapa por primera vez ese deje de la Andalucía occidental—.

¿Qué íbamos a hacer en nuestro tiempo libre si no era echar pestes del vecino?

Si no había ni Burger King, cojones. Dos tabernas y a tomar viento.

—Pues para gustarte tanto el comadreo, cuando eres tú la fuente oficial te reprimes fleje.

Mina sacude la cabeza, pero no dice nada durante un buen rato. Tengo que esperar con paciencia a que chupe tres veces del cigarrillo, lo apague con frustración en el mismo barandal, lo arroje al cenicero y se plante ante mí con los brazos en jarras.

Como siento que estamos intimando y me cae de maravilla Guillermina de Cádiz, le suelto lo que estoy pensando:

—Estás más guapa sin maquillaje.

—Nadie está más guapo sin maquillaje, no digas tonterías.

—Lo sé, sé que es lo que se dice, pero en tu caso es verdad. ¿Y bien?

Mina mira a un lado y al otro, como si fuera a confesarme un secreto de estado. Se arrodilla a un lado del reposabrazos del sofá y apoya ahí los codos.

—Mira —empieza con agitación. Sus ojos castaños apuntan en todas las direcciones; necesita toda la inspiración de este mundo para confesarse, detalle que no me pasa desapercibido y solo acentúa mi curiosidad—. Íbamos a follar, él y yo.

—Me lo pude imaginar.

—Lo invito a mi bungaló, lo invito a unas copas, lo invito a ducharse, porque yo no me tiro a nadie que no se haya duchado antes —continúa con la enumeración sin mirarme—, lo invito a darme un beso...

—¿Y te gustó?

—Sí, joder, estuvo de puta madre. Y me metió la mano debajo del vestido y empezó a masturbarme, y ahí ya sí que flipé.

Pero espérate, porque me desnuda como si estuviéramos en una película romántica y se baja al pilón de una.

Así, sin más. ¿Quién coño se baja al pilón de una?

Eso ya debería haberme dado una pista. Total, que vi las estrellas.

Nadie me ha comido el coño tan bien en mi vida.

—¿Cuál es el problema? No me digas que este es uno de esos casos en los que te lo pasas tan bien con un notas que le dices que lo quieres y arruinas por completo el ambiente.

—Podría habérselo dicho. Así de bien come el coño —insiste, ceñuda.

Me encantaría decirle que conforme va avanzando en la historia se le va notando cada vez más que se arrepiente de haberlo rechazado, pero prefiero no sacarla de quicio.

Guillermina de Cádiz parece más temperamental que @glitterklow.

Y tiene menos paciencia aún—. El problema, Fayna, es que iba a devolverle el favor.

Imagínate. En bolas, cachonda como una perra, salivando viva de pensar en su reacción cuando me la metiera en la...

—Entiendo la idea.

—Se me da muy bien el sexo oral —me advierte con una mirada tan grave que casi suelto una carcajada—. Mira, el caso es que... Dios, es que no sé si... No debería... Es una cosa muy íntima, y por su reacción... ¡No puedo contártelo!

—¿Ahora te vas a poner mojigata? ¿Después de decirme que estabas cachonda como una perra y que él es un experto del cunnilingus ?

Mina aprieta los labios, molesta porque mi argumento se sostenga.