¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Cesc

Como no podía ser de otro modo, el restaurante escogido para la tercera noche goza de una estrella Michelin y una reputación de oro entre futbolistas y empresarios del mundo tecnológico.

¿Por qué del mundo tecnológico en concreto?

Pues no lo sé. Y paso de preguntar.

También como cabía esperar, se emplaza en una cala preciosa —en este caso, cala Llonga— que tiene unas espectaculares a la par que sospechosas vistas al mar.

Quien dice sospechosas, dice ilegales. Fayna está que trina mascullando protestas sobre las violaciones de la Ley de Costas, que, según comenta, «no parecen vigentes en Ibiza».

Datos dignos de debatir en los tribunales aparte, nos veremos las caras los unos a los otros gracias a las luces indirectas de la terracita, cortesía de los farolillos distribuidos sobre las mesas de madera deslavada.

«El último grito en decoración», que señalaría nuestra querida Aina con ese famoso fervor suyo por las novedades de Maisons Du Monde que supongo que conquistó a mi padre.

Eso y sus veinticinco dulces años, condición indispensable para entrarle por el ojo.

El Dicaprio español, lo llaman.

Los ánimos de los influencers están agitados como poco.

No necesariamente en un mal sentido. Ya lo he notado en el camino a nuestra reserva.

La tensión entre Mina y Felipe ha alcanzado su punto álgido después del segundo cóctel —al módico precio de veinte palos—, Carmen es incapaz de probar bocado, Alberto hace todo lo que puede y más para llevarse a Fayna a su terreno y un humilde servidor ha decidido que va a abandonar el disimulo para poner incómoda a la bella canaria a base de miraditas provocativas.

Por culpa de los cuarenta y cinco pavos que llevo gastados en alcohol para soportar el hecho de que la hayan sentado en la otra punta de la mesa, soy tan exagerado que la propia Fayna termina llamándome la atención con un wasap.

Chos , para ya, hombre.

Tú te lo has buscado.

¿O no te has visto?

Claro que se ha visto. Se ha visto más de lo que la he visto yo porque la vida es fundamentalmente injusta.

Pero a diferencia de mí, ella no le da la menor importancia a los aspectos superficiales del mundo sensible, como supongo que pueden serlo los zapatos y el vestido que una chica se calza para asistir a un restaurante y criticar a viva voz lo que los ingleses están liando en Gibraltar para ampliar la costa y montar un hotel de lujo.

Fayna se ha recogido la melena en uno de sus desenfadados moños altos, de esos que la hacen aún más estilizada y también alocada, porque más de un mechón se ha desprendido de su sitio y caen como cortinas de cuentas sobre sus hombros desnudos, torneados, bronceados.

Solo para sus hombros tengo una colección de adjetivos que no aprobaría una monja de clausura.

Como Fayna está en contra de la sexualización femenina, contribuye a la normalización de según qué atuendos vistiéndose a menudo como una bailarina de danza del vientre.

Esto no lo admitiré en voz alta por si me aplicara la ley del hielo, pero no deja de ser verdad, ¿vale?

Hasta a Mina se le ha caído la mandíbula al verla aparecer con un vestidito de falda asimétrica, escotazo delantero hasta el ombligo y tirantes anudados en la nuca.

El estampado, de un vivo azul, verde y púrpura, resalta el color que ya había traído de casa pero que ha seguido cogiendo estos días de sol infernal.

«Chiquito solajero», que diría ella.

Por cierto, ¿conservas mi número?

Lo adjuntaste en tus correos, mi niño.

Lo he adjuntado solo en el correo que te he enviado a ti. No quería que Mina lo interpretara como una invitación.

¿Eso significa que borraste mi contacto? ¿Por odio o para evitar tentaciones?

A lo mejor no deberíamos hablar de eso aquí y ahora.

A lo mejor deberíamos soltar el móvil y socializar.

¿Estás de ánimo para socializar?

No mucho.

Yo tampoco. ¿Por qué no nos vamos a un bar menos sofisticado? Hay uno de tapas que quiero enseñarte.

Ojalá. Pero no me apetece que estos tíos se pongan a hablar de nosotros.

Decido conformarme con que haya dicho «ojalá» a pesar de haberme rechazado.

Con aire triunfal, me levanto del asiento antes de que lleguen los postres. Marcho al baño para lavarme las manos, que noto pegajosas y con un olor fuerte después de haber tragado marisco como si fueran a premiar la glotonería.

Nada podría haberme preparado para la escena que me encuentro cuando empujo la puerta del aseo unisex.

Al principio me cuesta reconocerla, porque siempre cuesta reconocer en un manojo de nervios en punta a la persona que está sufriendo un ataque: es el color del top que lleva, el pelo rizado y el hecho de que ha estado haciendo viajes al baño a lo largo de la noche lo que aporta un par de pistas al misterio inicial.

—Perdona, Carmen. Debería haber llamado.

Iba a salir antes de incomodarla más con mi intrusión cuando ella me dirige una mirada de ojos desenfocados que me frena en seco. Se le ha corrido el rímel bajo las pestañas inferiores, ha perdido el pintalabios y está pálida como la tiza.

—¿Te encuentras bien? Si te ha sentado mal el pescado, puedo llamar a...

La contracción facial previa al llanto que sufre su cara, de por sí consternada, me acalla en el acto. Antes de pararme a meditarlo, avanzo hacia ella para consolarla, pero Carmen impide que la toque extendiendo una mano.

—No, por favor. No pasa nada. Estoy perfectamente...

—Los hipidos del llanto le entrecortan las palabras—.

Es solo que... es solo que... Hoy he comido demasiado.

Llevo sin parar de comer desde que vine.

Estoy segura de que he engordado dos kilos.

Me aprieta el pantalón... —Se tira del vaquero hacia fuera.

El espacio que se abre entre la tela recia y el vientre liso desmiente su afirmación.

Qué coño: el vientre liso desmiente su afirmación por sí solo—. No consigo vomitar.

La última palabra me cae como un jarro de agua fría.

Vomitar.

Me quedo clavado en el sitio, sin saber qué hacer ni qué decir, con la mente en blanco o más bien en negro.

Recuerdo todas las veces que Laia ha arrancado a llorar sin consuelo, con una furia tan viva que podría haberse personificado para devorarla, porque su estómago se negaba a seguir colaborando con ella en la dudosa tarea de vaciar la cena.

—¿Por qué quieres...?

No termino la frase. La experiencia contribuye a que sume dos y dos.

Los ojos enrojecidos, el brillo delator de la frente, el pintalabios corrido, la mancha de carmín en los dedos índice y corazón.

Mi cuerpo reacciona como si una manada de lobos me estuviera persiguiendo y un sudor frío me recorre la espalda.

Recuerdo su insistencia por hacer deporte, por adelantarse a la carta de los restaurantes, por tirarse de los pantalones y de las faldas hacia abajo, por mirarse críticamente en el espejo, el reflejo del agua de la piscina, el cristal de las copas; por taparse con los brazos cuando lleva un bañador sospechosamente pudoroso.

Recuerdo que la conocí en el gimnasio de Siroco Luxury.

¿Cómo no he podido verlo, joder, si lo he tenido en la cara?

¿Tan absorbente es Fayna que no he reconocido en Carmen los síntomas de Laia?

—Voy... a... pedir ayuda —balbuceo, rojo del agobio.

Empujo la puerta con impaciencia. Nunca he salido tan rápido de un sitio. Se me ha acelerado el pulso, agitado la respiración, y requiero de un momento de silencio para inspirar hondo y tranquilizarme.

Cuando echo a andar hacia la mesa, siento que habito el cuerpo de otra persona, uno más pesado y al mismo tiempo demasiado ligero para no salir volando.

¿Qué es lo que pretendo hacer? ¿Cargarle el marrón a otro? Yo no soy su amigo, pero Mina menos aún, y dudo que Alberto o Felipe la entiendan.

A lo mejor Fayna la ayuda a calmarse.

A lo mejor puede empatizar con ella.

En realidad, quien mejor puede empatizar con ella soy yo. Pero llevaba tanto tiempo sin verme en una situación así que se me ha cortado la digestión. Me afecta más la sorpresa por el modo en que la impresión me ha atacado por la espalda que la impresión en sí misma.

—¡Hombre, Cesc Montseny! —exclama Felipe con los brazos extendidos—. ¡Por fin nos honras con tu regreso! ¡Ya pensábamos que te habías descompuesto!

Fuerzo una sonrisa que noto quebradiza y continúo sorteando las mesas con una lentitud desesperante considerando que he puesto el turbo.

Es como si me moviera por arenas movedizas, por un espacio sin gravedad.

—Disculpe —interviene una voz pausada y femenina. Una mujer de unos cuarenta, cuarenta y cinco años se yergue a medio camino entre sentarse e incorporarse en uno de los asientos próximos al bar-coctelería—, ¿ha dicho Montseny? ¿Es usted Cesc Montseny?

—Sí, ese soy —contesto, aturdido al frenar en seco después de tanta precipitación.

Lo que me falta ahora es que una fanática de mi padre, o una vieja amante de mi padre, o lo-que-sea de mi padre (el problema es mi padre, por si no se ha notado), venga a molestar—.

Lo siento, señorita. Tengo que atender a uno de los comensales.

Si quería preguntarme algo relativo al hotel...

—¿Hotel? —repite, extrañada. Al oír su pronunciación, reparo en que española no es, pero su acento es difícil de ubicar en el mapa.

Termina de estirarse cuan alta es, y puedo asegurar que lo es muchísimo, porque con unos tacones más bien bajos es de mi estatura.

Es al reparar en su altura y en su edad que comprendo que no puede ser nada de mi padre.

A mi padre le gustan jóvenes y pequeñitas, o, lo que es lo mismo, manejables en todos los sentidos—.

¿Trabaja usted en un hotel? ¿Cómo es eso posible?

—Los Montseny nos dedicamos a... —Sacudo la cabeza para sacarme la torpeza de encima. Impacientado por el misterio («Señora, hay una chica con una crisis de ansiedad en el baño»), pregunto con sequedad—: Perdone, ¿de qué nos conocemos?