¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Al principio tiene dudas. Apartada por unos pasos del punto donde se encuentran la tierra y las olas, me ve quitarme la camiseta y el pantalón y depositarlos en un hueco entre rocas.

Ella termina imitándome con movimientos imprecisos, propios de alguien a quien acabaran de decirle para qué sirven las manos.

La veo tan desvalida y pequeña, tan poco Fayna y a la vez más Fayna que nunca, que no me resisto y me acerco a abrazarla. No solo acepta el gesto, sino que me rodea también la cintura y apoya la mejilla fría en mi hombro.

—Venga —susurro como si me dirigiera a un niño—. El agua te sentará bien.

El mar no está picado a pesar de que ha subido la marea, como siempre sucede con el correr de las horas.

Fayna puede flotar en horizontal lo bastante lejos de la orilla para no temer que la corriente la haga chocar con el modesto acantilado.

Me mantengo cerca de ella y le cubro la espalda con las manos.

Le hace cosquillas y le tiemblan las comisuras de los labios.

—Mira qué a gusto se está cuando sales de la espiral de locura.

Ella no se mueve ni abre los ojos, pero me da la sensación de que está asintiendo.

—La pausita estuvo bien. Pero ¿cuánto dura la calma?

—¿Te contesto como una señora católica? Lo que Dios quiera.

Ahora sí sonríe. Deja de balancearse en la superficie, supongo que preocupada por si le entra agua en el oído, y se mantiene a flote en vertical pedaleando.

—¿Te das cuenta? —dice de repente, pensativa—. Aquí siempre es lo que Dios quiera. O lo que quiera el otro. Nunca es lo que queremos nosotros.

—Nunca lo que es nunca, tampoco. —Lucho contra las corrientes con los pies. Con los brazos rodeo a la Fayna mojada que no pesa—. Yo ahora estoy donde quiero.

Ella me mira a los ojos y a la boca. Estira un dedo para explotar la gota de agua que se me había quedado colgando de la punta de la nariz y sonríe distraída con la tontería. O «bobería», que diría en su lengua canaria.

Apoya la palma en mi hombro y me roba un beso en los labios.

Yo le robo otro, no lo puedo evitar. Creo en la justicia y en el equilibrio.

Fayna no tanto, no en estos casos, y se impone subiendo su marcador un punto: ahora son dos besos.

La sujeto con fuerza de la cintura y la adelanto por la izquierda superándola por tres besos de ventaja.

Y que intente igualarme.

Que se atreva.

Por favor.

—Ven —murmuro.

Tengo que agarrarme a una roca húmeda y arrastrar el torso por una especie de rampa natural, musgosa por los líquenes, para salir del agua.

La ayudo a imitarme ofreciéndole mi mano.

Ella posa la vista un instante en mi palma.

Traga saliva. Su mirada trepa por mi muñeca y mi brazo hasta detenerse en mi expresión, que me consta que es benevolente.

La suya me sobrecoge: me sostiene la mirada con los ojos ardiendo en las cuencas y un indicio de sonrisa temblorosa.

No encontrará las palabras para darme las gracias, pero sé que su agradecimiento es tan profundo que no se le ve el fondo. Nunca me ha mirado así, de un modo tan abierto y vulnerable.

Pero esa sigue sin ser la razón de que yo aguante la respiración.

Es que por un delirante segundo, estoy convencido de que me va a decir que me quiere.

O de que me lo está diciendo ya.

«Joder, Xicu, cómo proyectas».

En cuanto está sentada a mi lado, la pongo sobre mi regazo —y porque no la puedo tumbar en este paisaje rocoso—, y beso su boca húmeda y caliente como el verano.

Fayna se revuelve sinuosamente sobre mi pantalón.

—La sirena Fayna —murmuro con la garganta atorada, agarrado a sus caderas.

No sé cuánto rato nos besamos. Parecemos los dos chavales incautos y maravillados que se conocieron en un avión.

Volvemos a serlo por un rato, con la diferencia de que ahora nos conocemos y eso intensifica las emociones, las sensaciones, el furor de cada caricia.

Me pongo tan duro que me duele, y cuando la toco entre las piernas noto que está ardiendo, pero ella me retiene sujetándome la muñeca y yo no insisto, porque no me hace falta.

No me hace falta nada más que toda una puesta de sol de besos mojados y apretones silenciosos para aturdirme, dejarme borracho de deseo y de alegría y un poco de impotencia.

Por curioso que suene, no estoy esperando a que me diga que nos estamos equivocando, que no deberíamos hacer esto, que nos vamos a confundir.

Aunque es uno de sus lemas clásicos, sé que ahora mismo no está pensando.

Se ha dejado llevar, quizá por primera vez en su vida.

Por primera vez conmigo , mejor dicho. Se ha dejado llevar del todo .

Eso significa que no es que ella y yo nos hayamos puesto en ruta para encaminarnos a un final feliz o algo parecido.

Solo significa que, por un momento, precioso y único, estamos aquí y estamos haciendo esto.

Puede que cuando salgamos de Atlantis se haya terminado. Puede que no hablemos de ello, como no se habla de los deseos que se le piden a los dientes de león. Esto de aquí no es un avance, sino una pausa en medio del huracán. Lo que ella necesitaba y, por supuesto, lo que ansiaba yo también.

Pero acabe o no, hemos estado aquí. El sol es testigo.

Y eso es suficiente.