¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Fayna

¿Qué voy a responder cuando Cesc me pregunte qué tal nos ha ido a los influencers en nuestra primera mañana y tarde libre paseando por las preciosas calas ibicencas?

No podré decirle que todo ha ido como la seda. Le estaría mintiendo miserablemente.

Carmen se ha tirado el día entero como un zombi.

No se puede negar que mi pequeño monólogo la ayudara, porque no ha vuelto a sufrir ningún ataque de ansiedad —que yo sepa—, pero tampoco he obrado un milagro.

A pesar de que el calufo podría habernos derretido, no se ha atrevido a quitarse el vestido playero, ni para meterse en el agua ni para permanecer sentada en la toalla con las rodillas abrazadas.

Estaba pensativa, de seguro dándole vueltas a la posibilidad de abandonar sus pretensiones de influencer .

Por mi parte, he preferido no molestarla y limitarme a atenderla con interés cuando ha querido dirigirme la palabra.

Alberto ha decidido que va a intentar acostarse conmigo y ha sacado la artillería pesada hasta que por suerte —y porque no es ningún tolete— ha comprendido que no caerá esa breva.

Es curioso cómo la peña se toma su tiempo para sorprendernos; la cantidad de aspectos del carácter que nos van revelando con el paso de los días.

Al principio, el backflipper era un notas calladito, luego se insinuó como una persona interesante y ahora se ha convertido en un turras de manual.

Suerte que ha sido inteligente en todo momento y ha aceptado que el hecho de que apreciara su apoyo no implica ni implicará jamás que vaya a agradecérselo bajándome al pilón.

Pero, sin duda, lo más inesperado de todo ha sido la actitud con la que Mina y Felipe se han levantado.

Lo de que iban a dormir —o no dormir en absoluto— en el mismo bungaló nada más concluyera la cena de anoche lo sabían hasta los indios, así que o bien la sesión de sexo desenfrenado fue pospuesta por alguno de los dos —para consternada indignación del otro— o bien no se dio como asimismo alguno de los dos —o ambos— habían previsto, porque cuando nos tocó reunirnos a esperar al chófer que nos llevaría de cala en cala, llegaron por separado, no conectaron miradas ni intercambiaron saludos, y en cuanto se nos ofreció la oportunidad de deambular a nuestra bola para ver el atardecer, Mina masculló:

—Yo iré a donde no vaya ese tío.

Como no hay nada como un cotilleo para hacerte olvidar tus preocupaciones, Carmen escogió ese momento para salir del trance y compartió conmigo su pasmo.

Pero como tampoco hay nada más típico que una cotilla hipócrita, pues después de meter las narices donde se le canta no permite que nadie se involucre en sus asuntos personales, Mina no soltó prenda ni hizo la menor referencia a su noche de pasión frustrada.

Estuvo sumida en un terco silencio el resto del día, y a diferencia de otras veces, no la oí canturrear desde mi bungaló mientras se acicalaba para la fiesta techno que tenemos programada para esta noche.

Entre todo esto, cuando ha empezado a morir la tarde, he recibido un mensaje de Cesc en el que me invitaba cordialmente a su oficina:

Te he mandado un coche a Isla Serena.

Nos vemos en mi despacho.

Y a su despacho que voy ya vestida para la fiesta. No me ha quedado otro remedio. Me ha pedido que nos veamos a las once de la noche y tenemos que estar en la rave a las doce.

Si esperaba que me arreglara en los cinco minutos que me quedarían entre una cita y otra, pues buena suerte, mi niño.

Me siento fuera de lugar adentrándome en el edificio a estas horas y con estas pintas.

Me he plantado uno de mis modelitos de rigor: falda larga con capas de transparencias, top de triángulo, collares y brazaletes étnicos, aros dorados, pelo suelto salvo por las dos trencitas que me enmarcan la cara, pintalabios marrón.

No es nada fuera de lo normal — en mí —, pero los pocos currantes que merodean por el departamento cuando bajo del ascensor no opinan lo mismo.

Menos mal que Margalida levanta la vista de su ordenador y me da su visto bueno al verme pasar juntando el dedo índice con el pulgar: «De puta madre», parece decir.

No hace falta que se exprese verbalmente o le pegue un chiflido al director para advertir de mi llegada. El eco de mis sandalias planas al cruzar el pasillo capta la atención de Cesc, que estaba inclinado de pie sobre el escritorio con el ceño arrugado.

Su expresión se suaviza nada más verme.

—¡Fayna! ¡Ha llegado la Navidad!

Me recibe con los brazos extendidos en una pose de victoria que no me sorprende un ápice y que al mismo tiempo me deja brutalmente desorientada.

Esto es él, esto es Cesc, aunque a veces lo olvide: exuda naturalidad por los cuatro costados, está feliz de encontrarse aquí y ya ha dicho que no me guarda ningún rencor; también ha dicho que se muere por besarme las veinticuatro horas del día y no está haciendo sino mostrarse fiel a sus sentimientos al recibirme con ilusión.

O a sus emociones. Esa es una palabra que tiene connotaciones mucho menos peligrosas.

Lo chocante es que actúa como si yo siempre hubiera estado aquí, y lo que es aún más asombroso: consigue que me lo crea durante un segundo y me comporte en consecuencia cerrando la puerta tras de mí, cruzando el despacho y enfrentándolo con una mueca desafiante.

—¿A qué te refieres?

—A que te he traído regalitos. Entre la madrugada de ayer y la mañana y la tarde de hoy, he conseguido posibles pruebas en contra de... —lanza una mirada rápida por encima de mi hombro, imagino que hacia Margalida— Darth Vader.

—¿Darth Vader?

—Sí. «Es mi padre» —exagera la voz profunda del personaje de Star Wars cubriéndose la boca con la mano, y yo casi que tengo que hacer lo mismo para no descojonarme.

—A lo mejor deberías tomártelo en serio, mi niño.

—Prefiero tomármelo con sal y una rodaja de limón, gracias. Pero bastantes tequilas vamos a tener esta noche en la discoteca, así que venga, a lo que vamos. Vente por aquí y echa un ojo.

No me simpatiza en extremo asomarme por el costado de Cesc, y ni mucho menos cuando lleva un traje desenfadado compuesto por una camisa con los dos últimos botones abiertos, americana azul marino y corbata deshecha colgando en torno al cuello como el paño de cocina de una atareada Blancanieves.

Puede que yo sea lo que se denominaría «una hippie », pero eso no significa que sea inmune al atractivo de un hombre trajeado.

—Por si no sabes qué es lo que estás viendo —explica Cesc, y va señalando con el dedo los distintos apartados—, he podido acceder a su correo electrónico personal y pillar algunos mensajes sospechosos: «Urbanismo está nervioso.

Hablad con Salvatierra». «El informe no llegará antes del verano, seguid con lo vuestro».

«No te preocupes por el ministerio. Lo he dejado suave como la seda».

—Sospechosos son un rato, pero no sé si podríamos hacer algo con eso. ¿Y no se supone que te rechazan las pruebas en un juicio si las consigues mediante métodos poco ortodoxos?

—Tengo acceso legítimo a servidores internos y correos corporativos compartidos. A estos en concreto no, eso es cierto, pero en una última instancia se puede contactar a los destinatarios de los mails y pedirles que los aporten ellos mismos como prueba.

—No me cuadra meter en el ajo a notas con los que tu padre confraternizó, y tiene toda la pinta de que a esos destinatarios que mencionas los invitó a cenar.

—Mi padre ha invitado a cenar hasta al rey de España. Si quieres que testifique una persona que no haya conocido la generosidad Montseny, te sugiero... —retira la silla de su escritorio con un floreo teatral— que tomes asiento, Cotufas.

—¿«La generosidad Montseny»? —Pongo los brazos en jarras—. ¿Eso es un término patentado?

—Sí. Por mí. Ahora mismo. Pero coincido contigo en que mi padre se podría quitar de encima el muerto sonriéndonos como si fuéramos gilipollas y explicando que eso es «lenguaje empresarial normal», que hablaban de gestionar crisis, que solo estaba coordinando con instituciones...

que es una negociación administrativa legítima, en definitiva.

Prosigo —determina después de carraspear.

Busca entre el taco de papeles esparcidos una serie de hojas grapadas—. Temitas de pasta.

—Ilumíname.

—Hay un puñado de facturas absurdas a consultoras fantasma.

Algunas están repetidas, otras son desproporcionadas, otras no tienen un concepto o trabajo que justifique el monto...

Mi padre podría defenderse aludiendo a que costeó asesoría estratégica, análisis reputacionales o algún otro servicio difícil de tasar y que tenía que efectuar varios pagos de la misma cifra por una especie de acuerdo a plazos.

—O sea, que tampoco sirve.

—No mucho. Lo que nos lleva a lo último que he conseguido, que diría que es lo más interesante. Y es una prueba que no podrían echar para atrás porque tengo acceso directo a ella.

—¿De qué se trata?

Cesc intercambia conmigo una mirada interesante, recoge un puñado de papeles y empieza a depositarlos uno a uno sobre la mesa.

—Compra masiva de prensa favorable —hoja número uno—, influencers pagados para ocultar la contaminación —hoja número dos—, campañas para desacreditar activistas —hoja número tres—, bots a mansalva —hoja número cuatro.

Para la quinta, Cesc sonríe con sarcasmo—, periódicos cobrando publirreportajes disfrazados...

— Chos . ¡Pero esto es oro!

—Sí y no. Nada de lo citado, por sucio que pueda ser, es ilegal por sí mismo.

El abogado de mi padre podría defenderlo fácilmente con que era mera propaganda, y hay una gran diferencia entre el marketing agresivo y el delito penal.

Distinto es que consiguiéramos informes que demuestren que, en efecto, ha habido contaminación, porque lo que tengo en papel es la prueba de que mi padre ha contrarrestado las acusaciones de los activistas tirando de estrategias de desacreditación. No hay admisión de culpa como tal.