Capítulo 14 #2
—Si fueras alcohólico, no podría ni estar en la misma habitación que tú, mi niño.
Para muestra, un botón: más de una vez coincidí en el centro de salud con los adictos haciendo cola para recibir su dosis de metadona y me tuve que ir al baño para esconder un ataque de ansiedad —resuelve con sencillez.
Ladea la cabeza hacia mí, muerta de curiosidad—.
¿Quién era la mujer con la que estabas hablando?
Viniste a avisarme de lo de Carmen con una cara que no te había visto antes.
Pensé: chos , está tan feliz que está aterrado.
Esa es una muy buena descripción de mi estado actual.
—Solène Delorme.
—¿ Esa Solène Delorme? ¿ Tu Solène Delorme? —se corrige con los ojos como platos.
—Sí, aquella de la que solía hablar sin parar, como un completo idiota.
Fayna sonríe con candor.
—Dijiste que de mayor querías ser como ella. Te desviaste un fisquito de la ruta, ¿no?
Cuando utiliza esas palabras tan canarias, tan monas, con su diminuto «ito» o «ita», me sube por el cuerpo una vaharada de fuego que siento que solo puedo sofocar si la atrapo entre mis brazos y le como la cara a besos.
Los guiris lo llaman cute aggression .
—¿Vamos a empezar otra vez con eso? —suspiro, no tan hastiado de su insistencia como hago ver.
—Viene a cuento. Fue Solène quien se te acercó y te dio su tarjeta, mi niño.
Yo no lo vi porque estaba de espaldas, pero Alberto se fijó, y Mina dijo: «¿Quién coño sigue dando su tarjeta para ligar?
¿Es que no tiene Instagram o qué?». —Oculta una sonrisilla divertida y exasperada a partes iguales con el carácter de la influencer .
—Me ha ofrecido un puesto como director de fotografía en su próxima película. Y como director colaborador, si no la he entendido mal. Bueno —me corrijo con humildad—, me ha dado su contacto para que le envíe una prueba de cámara. Quiere ver si me desenvuelvo tan bien como solía.
La sonrisa de Fayna se ensancha, preñada de esa esperanza e ilusión con la que yo mismo habría reaccionado en otro tiempo.
—¿Crees que podrás estando ocupado con la dirección del departamento?
No se me escapa su tonito sarcástico. Muy merecido atendiendo a la que es mi labor en «el departamento»: poner la radio a toda leche y perturbar el trabajo de Margalida.
Me limpio el sudor de las manos en el pantalón.
—No voy a mandarle nada, Cotufas.
Fayna arquea una ceja.
—¿Perdona?
—Te lo he dicho varias veces. Lo mío con el cine se acabó.
—Es Solène Delorme.
—Y yo soy Francesc Montseny.
—Si conseguiste deshacerte del nombre burgués y del apellido de rico, ¿por qué no ibas a lograrlo ahora?
¿Es que firmaste con tu padre un pacto de sangre que te vinculaba con los hoteles a perpetuidad, o cómo va la cosa?
Que yo sepa, Laia está viviendo su vida muy lejos de aquí. ¿Con qué te iba a hacer chantaje ahora?
Sacudo la cabeza.
—No estoy aquí por chantaje.
—¿Y por qué es? No irás a decirme que ya no te gusta el cine o que no se te ocurren ideas.
—¿Por qué no iba a ser lo segundo? La creatividad se agota, Fayna.
—¿A ti se te agotó? —me reta con la barbilla alta.
Me detengo a pensarlo un momento.
—La verdad es que no —confieso con un suspiro—.
Me siguen sorprendiendo ideas lo bastante buenas para desarrollarlas en plena noche, cuando estoy a punto de conciliar el sueño.
Eso de la musa es tan molesto y poco práctico...
Uno se levanta de la cama de mala hostia para coger el cuadernito de marras y anotar jeroglíficos que tendrá que descifrar al día siguiente.
—¿Entonces? —insiste, mirándome fijamente—. Lo que sí se agota son las oportunidades, Cesc. Lo que sí tienes que levantarte a atender, estés a punto de dormirte o no, es la llamada del deber.
—¿Crees que es mi deber dedicarme al cine?
—Es tu deber consagrarte a lo que sea que te mueva —confirma—. Tu deber moral.
La miro de reojo con una sonrisita contenida.
—Ya tardabas en sacar la moralidad a colación, Fayna Silvestre.
—Es que no lo entiendo, Cesc. Nunca fuiste libre del todo; nunca somos libres del todo de la sombra de nuestros padres, nuestros fracasos y nuestros traumas, pero a ti eso jamás te detuvo.
Es lo que admiraba de ti. Eres valiente, eres insistente, eres soñador.
Y tienes talento. ¿Qué te frena? ¿Acaso perdonaste a tus padres por todo lo que hicieron, o por lo que no hicieron, más bien, y decidiste someterte a sus dictados porque de pronto los quieres, o sientes que se lo debes, o... ?
Esta vez alargo el momento de responder porque un acceso de ira impotente me cierra la garganta.
—¿Yo, querer a mis padres? ¿Querer a mi padre ?
Antes se congelaría el infierno —mascullo en un arrebato de rabia—.
Lo desprecio incluso por motivos de los que no tiene la culpa, como que yo haya terminado trabajando para el puto Siroco Collective.
Es una decisión que tomé en crisis, cuando sentía que nada merecía la pena, y él, aun sabiendo que estaba firmando mi puta sentencia de muerte, me alentó.
No puedo perdonarle ni mis propias determinaciones.
Fayna me escucha con el codo apoyado en el barandal y la otra mano en la cintura.
—¿No me oíste hablar con Carmen hace un ratito? Aunque a veces te sientas atrapado en una jaula, la mayor parte de las veces eres tú quien tiene la llave, mi niño.
—Es que yo no quería salir. Me daba igual salir, mejor dicho.
Me tiré un año y pico en piloto automático, el tiempo que quedaba para que Laia cumpliera la mayoría de edad y pudiera largarse a estudiar la carrera a otro lado.
Y cuando desperté del trance, me vi currando en la oficina con un traje durante un horario de ocho a tres, un horario que de todos modos podía pasarme por el forro.
Sentí que era tarde para cambiar de hábitos.
—¿Tarde? No es como si tuvieras un pie en la tumba.
—Pues lo parecía —espeto en un impulso—.
Nuestro documental fracasó. O, bueno, no fracasó como tal, porque la gente lo veía; siguen viéndolo, de hecho, pero se canceló, vino la demanda a BNA , que para colmo no prosperó, y entré en la lista negra de la mayoría de las plataformas de visionado, que son las que sobre todo le dan trabajo a la gente con mi currículum.
Nadie me ha llamado en cinco años. Y luego estabas tú —añado, mirándola de reojo.
Fayna se endereza.
—¿Yo?
—Los fracasos son extrapolables si eres lo bastante catastrofista.
El documental fue mal, lo nuestro fue mal, Laia iba mal.
Todo me fue mal. Entré en un bucle del que salí con la autoestima tocada, y entre largarme a la India para rumiar mi fracaso y sentirme útil, aunque fuera currando para mi padre, acabé eligiendo lo segundo.
»Pero no se puede decir que haya sido el único que tomó una decisión muy alejada de sus valores —agrego antes de que se sienta incómoda con la mención al pasado—.
Tú tampoco pintas nada publicitando hoteles de lujo.
La última vez que miré, estabas radicalmente en contra del monopolio ibicenco de Jaume Montseny.
Fue, en parte, la razón de que tú y yo nos fuéramos a la mierda, ¿no?
No querías cenar con mis padres en Navidad.
Comprensible, que conste —agrego con las manos en alto—.
Yo tampoco quiero cenar con mis padres en Navidad.
Ni un sábado por la tarde. Ni si llevara dos años sin comer.
Fayna se queda callada un buen rato. Parece embelesada con el sonido lejano de las olas.
—No vine a hacerle publicidad a tu padre —dice al fin.
No me sorprende en lo más mínimo.