¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Sorprendentemente magnánima para tratarse de una mujer que puede conseguir mesa en este restaurante —por experiencia sé que la gente que logra tal hazaña está muy subidita, y no se toma bien que no la reconozcan nada más verla—, me tiende la palma con una sonrisa escueta.

—No hemos tenido ocasión de tratar con el otro, pero tal vez le suene mi nombre. Solène Delorme. Soy, o más bien fui —se corrige con nostalgia— una admiradora de su trabajo, señor Montseny.

La mano que había alargado para estrechar la suya se queda suspendida en el aire, y toda la sangre que se me había bajado a los pies con la situación de Carmen me sube de repente a la cabeza, como cuando pruebas tu primer chupito de absenta.

—Solène Delorme. Dios mío. —Poco a poco voy interiorizando lo que eso significa.

Su sonrisa se tuerce hacia el humilde bochorno, una mueca apuesto que muy frecuente en su repertorio.

Estará cansada de despertar esta clase de agitación entre profesionales de su quinta, no se diga ya entre los pringados de la mía—.

La directora y guionista. Tiene usted un sentido del ritmo maravilloso.

Y el subtexto de sus obras... Lo siento.

—Me paso la mano por el pelo, nervioso como un colegial—.

No esperaba la coincidencia. No he caído. No... Estoy un poco... fuera de mí.

Solène se apiada de mi histerismo con un cabeceo paciente.

—Normalmente las presentaciones se suceden así: «¡Solène Delorme, la directora y guionista!

¡Recibió usted la ovación más larga de la historia en el festival de Cannes y lleva ya cinco premios César, dos Goya y un Óscar!

» —recita en tono burlón—. Se agradece que alguien de la industria se detenga a valorar los aspectos técnicos de mi trabajo.

—También habla usted un español perfecto, si quiere que le halague otro detalle. Pero ¡qué digo! —me río de mí mismo, todavía nervioso—. Su madre era castellana, ¿verdad? De La Mancha. Era su padre quien nació en Bélgica.

—Así es. Y el suyo tenía hoteles, como me informé en su momento.

—Desliza la información teniendo la gentileza de no traslucir su opinión—.

No sabía que le seguiría los pasos entrando en el negocio.

Tiene usted un talento innato para el cine y una pasión asombrosa.

Nada que envidiarle al subtexto de mis obras, mientras que yo sí debo rendirme a la evidencia de que me supera por mucho en el uso de la luz.

Meneo la cabeza para intentar concentrarme en su cara y no en el zumbido del aire, el parpadeo de los farolillos, el ruido interno que dice «Carmen, Laia, Carmen, Laia».

—¿Ha visto mi trabajo?

—Fui jurado del MECAL el año que ganó su cortometraje —me recuerda con un guiño—, y después de eso estuve siguiendo de cerca sus propuestas para el festival de Málaga, Gijón y demás.

Quería comprobar que no era usted un autor de un solo éxito y de verdad iba camino de la gloria.

¿Nunca se planteó rodar alguna pieza, en el formato que fuera, para Estados Unidos?

Tiene nivel de inglés. Lo sé porque también vi su cortometraje para Moinho.

Siento que me mareo.

¿Solène Delorme ha visto mis proyectos?

¿Qué coño está pasando?

Durante unos breves pero totalmente transformadores segundos, segundos que consagro al silencio y a la necesidad de asimilar lo que está sucediendo, a duras penas logro sostenerle la mirada a la mujer segura de sí misma y fascinante que tengo delante.

Seguimos unidos por las manos, pero sin apretar. La mía suda y la suya no.

¿Cómo le iba a sudar la mano a Solène Delorme? Es Solène Delorme.

Es Solène Delorme de verdad , no una proyección astral ni una alucinación.

Además de un estilo característico a la hora de hacer cine, tiene un aspecto fácil de reconocer, completamente natural.

No le dan miedo las canas ni la edad y no se ha dejado influenciar por la obligación tácita de las mujeres mayores de cuarenta de cortarse el pelo.

Lleva la melena larga, densa y salpicada de canas recogida en un moño italiano que le despeja la cara tal vez demasiado angulosa, pero atractiva aun así.

Tampoco ha sucumbido a la moda de los retoques estéticos, como denotan sus saludables mejillas y su mirada de lince suavizada por las patas de gallo, las únicas arrugas amables de la mediana edad.

Es alta como un hombre, tiene las hechuras de una sílfide y viste con elegante sencillez.

—Mi sueño habría sido llevar algo a Sundance —logro articular.

—¿Y por qué no lo hizo?

Ladea la cabeza para registrarme desde otros ángulos. Así aparece en alguna de las muchísimas fotos que le han robado mientras rodaba alguno de sus grandes éxitos, siempre al aire libre.

Al recordar que tenía fotos suyas en mi habitación, por poco me sonrojo.

¿Cómo no la he reconocido?

Es la puta luz. Es la ansiedad.

—No lo sé —confieso con un hilo de voz, cada vez más conmocionado—. Me perdí por el camino, supongo.

Me arrepiento de haberle dado una respuesta tan estúpida a la gran Solène Delorme. No obstante, ella no se arrepiente de haber iniciado la conversación, ni siquiera pese a mis múltiples traspiés, y parece llegar a un entendimiento conmigo al oír mi contestación.

Su expresión, interesada de por sí, adquiere una compasión maternal.

—Una lástima. Esta coincidencia me había parecido proverbial. Podría haberlo sido.

—¿Qué quiere decir?

Solène recupera su mano por fin y echa un vistazo a la terraza del restaurante. Su mirada gris acerada se detiene en el paisaje marítimo.

—Llevo veinte años viniendo a Ibiza de vacaciones y me parece que ha llegado el momento de grabar una película aquí.

Terminé el guion hace unos meses, conseguí la financiación hará unas semanas y ahora estoy explorando diversas localizaciones de la isla para confirmar que podría encajar como marco del relato.

También ando en busca de profesionales, no tanto con un currículum extenso como con pasión, una mirada fresca y que sobre todo conozcan el terreno tan bien como yo.

O mejor, claro. —Devuelve la mirada hacia mí—.

No voy a negar que me disuada un poco saber que está oxidado, señor Montseny, pero ¿no le interesaría hacer algunas pruebas de cámara para mí?

En un sentido objetivo, no me sorprende nada la pregunta.

Solène no solo es conocida en la industria por ser una de las pocas mujeres más o menos jóvenes del panorama europeo con una filmografía sólida en lo tocante a calidad, sino por las maravillas que graba con el presupuesto justo —todas sus películas han triplicado en taquilla el gasto base— y con un equipo joven y a menudo inexperto.

Como su opera prima fue nada menos que su proyecto de fin de máster en una universidad parisina, se acostumbró muy pronto a rodearse de especialistas sin ínfulas de grandeza y con muchísimas ganas de trabajar.

Pero en un sentido puramente subjetivo, que me lo haya propuesto a mí es extraordinario.

Tengo que contárselo a Fayna.

—Le voy a dejar mi tarjeta —dice con un rastro de sonrisa, divertida con mi mutismo maravillado.

Saca su monedero del bolso y me extiende un recio papelito que reza su nombre, su correo electrónico y su número de contacto—.

Estaré en Ibiza hasta el quince de agosto, aunque a intervalos, porque tendré que reunirme con los actores y la mayoría están en Madrid y Barcelona.

La producción va a ser casi al cien por cien española, comenzará la primavera que viene y se rodará íntegramente al aire libre, pero si al final se decidiera a probar suerte, procure enseñarme lo que sabe hacer en interiores.

Llámeme si se anima. O, mejor, envíeme al correo la prueba de cámara.

Sabe en lo que consiste, ¿verdad? —añade con camaradería.

—Sí, claro.

—Necesito un buen director de fotografía y alguien que no tenga miedo a opinar de mis ideas. Me gusta poner en común lo que se me ocurre con el equipo y que me paren los pies si les parece inadecuado.

—Lo sé —murmuro, estupefacto.

¿En serio es Solène Delorme?

—No quiero distraerle más. —Lanza una mirada rápida a la mesa de influencers —. Un placer conocerle, señor Montseny.

—Cesc.

—Cesc —repite ella con un cabeceo agradecido por la confianza.

Algo de española tiene, porque no es ninguna estirada. Se le nota lo manchego.

Gesticula con la mano para reafirmar la despedida y regresa a su asiento.

Solo ahora reparo en que estaba en una mesa pequeña y su único acompañante era un hombre de mediana edad.

Me planteo quedarme observándolo por si acaso fuera su marido, otro gran director de cine, solo que francés, pero recuerdo justo entonces que Carmen continúa esperándome en el baño con una crisis de imagen corporal y me apresuro a volver a la mesa.

Apoyo las manos en el respaldo del asiento de Fayna, que estaba escuchando algo que le contaba Alberto con una copa de cava en la mano.

—Necesito que vengas conmigo —le digo en voz baja, asomado a su hombro. Ella solo gira la cabeza a medias con gesto expectante—. Es urgente.