Capítulo 16 #3
—¿Sabes dónde ha dejado la copa exactamente?
—sigue preguntando Cesc. Carmen vacila antes de asentir—.
Vale. Pues ve y la tiras por el váter, al lavabo o a la misma basura.
Tienes que sacar eso de circulación por si acaso.
Y vosotros no sé para qué cojones estáis —añade en referencia a los seguratas que nos cruzamos en ruta, que no se atreven a decir nada.
Ver a Cesc intimidar a tres tipos como tres catedrales me impresiona, y dudo que logre tal hazaña porque sea un Montseny.
—No es culpa de nadie más que del responsable —me meto yo, no tanto para regañarlo como para aplacarlo.
Pero Cesc se ha puesto nervioso, aunque logre disimularlo con razonable éxito, y ni siquiera contesta.
Llevar a Mina a la zona sanitaria es toda una odisea.
Pierde el equilibrio uno y otra vez. Cesc intenta hablarle y ella responde con un minuto de retraso, y no dice nada que sirva para ayudarnos a pensar que está consciente.
A ratos se queda muy quieta mirando un punto perdido al fondo de la habitación.
Luego es como si se olvidara de cómo mantenerse en pie: tiene que apoyarse en la pared o en alguno de nosotros.
La zona sanitaria en cuestión es diminuta y funcional.
Llegamos a una sala de espera con baldosas brillantes sorprendentemente abarrotada.
Un par de chavales hacen compañía a su amigo, que se ha abierto una brecha en la ceja; otro chico, en este caso acompañado de quien supongo que será su novia, se abraza a una papelera para vomitar a intervalos.
Hay un turista —apuesto que inglés o alemán— durmiendo la mona en tres asientos juntos.
Una chavala hiperventila en pleno ataque de ansiedad a pesar de que sus amigas hacen lo que pueden para tranquilizarla.
Los ventiladores a toda pastilla nos agitan la ropa al cruzar y contarle a un responsable vestido con polo negro y acreditación lo que ha sucedido. De inmediato, un sanitario corre la cortina separadora y gesticula para sentar a Mina en la camilla plegable para proceder a su reconocimiento.
—Esperad ahí, por favor. —Apunta hacia la sala.
El contraste entre lo que está sucediendo fuera y lo que tiene lugar aquí dentro me impacta, como una de esas fotografías premiadas internacional y anualmente que retratan la pobreza más miserable y una riqueza sonrojante en el mismo país: nos llega la música techno como si viniera de otro tiempo, los gritos eufóricos de los asistentes, casi también el calor del fuego.
Dentro, sin embargo, los fluorescentes derraman su luz blanca y fría sobre pobres criaturas —porque no hay otra palabra para definirlas—, que respiran con pesadez y aguardan su turno sumidas en un silencio incómodo.
Por razones obvias, el que entra enseguida es el de la brecha, al que por haber estado cubriéndose la sangre mientras bromeaba con sus colegas no se habían tomado muy en serio.
Alberto ha desaparecido. Supongo que ha entendido rápido que no iba a ser de gran ayuda.
Carmen se desmarcó hace rato en búsqueda y captura de la copa contaminada.
Por mi parte, he estado tan preocupada por el erratismo de Mina que no me ha dado tiempo a enfurecerme por lo que ha sucedido.
La han drogado.
No puede una estar en paz en ninguna puta parte.
Giro la cabeza hacia Cesc. El curso de sus pensamientos debe de seguir los mismos derroteros, porque tiene el ceño fruncido y, con los codos sobre los muslos, se frota las palmas de manera compulsiva, como si lo necesitara para no sucumbir a la ira.
Antes de darme cuenta, estoy interponiendo una de mis manos entre las suyas y entrelazando los dedos con los de él.
Me llevo nuestras manos a mi regazo y ahí se quedan lanzando un mensaje claro: «Calma».
—Fuiste muy eficaz —pruebo a halagarle con suavidad—. ¿Siempre eres un solucionador de problemas experto?
—Casi siempre. —Un músculo palpita en su mejilla—. Depende del problema.
—Ya.
Cesc decide que ha sido muy brusco y se disculpa conmigo apretándome la mano.
Echa un vistazo rápido a la cortina detrás de la que está Mina.
Incluso sin verlo, percibo el interrogante en su mirada: «¿Qué le estarán haciendo?
De seguro nada, solo examinarla para ver si es lo bastante grave para enviarla al hospital o bien a casa».
—Qué miedo habrá pasado, la pobre —murmuro con un hilo de voz.
—Creo que vamos a tener suerte y no se va a acordar de nada mañana.
Esperamos unos minutos en completo silencio. Nos comunicamos a través de la mano; él me la estrecha, yo se la estrecho. «Estoy aquí. No me voy».
Dejo que mi mente vague por donde le pide el instinto y acabo acordándome de su disposición y efectividad curándome la quemadura de la mano, volando de inmediato a Ibiza al sobreentender que su hermana había recaído; hablando con quien tuvo que hablar, sin miedo a las represalias ni perder los papeles, cuando comprendió que aquello había sido una encerrona.
Lo miro y pienso que el traje le va que ni pintado.
Más que a otros que lo portan con vanidad.
Él, al menos, ve un problema y actúa sobre la marcha con la mayor presteza y seriedad, rasgos que se le presuponen a todo aquel que vista como un diplomático.
Se preocupa de verdad por los demás, sean sus amigos o no.
Hace lo que se tiene que hacer. No es diferente de mí en ese sentido.
De quien sí se diferencia es de todas las personas con las que he convivido. De mi padre. De mis exparejas. De algunos amigos que aún, no sé cómo ni por qué, conservo.
—¿En qué piensas? —me pregunta de repente.
Me está observando de esa manera que me cautivó desde el primer momento, como si de verdad le interesara lo que tengo que decir.
No veo razón para mentirle.
—En que siempre atraigo a gente dependiente. O siempre elijo a gente dependiente —me corrijo con un cabeceo resignado—, porque no puedo echar todos los balones fuera. Solo me rodeo de hombres y mujeres que me necesitan para sacarse las castañas del fuego.
Encoge un hombro, todavía de ánimo sombrío.
—El rol que nos adjudicamos consciente o inconscientemente pesa más de lo que pensamos.
—¿Cuál sería el tuyo?
—¿Mi rol? Pues si tú eres la cuidadora, yo habría sido la cabra loca.
El desentendido. El hijo ausente —improvisa con una sonrisa burlona—.
Aprendí rápido que el hogar está donde esté uno mismo y donde decidas montártelo, como la tienda de campaña que te llevas en una ruta mochilera, y me dediqué a eso hasta hace poco: a dar vueltas por ahí, irme cuando me diera la gana, dar las explicaciones justas.
»Ya no soy ese chaval —concluye—. La edad te vuelve más comprometido.
—¿Por eso no quieres probar suerte con lo de Solène? ¿Porque crees que perdiste o superaste tu espíritu aventurero? ¿O porque todavía lo conservas y piensas que te estarías atando a un proyecto demasiado serio?
Cesc me mira largamente durante un rato, cavilando.
—¿De verdad quieres que haga la prueba de cámara? —pregunta al final.
—Sí —contesto sin pensar—. Pero no porque me gustara verte triunfar, que también.
Ni porque me gustara que tu padre pusiera el grito en el cielo...
aunque eso suma —agrego con humor, y él, ¡aleluya!
, sonríe—. Quiero que la hagas porque quieres hacerla.
Otra cosa es que no te veas capaz o te dé miedo el rechazo.
—No me da ningún miedo que me rechacen. Se sobrevive. —Vuelve a encoger un hombro—. Pero estoy muy oxidado, Cotufas. No le puedo mandar cualquier mierda a Solène Delorme.
—Si ella tuviera la más mínima sospecha de que vas a mandarle una mierda o algo del género, no se habría molestado en ofrecértelo, ¿no te parece, mi niño?
A él no le queda otro remedio que convenir conmigo. Está abriendo la boca para hacerme saber su veredicto cuando uno de los sanitarios corre la cortina y sale del precario cubículo con una Mina todavía aturdida, pero en muchísimo mejor estado.
—¿Sois los acompañantes de la chica? —Cesc y yo nos ponemos en pie de un salto—.
Mirad, está claro que ha tomado alguna clase de alucinógeno sintético, pero ha vomitado y ha mejorado bastante.
Respira con normalidad, puede mantenerse despierta y formula oraciones, así que hemos descartado llamar a la ambulancia.
Mi recomendación es que se acueste cuanto antes.
—¿Contigo? —pregunta Mina en tono esperanzado, mirándolo con los ojos aún vidriosos—. Ojalá.
Cesc y yo intercambiamos un vistazo cómplice y aliviado. Solo comprendo hasta qué punto he pasado angustia por ella cuando me llevo la mano al pecho, donde se ha disuelto por fin el nudo, y suelto una carcajada estrangulada.
—Está claro que ha vuelto en sí misma —suspira él, divertido—. Vámonos, Mina.
—¿Pero estás seguro de que no quieres una foto conmigo? —pregunta ella, tratando de evitar que la arrastremos fuera de la sala—. ¿No te gustaría que te diera mi número?