Capítulo 15 #2
Debería estar volcada en el relato, prestando atención hasta que se me salieran los ojos de las cuencas.
Al fin y al cabo, me he movilizado desde Tenerife para esto y nada más.
Pero mi mente ha decidido fijarse en el movimiento de los labios de Cesc, en sus manos cubriendo los papeles y señalando párrafos, en el gesto que tiene de pasarse los dedos por el sedoso pelo oscuro, en las miradas serias que me dirige sin llegar a caer en la desesperanza.
No se me ocurre nada más atractivo que un hombre autoproclamado topo de la empresa de su padre para ayudarme con un objetivo que me viene grande a mí porque le viene grande a todo el mundo.
—¿Me estás escuchando? —se interrumpe Cesc con las cejas levantadas. Sus ojos me escudriñan, al principio con una irritación justificada considerando que no ha dormido por mi culpa. Luego su expresión se suaviza y adquiere un cariz divertido—. ¿Te está poniendo cachonda lo que te estoy diciendo?
«¡Me estás poniendo cachonda tú!».
—Puede ser.
Cesc suelta una carcajada de pecho y sacude la cabeza.
—Pues no te excites tanto, guapa. Esto solo ha confirmado lo que ya sabíamos, pero no tenemos pruebas fehacientes para avanzar.
—Todavía podemos recurrir a fleje de fuentes y atacarlo por otros flancos. Seguro que los trabajadores no andan privaditos que se diga.
—¿«Privaditos»?
—Privados. Contentos —traduzco.
—¿Vas a meter a los currantes en esto? ¿Tú?
—¿Por qué no?
—Porque no beneficiaría a sus intereses en lo absoluto.
Si mi padre descubriera la identidad del anónimo que testificase detrás de un telón, le hundiría la vida a él, a su mujer, a sus hijos, a sus tatarabuelos si los tiene y hasta sacrificaría al perro como un mafioso ruso.
Creo que no terminas de saber del todo a quién te estás enfrentando.
Y pensaba que te caía bien Margalida —apostilla.
—¡Por supuesto que me cae bien Margalida! ¿Qué tiene que ver eso?
—Que si me meto en una batalla legal con mi padre, pringaría la primera por ser mi secretaria: la que en teoría me habría conseguido parte de las pruebas.
Le arrebatarías su medio de vida y le costaría salir adelante en Ibiza.
Y tiene familia. No es tan fácil llevarte a una mujer y una hija adolescente a otra ciudad y empezar de cero sin que te cojan manía.
—Por favor, Cesc. —Pongo los ojos en blanco—.
Es imposible que un simple peón pague el pato si destapamos la corrupción de tu padre.
Lo peor que podría pasar sería que le chaparan los hoteles y Margalida se quedara sin empleo, pero tú y yo sabemos que ese escenario es improbable.
Como mucho, la cadena sufriría un revés reputacional del carajo, ¿y crees que los alemanes dejarían de venir en masa por principios?
¿A quién coño le importa que el dueño de un resort sea un hijo de puta sin escrúpulos?
A nadie. Solo les importan sus vacaciones.
Cesc se gira hacia mí para encararme y apoya la mano en la mesa.
—Si tú misma sabes que tienes las de perder, y que incluso si ganas, no va a haber justicia, ¿qué estamos haciendo, Fayna? Porque se me ocurren actividades mucho más divertidas con las que podríamos entretenernos los tres días que te quedan aquí.
—¿Qué estáis tramando ahí dentro? —inquiere Margalida desde la puerta.
Cesc ladea la cabeza con aire risueño y la mira con una ceja arqueada.
—¿Y a ti qué te importa, cotilla?
Lejos de tomárselo mal —no puedes tomártelo mal cuando él te saca la lengua—, la secretaria finge un mohín y desaparece después de encogerse de hombros con dramatismo.
Sacaré a colación su interesante relación más adelante, cuando no nos ocupen temas de mayor urgencia, pero puedo anticipar un dato subjetivo al respecto: me parece adorable que se lleven de maravilla.
—Anda, vámonos —decide Cesc con un cabeceo informal. Se termina de quitar la corbata y la deposita sobre los papeles que no se va a molestar en guardar—. En diez minutos tenemos que estar en el coche camino de la fiesta.
—¿Vas a acompañarnos a la rave ?
—Pincha David Guetta. Pues claro. ¡Hasta luego, Mar!
—Hasta luego, jefe. Adiós, Fayna.
Sacudo la mano en la dirección de la pobre Margalida y sigo a Cesc en su campante paseo hacia el ascensor.
—¿Sabes? Me alegra que tengas un trabajo de pandereta que te permite llevar a cabo en secreto la deposición de un rey, mi niño —dejo caer como si nada—. Así podrás saltarte un martes de oficina para grabar la prueba de cámara que te pidió Solène.
Cesc pulsa el botón de la planta cero y me mira con socarronería.
—¿Solène a secas, sin apellido? ¿Os habéis hecho amigas?
—No, pero tú sí te has hecho su admirado conocido. A lo mejor deberías llamarla por su nombre. O llamarla a secas. Con la prueba ya grabada —recalco.
—Sí, mi general —suspira en tono casino.
Antes de que pueda echarle la bronca por dejar correr la oportunidad de su vida, Cesc pulsa el botón que suspende el ascensor en el aire, cierra la mano en el fajín de tela que mantiene mi falda en su sitio y me atrae hacia sí con un movimiento tan fluido que no me entero de lo que está pasando hasta que lo tengo a un centímetro de mi cara.
Una sonrisa ladina se dibuja en sus labios; otra sonrisa, también ladina, se trasluce en la mirada que clava en mi boca—.
¿Cómo de cachonda del uno al diez te había puesto mi disertación?
—inquiere en voz baja, jugando con la primera capa de la falda.
Apenas consigo tragar saliva cuando presiona suavemente con los dedos un punto por encima del pubis.
Desciende en una caricia hacia mi entrepierna, que puede tocar por encima gracias a la flexibilidad de la falda.
Con el otro brazo me rodea por la cintura—.
¿Suficiente para empezar la fiesta aquí y ahora?
—Pensaba que estábamos trabajando.
Y pensaba que iba a sonar recriminatoria, pero incluso yo percibo el anhelo en mi murmullo.
—Por supuesto que estoy trabajando —replica él sin perder el aire jovial, eso nunca. Sube la mano de mi cintura a mi costado desnudo y acaricia con el pulgar justo por debajo de las costillas. Presiona con delicadeza y se inclina más sobre mí—. En la obra de mi vida.
Se humedece el labio inferior con la punta de la lengua antes de besarme.
Soy incapaz de oponerme, igual que he sido incapaz de pensar en otra cosa que no sea él, su cuerpo apretado contra el mío y su boca recorriéndome el cuello en Atlantis.
Si mi padre llevó compañía a ese mágico rincón del universo, no me extraña que me hablara de su visita al secreto de los ibicencos como una experiencia religiosa.
Pero todo con Cesc es una experiencia religiosa. Hasta besarse sucio y tierno a la vez en el cubículo que transporta a diario a los esclavos de Jaume Montseny, empezando por él.
Y, aun así, qué bien se le da ser libre. Qué bien se le da hacer lo que quiere, cuando y como lo quiere. Tomar lo que quiere. Es más libre que yo, que todavía me estremezco de remordimientos cuando él no me borra los recuerdos y la identidad con sus caricias.
—¿Y si Margalida quiere bajar? —se me ocurre balbucear, nerviosa, cuando se separa de mí. No tanto como para respirar aire fresco; respiro su aliento alterado, respiro su expresión de ojos cerrados y boca entreabierta—. Este es el único ascensor, ¿no?
—Siempre baja por las escaleras. —Y afianza aún más las manos sobre mis caderas.
—Eso es mentira.
—Qué guapa estás.
—No cambies de tema.
—Ese es el único tema que existe, Fayna.
Esquivando hábilmente la trencita, introduce los dedos en mi pelo y me atrae hacia sí para besarme de nuevo, ahora con gentileza, casi con caballerosidad, como si nos estuvieran viendo y tuviera que cortarse.
No por eso es menos intenso. Me estremezco de la cabeza a los pies, y cuando quiero darme cuenta estoy abrazándolo por la cintura con cierto desamparo, rogando su proximidad y su calor como una niña asustada.
Él percibe mi abandono y me estrecha contra su pecho, ahonda en el beso, pierde la compostura. Pero es mucho más contenido y responsable que yo, aunque parezca lo contrario, y en cuanto comprende que no me importaría ponerme a follar aquí y ahora, se separa cuidadosamente.
Yo aún tardo en abrir los ojos.
—Me gusta besarte —musito.
Él me acaricia la cara con las puntas de los dedos y espera a que despierte para que vea su sonrisa orgullosa.
—Pues qué suerte la mía.