Capítulo 16 #2
No tan a regañadientes como quiero dar a entender, dejo que me coja de la mano y me conduzca hacia la masa ingente de raveros que se concentra bajando las escaleras del palco.
La inmensa mayoría salta con los brazos en alto, proyectando sus pulseras fosforitas hacia el cielo.
Otros bailan siguiendo un ritmo que solo existe en su cabeza, porque lo que son los golpes de la canción, se los pasan por el forro.
Los hay tan borrachos que no saben ni por dónde les viene el aire, pero imitan los movimientos del resto improvisando una coreografía errática.
Desde el escenario, las pantallas de luz derraman neones naranjas, azules y violetas sobre las cabezas de los asistentes.
Entre todo ese alegre desenfreno matizado por el alcohol y las drogas, los influencers grabándose con su palo selfie y los drops que hacen vibrar el pecho, Cesc y yo nos encontramos de frente, él con esa seguridad contagiosa que a veces admiro y a veces me exaspera, yo con menos reticencias de las que desearía.
«Si a él no le importa lo que le hiciste, ¿por qué te importa a ti?».
«Porque sigo mintiéndole. O sigo reservándome información».
—Vamos, Cotufas —intuyo que dice, fijándome solo en el movimiento de sus labios.
Me sujeta por la cintura después de deslizar una mano traviesa por mi costado y apoya la frente contra la mía—.
Anímate un poco. No todo en la vida es hacer justicia.
También hay que portarse mal. Ya sabes. Tomar las decisiones equivocadas.
Bailar con él es una de esas decisiones equivocadas. Lo comprendo en cuanto afianza las dos manos sobre mis caderas y empieza a menearse sinuosamente al ritmo del remix de Brujería que rompe los altavoces.
Mirándolo a los ojos, que no son sus ojos con exactitud porque los efectos especiales de la fiesta los enturbian, los convierten en puro material de ciencia-ficción, se me ocurre que nunca habíamos bailado antes.
Pero hemos comido juntos. Hemos reído juntos. Hemos hablado. Hemos viajado. Hemos follado. Nos hemos peleado. Nos hemos visto u oído llorar. Nos hemos llamado por teléfono. Nos hemos escrito.
Nos hemos echado de menos, también, o eso da él a entender.
¿Qué más queda por hacer? Tiene que quedar algo en la lista de tareas pendientes para justificar que te hayas enamorado de alguien, porque eso hay que justificarlo, anda que no .
¿Dejar que pase el tiempo, a lo mejor? No, porque hemos dejado que pase: esa casilla también queda marcada con el tic de «hecho».
Y huelga decir que no ha supuesto ningún obstáculo para que nos miremos de nuevo con los mismos ojos que hace cinco años.
Cesc me ciñe a su cuerpo y junta sus caderas con las mías. Cierro los ojos y me dejo seducir por el ritmo y por la tentación de un rato desconectada de la realidad.
Por descontado, es mucho más agradable que seguir rumiando, y rumiando, y rumiando.
Siempre he creído que las mujeres que aplauden la suerte de poder frenar el ritmo frenético de sus reflexiones en compañía de sus novios estaban haciendo apología al absurdo movimiento «solo soy una chica», que comporta, entre otras cosas, aceptar que se es medio estúpida y se depende de un hombre para estar feliz, tranquila y no chocarse contra una farola por culpa de este alegre estado de disociación.
Pero es verdad. Cuánto se agradece ponerse en manos de alguien por un rato. Huir de uno mismo sabiendo que estará a salvo bajo la vigilancia del otro.
Cesc pega los labios a mi sien. Noto que los mueve. ¿Me estará diciendo algo, o solo está cantando la letra de Cosculluela?
Ya que te conocí, no sales de mí. Tú me hiciste brujería, yo soy tuyo y tú eres mía.
Sintiéndome débil y a la vez a mil revoluciones por segundo, le echo las manos al cuello y me rozo descaradamente con él. Con esta iluminación podría pensar que es otro, pero no puedo engañarme ni por un instante. Su calor corporal es único en la Tierra. Envolvente. Adictivo.
Las palmas de Cesc trepan por mi espalda y se cuelgan por detrás de mis hombros como si quisiera asegurarse de que no me alejo, y no podría sin hacerle un desaire. Me tiene acoplada a su pecho como una camiseta ajustada.
Quiero decir algo para restarle hierro a la situación. Como si se pudiera restar hierro a bailar tan pegados que solo cabe entre los dos un pasado apasionado. Aprisionado. Apisonado. Creo que solo un comentario desenfadado podría rebajar la intensidad de lo que estoy sintiendo.
Pero ¿quiero?
Es verdad que no todo en la vida es hacer justicia. Pero tampoco quiero ser injusta con él.
Y, aun así...
Cesc me roza la mejilla con los labios entreabiertos, ligeramente mojados por el sudor incipiente y la humedad concentrada en el aire.
Se me forma en el estómago un nudo hambriento que se derrite vientre abajo cuando su caricia desciende por el óvalo de mi cara hasta el mentón.
Echo la cabeza hacia atrás para que pueda abandonar un beso en mi barbilla, luego en el labio inferior, y, después, por fin, en la boca.
Lo he besado hace menos de dos horas, y lo he besado bien, lo suficiente para aplacarme.
Pero no me ha aplacado.
Esta es la adicción de la que hablo.
Me parece oír que dice mi nombre. No lo sé porque tengo los ojos cerrados y no los quiero abrir.
Me convierto en una muñeca que lo permitirá todo, lánguida entre sus brazos salvo por el acunamiento del baile, una excusa absurda para estar aquí, cosida a él.
Me suelta uno de los hombros y recorre la curvatura de mi cadera y mi cintura de abajo arriba.
La exploración termina con el pulgar amenazando con colarse por debajo del top.
Lo cojo de la muñeca y lo instigo a seguir hasta que toda su mano me ha cubierto el pecho izquierdo, piel con piel, y entonces se la plasto por el dorso para que se quede ahí.
A nadie le está importando excepto a mí y a él, que exhala un suspiro en el borde de mi oído al pellizcarme el pezón.
La canción sigue haciéndose eco de nuestro momento: Esto es brujería de la mala, de una me sedujo, de esos ojos brujos, me mira de una forma que me transforma.
—Ven conmigo esta noche —me dice en tono lastimero—. Por favor.
—¿Por qué me lo pides todo por favor?
—Porque eres tú la que tiene el poder. —Suelta el otro hombro y baja la palma a mis nalgas. Me hace cosquillas en el cuello con la punta de la nariz—. Está en tu mano no abusar de él.
Con el corazón encogido, voy a darle un beso. Es la sensación de que algo va mal y la presencia de algo externo penetrando en nuestra burbuja lo que me lo impide.
Pronto descubro que es Carmen, que me ha cogido del brazo.
—Chicos... ¡Chicos! Lo siento, perdón —balbucea de forma atropellada—. Es que... es que... algo le ha sentado mal a Mina y no sé qué hacer.
—¿Que algo le sentó mal? —repito—. ¿El qué?
Soy tan consciente del aspecto que debo ofrecer —ojos vidriosos y desenfocados, pintalabios corrido— que me ruborizo de pura vergüenza.
—¿No será que se ha puesto como una cuba? —replica Cesc, sin ocultar cuánto le molesta que nos haya interrumpido.
El hecho de que no me haya sacado las manos de encima ya lo dice todo.
«De aquí no me mueve ni Dios».
Carmen sacude la cabeza entre histérica y catatónica. Y es ahí donde y cuando me empiezo a preocupar, porque Carmen no es Mina. Carmen es bastante más prudente y sabe pillar una indirecta. Si no se va por donde ha venido ni con el ladrido de Cesc, es porque la situación es grave.
—Llevaba solo media copa cuando se ha puesto supereufórica.
Pensaba que era de esas personas a las que la bebida les sienta como un tiro, pero qué va.
Se ha puesto a sudar a mares y la he llevado al baño.
Allí se ha mareado del todo. Está muy confusa, desconectada de la realidad, y no consigue ni coordinar los movimientos. Creo —traga saliva— que la han drogado.
Cesc me suelta al toque y se gira hacia ella con la mirada ensombrecida.
—¿Dónde has dicho que está? ¿En el baño del reservado?
Como si solo hubiera comprendido la gravedad del estado de Mina a través de Cesc, la influencer hace una mueca para controlar unas repentinas lágrimas de agobio.
—Sí.
—Ven conmigo. Vamos a ver cómo está, y si hace falta la llevamos a la zona sanitaria.
Nadie me ha dado vela en este entierro — vaya frase para usar en estas circunstancias —, pero yo también los sigo con la garganta atorada y una injusta pero comprensible sensación de responsabilidad.
A lo mejor, si hubiera estado con ella y no liándome con nuestro supervisor y director de Marketing, no le habría pasado nada.
Encontrarme a Mina como nos la encontramos no me ayuda a templar el ánimo, y menos a suavizar la culpa.
Carmen la había dejado con Alberto mientras corría a avisarnos, y con él está: el chico procura mantenerla despierta y sofocar el calor que se ha apoderado de ella echándole agua en la cara y el cuello, pero Mina no reacciona.
Tiene la mirada perdida en los ratos breves que consigue despegar los párpados, se le cae la cabeza hacia un lado como si no pudiera soportar su peso, y aunque separa los labios para hablar, no dice nada coherente.
Aun así, sé que está asustada por las reacciones corporales incontrolables, como el temblor de las manos y los sollozos.
Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Cesc y yo avanzamos hacia ella y la cogemos como buenamente podemos. Cada uno la agarra de donde consigue, y no es tan fácil a pesar de que no se opone. El descontrol de su cuerpo es brutal. Es como intentar llenarse la mano de agua.
—No le habéis dado más alcohol cuando ha empezado a ponerse rara, ¿verdad? —inquiere Cesc, mirando a los otros dos por encima del hombro en nuestro camino a donde la puedan atender.
Alberto hace una mueca.
—Ya estaba así cuando he llegado. No lo sé.
—No, no ha bebido más —responde Carmen—. Ella misma ha dejado la copa por ahí y ha ido a sentarse al notar el mareo.