¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cesc

Fayna no necesita más explicaciones que esas. Me pide que me eche hacia atrás para retirar el asiento y me sigue con recelosa curiosidad. Al caminar, el vestido asimétrico ondea entre sus piernas como las aletas de un pez de colores.

En ella todo es cinematográfico.

—Espero que la urgencia no sea montártelo conmigo en el baño, mi niño.

Libero la histeria del encuentro con Solène —y el no menos impactante encuentro con Carmen— soltando una carcajada aguda. Tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no pasarle la mano por la cintura y mandarle un mensaje secreto estrechándosela: «Estoy ido de la olla. Cálmame, por favor».

—No vamos a tener esa suerte, Cotufas. Carmen no se encuentra bien.

Sabía que no me iba a preguntar nada del estilo de «¿Y a mí qué?

» o «¿Qué tendré yo que ver con eso?», pero aun así me alivia que no lo haga y que apriete el paso para adelantarme, más solemne incluso que yo mismo.

Ni siquiera vacila antes de empujar la puerta del aseo unisex, ni le cambia la expresión al descubrir a Carmen sentada en el suelo de baldosas con el maquillaje corrido.

Es al verla comportarse con toda naturalidad, así como alguien que ha lidiado mil y una veces con situaciones límite, que se me ocurre que he cometido un error imperdonable poniendo esta responsabilidad sobre sus hombros.

Yo he necesitado buscar a alguien para ayudar a Carmen porque me ha traído malos recuerdos, pero ¿qué hay de sus malos recuerdos? ¿Acaso valen menos? A lo mejor ella no ha convivido con una adolescente con problemas alimenticios severos, pero sí ha convivido con una persona con problemas a secas.

Me lo tenga en cuenta o no, ya ha decidido hacerse cargo agachándose frente a ella.

—¿Qué pasó? ¿La comida te revolvió el estómago?

La dulzura con la que le habla le forma un nudo en la garganta —me lo forma incluso a mí— y rompe a llorar.

—No puedo más. ¿Por qué no puedo elegir existir solo a veces? ¿Por qué no puedo escoger cuándo me mira la gente y cuándo no?

Fayna inspira hondo. Como si supiera que la cosa va para rato, se recoge las capas de la falda para poder sentarse frente a ella en posición de loto sin revelar una porción de pierna excesiva.

—¿Pillaste a alguien sacándote una foto? —adivina.

—Si solo fuera alguien... No paran, Fayna.

No paran, y aquí me he puesto bañadores, y tops sin mangas, y pantalones cortos, y...

Subirán las imágenes a redes sociales diciendo: «¡Eh, mirad!

¡ @ca.lifts.o no es como parece en Instagram!

». Dirán que soy un fraude, que en realidad edito las fotos, que estoy más gorda de lo que parece...

Es lo que pasa siempre. Todo el tiempo. No es justo.

¡No es justo! Me mato a entrenar, intento vigilar lo que como, y, aun así...

—Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano—. Nada es suficiente.

Fayna alarga la mano para arreglarle el tirante de la camiseta, que se le había resbalado por el hombro.

—Ni los influencers somos tan perfectos como parecemos en redes sociales, ni la peña es tan mala en la vida real como cuando puede esconderse detrás de una pantalla.

Te aseguro que a nadie le importa el aspecto que tengamos ni la mitad de lo que da a entender, y suele darlo a entender con ese tipo de comentarios malintencionados porque en el fondo se muere de envidia.

Sé que es lo típico que se dice, pero no deja de ser cierto.

Incluso si no eres la persona que te gustaría ser, Carmen, sigues siendo una persona más atractiva que la media.

—Eso no me consuela.

—Sé que no te consuela y sé que es un argumento muy manido, pero lo usé porque me pareció que el problema no es tanto cómo te percibes tú, sino cómo puedan verte los demás. Tienes que aprender a desentenderte de la opinión popular.

—¡No puedo! ¡Vivo de la opinión popular!

—se desespera—. ¡Maldito el día que se me ocurrió subir a redes sociales mi pérdida de peso!

Entonces la gente era muy amable conmigo, pero en cuanto empecé a tener un cuerpo normativo, se volvieron críticos.

Si engordo dos kilos, lo mencionan. Si mi aspecto es poco saludable, lo mencionan.

Si voy demasiados días seguidos al gimnasio, lo mencionan. No puedo ganar. ¡No hago nada bien!

—Si no te está haciendo feliz —sugiere Fayna—, puedes dejarlo.

Eres consciente de ello, ¿verdad? A veces nos sentimos atrapados en situaciones que tienen solución, y con razón, porque uno llega a pensar que, si no lo miran, no existe...

, pero es importante entender que esa es solo una percepción, no la realidad. Puedes abandonar, Carmen. Desaparecer.

La influencer denota habérselo planteado más de una vez balbuceando:

—No me aceptarían de nuevo en el trabajo que tenía antes de hacerme influencer , y no sé si serviría para hacer otra cosa. Y, de todos modos, el daño ya está hecho. Siempre que salga y alguien se me quede mirando, tendré ansiedad y me atacarán los pensamientos destructivos.

—«Siempre» es una palabra muy grande, mi niña. Entiendo el catastrofismo porque todos pasamos por allá. Yo misma era al principio susceptible a los comentarios. Pero el tiempo te endurece. Sé benevolente contigo, Carmen. ¡Justo empezaste!

—No lo soporto. —Sacude la cabeza—. No estoy hecha para esto. Subo vídeos aterrorizada por si alguien me vuelve a llamar gorda. Me despierto por las mañanas y solo pienso en que estoy hinchada y debo saltarme el desayuno. No lo soporto, ¡no lo soporto!

Yo tampoco lo soporto más. Decido que he tenido suficiente y, aprovechando que no se me necesita ni pinto nada en la escena, salgo del baño sumido en un silencio fúnebre.

En lugar de regresar a la mesa, donde seré incapaz de comportarme con la simpatía esperada en un anfitrión, deambulo por el comedor interior y subo las escaleras que sé que dan al mirador del restaurante.

No sé si seguirá abierto al público, pero tengo la tranquilidad de que no van a regañarme por infiltrarme.

No si saco la carta de que soy el hijo de Jaume Montseny.

Nada más apoyar las manos en el muro de piedra, tomo aire y lo suelto despacio, como he visto hacer tantas veces antes a los protagonistas de las películas cuando necesitan paz interior.

Aunque mi hermana ya está bien —le dieron el alta en el hospital hace más de cinco años y le dieron el alta en terapia hace dos—, mi inconsciente se alía igualmente con los recuerdos del pasado y no puedo evitar que se me ponga el vello de punta cuando asisto, aunque sea en diferido, a la derrota de una persona machacada por el estándar hasta el punto de querer quitarse de en medio.

Lo mío es de una cobardía y una falta de sensibilidad espantosas, pero ¿de qué le puedo servir a una mujer en crisis, si el primero al que le saltan las alarmas y ve cómo la desesperación le interviene el raciocinio soy yo?

Resisto la tentación de bajar a pedirle a alguien un cigarrillo y solo contemplo desde arriba los focos de luz indirecta de la terraza. Uno o dos farolillos, dependiendo de la extensión de la mesa, iluminan cada uno de los rostros y las manos expresivas de los comensales.

Pienso en que uno de los ámbitos que cubren las pruebas de cámara es el comportamiento de la luz bajo la lente, los colores, las texturas que crea; todo aquello relacionado con los aspectos visuales de una película.

Pienso en que puedo salirme con la mía si me cuelo en espacios restringidos mencionando a Jaume Montseny, pero no puedo aceptar oportunidades en el mundo del cine por la misma razón: por Jaume Montseny.

Si hubiera nacido en el seno de una familia normal, con sus bregas económicas y sus exasperantes pero perdonables disputas, podría haber sacado el teléfono a la velocidad del rayo y haber llamado a mi padre para contarle lo que me acaba de pasar.

Pero mi padre respondería a la llamada desde la habitación de hotel que estará compartiendo con su amante temporal, que hoy por hoy es Aina, mañana no se sabe, y me interrumpiría en pleno relato para preguntarme qué tal se lo están pasando los influencers , la manera más breve y contundente de recordarme cuál es mi responsabilidad.

Saco el móvil del bolsillo y le tecleo un mensaje a mi hermana con faltas de ortografía.

Hola como stas

—Veo que tú y yo pensamos igual —dice una voz femenina—. Tampoco pude resistirme a subir a la azotea.

Fayna avanza hacia mí con esa entereza que no pierde ni en una situación complicada.

Se acoda en el barandal de mármol y se inclina hacia delante para estirar la espalda, para descansar de la responsabilidad que he puesto sobre sus hombros, para dejar de pretender que el día no se le está haciendo insoportablemente largo por los retos emocionales que ha venido planteando.

—¿Has conseguido que se tranquilice? —me arriesgo a preguntar.

—Sí. Le arreglé el maquillaje y la mandé de vuelta a la mesa. Sobrevivirá.

—Siento haberte colgado el muerto.

—No, hiciste bien —responde sin mirarme—. No creo que seas la persona indicada para escuchar el desahogo de una chica con un TCA .

—¿No sería más bien al revés?

—Peor lo pasa el que sufre el trastorno, eso por supuesto, pero los que lo atestiguan en primera persona acaban con estrés postraumático.

Igual que no es justo obligar a una mujer con conductas alimentarias tóxicas a consolar a otra, no es de recibo forzar a alguien que sigue todavía reponiéndose del miedo y la impotencia que vivió.

Me fijo en el recorte de su perfil sobre el fondo de sombras.

Tan cinematográfica.

—¿Crees que tenemos estrés postraumático?

Fayna me hace una caída de ojos irónica.