Capítulo 16
Fayna
Como no podía ser de otro modo, la discoteca a la que tenemos acceso vip es propiedad de Jaume Montseny. Igual que la mayoría de salas de fiestas con un mínimo renombre.
Igual que el alma de los ibicencos.
Atravesamos un pasillo largo con cristaleras de suelo a techo a ambos lados.
La luz es tan favorecedora que no me extraña que Mina se haga un par de selfies bajo la mirada lúgubre de Felipe.
Huele a protector solar —habrá quien enganche la jornada de playa con la rave —, a perfume caro y a alcohol. A sudor también.
Lo que me ayuda a orientarme son las pulseras con luces LED que nos han proporcionado en la entrada. La nuestra, por ser invitados de lujo, es morada; la mayoría de la gente se ha conformado con la experiencia básica, como delata la luz parpadeante amarilla.
En nuestro camino al palco, solo algo menos abarrotado que la pista, cuento hasta doce seguratas, todos ellos de origen esteuropeo.
Los camareros van disfrazados de lo que son, con sus polos oscuros y pantalones favorecedores, y portan con una agilidad sorprendente bandejas con colecciones enteras de botellas.
Es fácil verlos venir gracias a las bengalas que las decoran y que sirven a los grupos grandes, quienes los reciben con la euforia típica de los turciados.
Desde nuestro reservado se obtienen las vistas de las que gozan todos los asistentes sin excepción: pantallas gigantes, láseres de colores rebotando por las paredes reflectantes, columnas de fuego y los puntitos de luz de las linternas móviles.
También se ve aquello por lo que Montseny ha pagado para que nos sintamos especiales, eso a lo que el vulgo no tiene acceso: una piscina iluminada con sofás crema distribuidos alrededor y distintas celebridades sentadas en torno a las mesas privadas, desde futbolistas hasta modelos, sin olvidar a las escorts que los primeros sientan en su regazo.
Agüita. Menudo cuadro.
—Voy a por una botella, que falta me hace —decide Mina sin energía.
Esta noche nada la impresiona.
—Sí, será a ti a quien le hace falta —masculla Felipe.
Si la influencer de maquillaje lo escucha o no, nunca lo sabremos.
—¿Se puede saber qué les pasó? —me arriesgo a preguntar. Me lo puedo permitir después de haber sido el entretenimiento del grupito durante los primeros días—. ¿No decidieron ayer que iban a transformar su animadversión en una especie de preliminar sexual?
Felipe compone una mueca indescifrable.
—Eso pregúntaselo a ella.
Y se larga antes de que pueda insistir.
Busco a Cesc con la mirada y lo encuentro igual de interesado en lo que sea que haya sucedido entre los dos. Sin ningún disimulo, giro sobre las sandalias y acudo a su lado.
—Problemas en el paraíso —resumo.
Él suspira como un Romeo enamorado.
—¡Qué caprichoso es el amor! Espero que se les pase. Y que luego nos lo cuenten.
—¿Tú también eres un cotilla?
—Siempre he sido un cotilla. No puede ser que te pille de nuevas. ¿Qué quieres beber?
—Lo que bebas tú.
Cesc aprovecha que nadie nos está mirando —no porque le importe a él, sino porque me importa a mí— y se inclina sobre mi oído.
—¿Yo? Besos de Fayna.
Ladeo la cara para ocultar una sonrisa estúpida.
—Qué bobo eres.
«Pues anda que tú, mi niña».
Opto por quitarme de en medio antes de que me convenza de hacer algo que me distraiga de mi objetivo, como echarnos un baile o darnos unos besos o incluso desaparecer por arte de magia en un espacio íntimo y estrecho. Con o sin cama.
A estas alturas no me voy a poner exquisita.
Deambulo un rato por el reservado, fijándome en la seguridad que blinda los distintos grupos de famositos. No me pasa por alto que Jaume Montseny también ha sido acusado de contratar a sujetos de países del este con un expediente criminal de miedo.
No me gusta dejarme llevar por las apariencias, y menos cuando las apariencias guardan similitudes con las mías, pero si bien los seguratas y yo tenemos cortes de pelo arriesgados y tatuajes, los suyos podrían haberse leído en las cárceles de la antigua Unión Soviética como admisiones de culpa.
Me acerco como quien no quiere la cosa a uno de ellos, que está encendiéndose un cigarrillo mientras vigila el comportamiento de un futbolista hasta las cejas de cocaína.
Confío en que la tinta de nuestra piel y el hecho de ser una chica me ayude a ablandarlo.
—¿Me das un piti?
El tipo tiene que agachar la vista para localizarme, y eso que ni esta noche ni nunca soy bajita que se diga. No se lo piensa —debe de haber recibido órdenes para agradar al cliente en toda circunstancia— y saca el paquete del bolsillo trasero del pantalón.
—Son fuertes —me advierte con acento eslavo.
—Fumé Pueblo en mi juventud. Nada puede asustarme.
Él entiende la referencia y se consiente una sonrisa cómplice.
—¿Quieres fuego también?
—Sí, por favor. —Espero a que prenda el extremo de mi cigarrillo sin dejar de mirarlo con curiosidad.
El guardia no interpreta mi atención de ninguna manera especial.
Estará acostumbrado a recibir atención femenina entre juiciosa e impresionada, o a lo mejor no le intereso lo suficiente como para determinar que estoy flirteando con él—. ¿De dónde eres, si no es indiscreción?
—Albania.
—¿En serio? Estuve pensando en ir allí de vacaciones hace un par de años, pero acabé eligiendo Croacia —miento. No he ido ni a la vuelta de la esquina. En los últimos seis meses de luto ni he salido de mi casa, de hecho—. ¿Conoces el país vecino?
—Apenas conozco el mío. He olvidado —responde con ironía, y da una calada al cigarro.
Lo imito en un gesto de empatía y confirmo que está fuerte. Muy fuerte.
Tengo que hacer un esfuerzo para no toser.
—¿Hace mucho que no vas a Albania?
Entonces sí me mira con intención, y no porque de repente le haya parecido mona. Más bien le he parecido una impertinente que se está metiendo donde no la han llamado.
—No vacaciones —responde, tajante.
—¿Cómo que no? ¿Qué clase de contrato tienes, que no puedes ir a ver a tu familia? Joder, si al final estamos todos igual —añado en tono simpático.
—No contrato.
Sorprendida porque se haya animado a confesar tan fácilmente, busco su mirada.
—Pues deberías. Tienes un trabajo muy peligroso... —lo dejo al aire para que me dé su nombre.
Él se lo piensa.
—Ilir.
—Ilir. Muy bonito. Yo soy Fayna. —Le tiendo la mano y espero a que me la estreche.
Lo hace con una delicadeza inesperada—. Como te decía, deberías intentar que te aseguraran.
Imagina que tuvieras que separar a dos notas como dos armarios.
O a uno que tiene consideración de arma blanca porque hace lucha canaria, por ejemplo.
Podrían mandarte al hospital, y tu empleador todavía tendría los cojones de despedirte, y...
—¿Te está molestando esta chica, Ilir? —interrumpe Cesc con suavidad.
Con el mismo afán subrepticio para quien nos mire e intenciones más que obvias para mí, me pasa un brazo por la cintura y dirige hacia el albanés toda la potencia de su encanto—.
Si es que la deja uno suelta un ratito y ya empieza con la perorata de los derechos laborales. Es que es abogada, ¿sabes?
«¿Y tú qué eres, mi niño? También abogado, pero del diablo, ¿no?», le respondo con un vistazo perdonavidas.
—Ya. —Ilir me mira de reojo con razonable desconfianza. No percibo desdén o inquietud, aun así—. He notado.
—Me la voy a llevar a que se tome algo, a ver si recuerda que no estamos aquí para echar más horas de esclavitud laboral. Que pases una buena noche.
Ilir exhala el humo del cigarro por una de las comisuras del labio, y todavía vigilándome de soslayo, sacude con desgana una mano grande como las manoplas de gomaespuma de los partidos de fútbol americano.
—Oye, no seas tan obvia —me regaña Cesc en nuestro camino a la barra—. Incomodas a la gente, ¿no lo ves?
—¿Qué dices? No estaba nada incómodo.
—Pues ya te ibas a sentir incómoda tú como hubieras seguido tirándole de la lengua.
—¿Por qué siento que solo pones pegas?.
—¿Pegas? ¿Se te ha olvidado todo lo que he conseguido para hundir a mi padre?
—¡Me enseñaste unos cuantos papeles y luego procediste a explicar por qué ninguno sirve! —protesto—. Es como si quisieras disuadirme de seguir adelante.
—Es que quiero disuadirte de seguir adelante —admite con tal desahogo que me quedo petrificada—.
No eres la primera que intenta algo así, y las probabilidades de que fracases como todos los demás es muy elevada.
Y no me gustaría que mi padre te jodiese la vida, porque no dudes que se enteraría de lo que andas tramando y pondría en marcha alguno de sus sofisticados mecanismos para vengarse.
Freno en seco antes de llegar a la barra.
—¿Por qué coño me ayudas si no crees que vaya a prosperar?
Él imita mi pose defensiva con los brazos en jarras.
—¿Y tú por qué crees?
—Si no vas a colaborar conmigo —mascullo entre dientes—, deja de distraerme, Cesc.
—¿Distraerte? ¿Cómo se supone que te distraigo?
—¡Así me distraes! —Señalo hacia Ilir con un aspaviento impreciso—. ¡En Atlantis me distrajiste! ¡En el ascensor, hace un momento! ¡No vas a convencerme de abandonar mi proyecto a fuerza de besitos!
Cesc ni se inmuta.
—Tengo más armas en el repertorio. Si no funcionan los besitos, funcionarán otras cosas.
—¡Y lo dices tan a gusto!
—Como si no supieras ya lo que pretendo.
—Puedes pretender lo que te dé la gana, que si a mí no me sale de las narices, te vas a quedar a dos velas.
—Ah, ¿no te sale de las narices? ¿Seguro?
—Me estás emputando, mi niño.
—Ninguno de tus «emputes» me ha supuesto un obstáculo jamás. —Me guiña el ojo, como siempre inmune a mis advertencias, amenazas y exabruptos—. Venga, concédeme un baile. Solo uno. Luego volvemos a intentar destruir al demonio, lo prometo.