Capítulo 14 #3
—¿Y a qué has venido? Porque ya has dejado claro varias veces que no pretendías prestarme una visita...
lo cual no voy a negar que me sentara fatal.
Habría estado genial que llegaras al estilo del Drácula de Bram Stoker.
Ya sabes; diciendo que has atravesado océanos de tiempo para encontrarme —confieso con una sonrisa humilde.
Ella me la devuelve a medias antes de sumirse en un ánimo introspectivo.
—A lo mejor cometo un error diciéndote la verdad, pero es lo mínimo que puedo hacer —suspira—.
Quiero recabar información que pueda utilizar para exponer sus delitos en mi plataforma.
Los sobornos al ayuntamiento, la violación de la Ley de Costas, el destrozo de la flora y la fauna por los vertidos contaminantes...
Todo eso que otros intentaron contar antes en blogs, en redes, en televisión, y los medios silenciaron porque son unos putos lameculos.
Devuelvo la vista al frente con el estómago encogido, no por la inquietud, sino por el alivio de por fin entenderlo todo.
Es curioso que ni se me pasara por la cabeza que esa fuera la pretensión de Fayna, cuando Fayna es exactamente eso: la denuncia social.
—Di algo —me pide—. Aunque sea, amenázame con que no lo haga.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque es tu padre, te guste o no, y si cayera él, puede que cayera toda la familia.
—¿En desgracia, dices? No me puede afectar menos que mi madre fuera excluida de sus círculos selectos —me mofo.
—También les jodería económicamente. No sueño con que le quiten todas las licencias y lo metan en la cárcel, que conste.
Lo máximo a lo que puedo aspirar es a que le pongan una multa desorbitada y lo dejen en bancarrota.
Pero eso afectaría a Laia, ¿no? Le costaría pagarse esa universidad extranjera en la que dijiste que está. Y tú perderías tu trabajo.
Cojo aire con una gran inspiración.
—Te voy a decir lo que pasaría. El proceso sería larguísimo y muy costoso, y la multa, demencial.
Pero mi padre recurriría durante años, alargando el momento de la verdad, y una vez fuera a juicio echaría la culpa a sus cabezas de turco: técnicos e intermediarios que no tendrían culpa de nada y que probablemente son incluso pobres criaturas que hicieron lo que les dijeron porque necesitaban la pasta.
»Sí, el daño reputacional sería brutal —continúo—, pero negociaría con jueces y políticos para suavizar el impacto y con toda probabilidad tendría éxito. Te aseguro que por cohecho y corrupción caerían antes los funcionarios, arquitectos, abogados y consejeros que el cerdo de mi padre.
Fayna me ha estado mirando perpleja.
—¿Cómo es que estás tan informado?
—¿Crees que yo no he intentado joder a ese cabrón?
—Enarco una ceja—. ¿Crees que no se me ha pasado por la cabeza meter la mano en sus cajones en busca de pruebas flagrantes de tráfico de influencias e informes ocultados?
Tu objetivo es honorable y te apoyo a ciegas, pero antes te llevarían a ti a los tribunales por difamación que a mi padre por criminal.
Incluso con audios inculpatorios, testimonios y cuentas opacas, podría irse de rositas.
Tiene recursos infinitos para que sus testigos se retracten, hacer desaparecer los documentos y evitar filtraciones en la prensa.
Ha recibido instrucción seria para controlar daños, Cotufas.
—¿En serio piensas que es intocable?
—No lo pienso. Lo es. Y te lo está diciendo su propio hijo. Yo podría ser el mejor de los testigos para destruirlo, y, sin embargo, ya me puedo imaginar con qué cuento iría para defenderse: que soy un hippie y solo estoy cabreado porque me ha cortado el grifo.
Fayna me sostiene la mirada.
—Entonces me estás invitando elegantemente a correr un tupido velo.
—Te invito a reflexionarlo. ¿O de verdad crees que existe la justicia cuando el villano es un magnate con dinero serio...? —Caigo en la cuenta de algo que me dijo por la tarde, ese comentario que me dejó con la mosca detrás de la oreja—. ¿Esta es la venganza de la que hablabas en Atlantis?
Compone una mueca desorientada.
—¿Dije algo de la venganza?
No me está vacilando. Estaba tan fuera de sí que le habrán quedado lagunas.
—Ajá.
—Es más una cuestión de justicia que una vendetta personal —responde sin mirarme.
Y sea por eso, porque no me mira, porque ha bajado el tono una octava o porque la intuición me dice que puede estar guardándose algo, que decido que detrás de su objetivo hay mucho más de lo que parece.
—Si estás convencida, podría ayudarte. —Encojo un hombro—. No te vendrá mal tener un topo en el propio Siroco Collective.
—¿Lo dices en serio?
Me giro hacia ella apoyando un codo en el barandal.
—¿Alguna vez te he dicho algo que no fuera en serio, Cotufitas de mi corazón ? —entono con acento canario.
Fayna esconde una sonrisa, divertida con el apodo y con la burda réplica de su manera de hablar.
—Tendría que pararme a pensarlo, pero seguro que alguna bobería habrás soltado.
—Pues esto no es ninguna bobería . Es un ofrecimiento real. —Le extiendo la mano—. ¿Aceptas o no?