Capítulo 12 #3
—No corresponder los sentimientos de alguien no es ningún crimen.
No me querías —resuelvo con mi mejor aire desenfadado.
Algo dentro de mí se rebela en desacuerdo, me pide por vez primera que haga un reproche, que defienda todo ese tiempo que pasé caminando de puntillas por el mundo; ese tiempo que solo sé que existí porque me lo contaron.
Pero contengo el impulso—. ¿Qué le íbamos a hacer, Fayna?
No me querías, y tuviste la amabilidad de dejarlo claro antes de que se me ocurriera comprometer mi vida entera planeando mudanzas...
, porque no dudes que, por una palabra tuya, habría puesto mi vida patas arriba como el mejor Romeo.
¿Habría preferido que me dijeras a la cara que no estabas interesada?
Pues sí, claro que sí. Sospecho que de esa manera habría encajado mejor la noticia.
—Me rasco el lateral del cuello por hacer algo con las manos—.
Lo habría superado antes, me refiero. Pero hacemos las cosas lo mejor que podemos, ¿a que sí?
Lejos de calmarse con mi respuesta, el pecho se le bloquea y reprime la respiración para que no la vuelva a atacar el llanto.
Espero con paciencia a que se recomponga y asienta robóticamente.
Le sonrío, por si acaso no le hubiera quedado clara mi posición.
Pero abro la boca para recurrir a algún otro argumento, uno que termine de hacerla sentir mejor, y mi cuerpo se niega en rotundo, porque en el fondo esperaba otra clase de respuesta por su lado.
Una de esas tan esperanzadora en su comienzo —«claro que te quería»— como desoladora con su continuación, «pero... ».
Porque es evidente que hay un pero. Tuvo que haberlo en su día, o el desenlace habría sido distinto.
Me persuado de que es mejor que no se le haya ocurrido tirar por ahí y de que la honra no mentirme ni siquiera a toro pasado. Fuerzo, pues, esa dichosa sonrisa compasiva.
—Pero si te hace sentir mejor que te insulte —retomo, animado—, estoy dispuesto a llamarte como prefieras. ¿Perra judía, has dicho? ¿Así quieres que me dirija a ti a partir de ahora?
—Podría valerme. —Encoge un hombro con un deje desvalido—. O zorra.
—No voy a llamarte zorra. Soy aliado feminista.
Sabía que se iba a reír con eso.
Un punto para el equipo ibicenco.
—Pues dime que soy mala persona. —Su expresión se oscurece—. Dime que soy una mierda.
Niego con la cabeza y me acerco a ella con las manos por delante.
Supongo que otro se habría cansado hace tiempo de su carácter indeciso.
Se habría cansado en cuanto hubiera sufrido las consecuencias de su primer exabrupto, que no son moco de pavo.
Pero a lo mejor es porque hace años que no la veo y debo aprovecharla como la mejor experiencia, o porque la entiendo incluso si nunca he estado en su situación.
Se puede argumentar como se quiera, que, al final, esto es lo que hay: no quiero verla así, no, pero me alegro de estar viéndola sea como sea, esté como esté.
Me detengo ante ella y le limpio las lágrimas con los pulgares, esas rebeldes que se habían salvado de sus briosos manotazos.
—Si lo fueras, te lo diría —le prometo—. ¿O no te has enterado todavía de que soy muy sincero? Para lo bueno y para lo malo.
—Eres el único de tu raza que nunca miente, eso es verdad.
—Pero si me quieres hacer sentir bien... —prosigo—. Si de verdad te sientes tan culpable que crees que debes hacer algo para que te perdone...
—Sí —interrumpe, ansiosa—. Sí.
Le rodeo el cuello con una mano y la deslizo en una caricia envolvente hacia la nuca.
Tiro con suavidad hacia atrás y ella se abandona al movimiento sin perderme de vista, ahora con los párpados entrecerrados, temblorosos y delicados como alas de mariposa.
Avanzo el paso que me quedaba para rozarme con su pecho y mantengo el suspense de mi próximo gesto, no porque quiera hacerme el interesante, sino porque me distraigo con su expresión, con sus labios entreabiertos, con las chispas mágicas de sus ojos rojizos.
Acaricio la esquina de su mandíbula con el pulgar.
El estómago me da un vuelco y comprendo que no puedo seguir haciéndome el simpático.
—Me conformo con un beso —murmuro, ya sin sonreír ni nada que se le parezca. Decirlo en voz alta me produce una descarga eléctrica de tan alto voltaje que mi otra mano vuela hacia su mejilla y me tengo que inclinar sobre ella para repetir, ahogado—: Dame un beso, Fayna. Por favor. No puedo más.
Pero no espero a que se apiade de mí. Soy yo el que se inclina sobre ella y toma sus labios con impaciencia.
La oigo proferir un sonido de agonía que me incita a rodearla por la cintura con los brazos y apretarla fuerte contra mí, un gesto con el que digo todo lo que no se puede decir pero siempre se acaba revelando a través del lenguaje corporal.
Fayna me devuelve el beso, al principio con la torpeza de haber perdido el dominio de su cuerpo, de estar débil como un animal recién nacido.
Conforme insisto dándole pequeños y cortos besos en las comisuras, en el labio superior, en el inferior, ella se va derritiendo y termina entregándose a mis atenciones a ratos furiosas, a ratos tiernas, pero siempre forzando el límite de la intensidad tolerable por el ser humano.
Al menos yo siento que entro en combustión y voy a desvanecerme de un momento a otro.
Es Fayna la que al cabo de un rato rompe el contacto y agacha la cabeza con más timidez que vergüenza. Se cubre la boca con la palma para ocultar la respiración entrecortada.
Yo la exhibo con orgullo jadeando sin apartar la vista de su cara.
—¿Por qué quieres besarme ahora? —articula.
—No es ahora. Quiero besarte siempre. — Desde siempre, en realidad —. Todo el tiempo.
Fayna esconde la cara detrás de las manos para ocultar su rubor mortificado.
—No lo merezco.
—No es algo que tengas que merecer. Ni que tengas que ganarte.
—¿Y qué es?
—Lo que hay. —Me encojo de hombros—. Es lo que hay, Cotufas. Me vuelves loco y ya está.
—¿No te das rabia a ti mismo por...?
Deja la frase al aire, pero entiendo lo que quería decir y sonrío muy cerca de sus labios.
—¿Por humillarme rogándote? —completo en voz baja—. Ni es una humillación ni siento que te esté poniendo en un compromiso. Puede que no te enamoraras de mí, pero he tenido muy claro en todo momento que atraída por este servidor te sentías un rato. Hay cosas que no se pueden fingir.
Fayna aparta las manos. Duda un segundo antes de apoyarlas en mi pecho, después en mis hombros, finalmente rodeándome el cuello como un cáliz. Me mira a los ojos con esa tierna vulnerabilidad a la que solo en situaciones muy específicas me ha permitido asomarme.
Se abandona primero con una confesión murmurada:
—No será porque no lo intentara.
Sonrío entre burlón y resignado.
—No, no será porque no lo intentaras. Pero ya no te va a servir de nada pretender que no has pasado las últimas setenta y dos horas temblando de anticipación por lo que ha sido inevitable desde que nos vimos de nuevo.
Hago amago de volver a besarla.
—Por favor —le toca a ella suplicar con las manos en alto—. Me siento... abrumada. Y tengo calor. No me encuentro bien. ¿Por qué tenéis que ser así los hombres, chos ? ¿Cómo se te ocurre iniciar algo así cuando estoy hecha polvo? ¡Qué gran sentido de la oportunidad!
La dejo refunfuñar sin entrometerme ni justificarme. Es así como ella se libera.
Yo, por mi parte, lo hago riéndome en voz baja. También necesito deshacer de alguna manera el nudo en el estómago, que arde y arde como si tuviera un géiser y no un corazón.
Compruebo que el cielo continúa su proceso de desteñimiento; poco a poco pasa del azul descolorido al naranja. Deberíamos irnos, es lo seguro, pero me vuelvo egoísta y la cojo de la mano para guiarla piedras abajo.
—Si estás acalorada, ¿qué mejor que darse un baño?