Capítulo 12 #2
»Tenía un trabajo estable con un contrato en condiciones, tenía su propia casa; encontró el amor. —Mira al cielo para que no se le derramen las lágrimas—. Claro que existe Dios. Existe y es un hijo de perra, porque no me digas que esto no suena como un castigo divino.
—Voy a recalcar que no traté a tu padre, Cotufas, pero algo me dice que un luchador (y vencedor) como él no pensaría como tú.
Por fin consigo que enfoque la vista y repare en que hay alguien con ella.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —empiezo con cuidado de no meter la pata— que le habría dado mucha más rabia enfermar estando hundido en el pozo. Se habría sentido impotente, ¿no crees? Se habría dicho: «Joder, ahora es tarde para mí. No puedo solucionar mis problemas, arreglar mi vida y redimirme ante mi hija».
—Él nunca tuvo que...
Ella misma cierra la boca, consciente de la mentira piadosa que iba a soltar.
«Él nunca tuvo que redimirse ante su hija».
A lo mejor a Alberto ha podido venderle que su padre era un santo, visión a la que se habrá aferrado los últimos años para darle de todo corazón una oportunidad al susodicho.
Eso de que perdonar y olvidar son dos términos distintos es una falacia: perdonar es olvidar, y apuesto a que es lo que hizo ella. Olvidar todo lo que pasó.
Pero yo vengo de otro tiempo. De uno en el que todavía admitía en voz alta que su padre había sido la condena de una Fayna menor de edad y sin recursos para salvarlo. De que lo quería más que a nadie y, aun así, a veces, le tenía miedo, le tenía rabia, le tenía asco.
Se aparta de mí y avanza unos pasos pendiente abajo. Deja que los pies se le hundan en la cálida arena en el descenso.
La sigo en silencio con el alma en vilo.
—Alberto me dijo algo esta mañana que se quedó conmigo —admite de espaldas a mí—. Cuando alguien se muere, todos sus defectos se convierten en una virtud.
—No creo que sea exactamente así. Más bien intentas verlos con benevolencia...
—¡No es así para nada! —espeta, iracunda.
Se detiene antes de que comience el pequeño acantilado que conduce a la orilla virgen—.
Sus defectos me pesan ahora más que nunca.
Estoy furiosa con la vida y con él porque se largó antes de compensarme por todo lo que me hizo sufrir.
Me habrían bastado solo cinco años más, Cesc.
Cinco años más y podría haber dicho que pesaba más lo bueno que lo malo.
Pero se lo llevaron antes de pagar la deuda.
—Se le escapa una carcajada triste. Me mira por encima del hombro.
Tiene grumos en las pestañas de haber llorado el rímel—. Qué mala soy, ¿no? Pensando solo en mí.
—No has pensado solo en ti. Lo primero que has dicho es que te da rabia que no pudiera disfrutar de su segunda oportunidad.
Fayna se ríe otra vez sin ápice de humor y toma asiento en la misma arena. Se abraza las rodillas, y en el hueco entre las dos apoya el mentón.
Parece que va a decir algo, pero la tristeza la alcanza justo cuando abre la boca y solo rompe a llorar.
Nunca he visto llorar a nadie así, intentando disimular la impotencia y en el proceso desvelando la magnitud de su desolación. Me agacho a su lado y la sujeto por la cintura con delicadeza. Esta vez sí me permite consolarla recostando la frente en mi hombro.
La beso en el pelo, conmovido con su vulnerabilidad y pasmado por mi propia reacción.
Me siento débil.
—Estoy...
—¿Triste? —completo, viendo que no va a continuar. Alza la vista hacia mí. Los ojos se le han aclarado y ahora parecen el sol rojo del atardecer—. ¿Absurdamente guapa, dadas las circunstancias?
Fayna vuelve a esconder la cara en mi hombro.
—Sola —dice sin voz—. Muy sola.
El corazón se me encoge, porque ¿qué puede haber peor que estar solo? Estar deprimido, estar cabreado, estar desencantado, estar aburrido; nada de eso pesa mientras tengas compañía.
Si estás solo, hasta estar feliz o estar enamorado supone una carga emocional insoportable.
—Siento que solo me quedan recuerdos con los que no puedo hacer nada —prosigue con dificultad—. Y mis venganzas.
—¿Venganzas, dices?
—Es lo único que está en mi mano solucionar, ¿no?
—¿El qué? No sé si te sigo.
Con la vista clavada en el suelo, Fayna se frota los nudillos de manera compulsiva.
—No puedo arreglar el pasado. Tampoco me ayudará en nada pensar en las deudas de mi padre.
Pero ahora, en el presente, tengo el poder de desquitarme con los vivos que me jodieron.
Necesito una misión, ¿entiendes? Creo que lo necesitan todos los que carecen de una vocación —la boca se le tuerce en una mueca que pretende simular una sonrisa— o de una persona que los quiera y los distraiga.
—Dudo que la única alternativa a regodearte en la miseria sea tomar represalias.
—Siento que es lo único que me haría sentir bien. En control, mejor dicho. Si no me vuelvo a sentir en control, perderé la cabeza, Cesc. Llevo meses en una espiral de locura.
—Ahora no estás girando. Párate un momento y mira lo que tienes delante.
Señalo hacia el mar.
Ella obedece, al principio molesta porque la interrumpa, después con vacilación y por último con curiosidad. Se yergue para contemplar el paisaje que se extiende ante nosotros, que poco o nada tiene que envidiar a un escenario de película.
Detrás de la piscina natural sobre la que se reflejan las luces del atardecer, brillan intensamente los azules griegos del Mediterráneo. El sol arranca destellos blancos al horizonte y a las olas que rompen tímidamente contra las rocas musgosas de la orilla pedregosa.
Fayna está viendo lo mismo que yo, y si a mí me apacigua, que no por tener esto en casa me he insensibilizado a las vistas, en ella, la hija de la naturaleza, tiene un efecto el doble de relajante. Se le destensan los hombros y su cuerpo termina de recostarse contra el mío.
Está helada a pesar de la temperatura y el esfuerzo de la caminata. Es como si estuviera viendo a la Fayna de cinco años, la hija abandonada y aun así responsable. Criatura .
Por un momento parece que va a sonreír. Incluso viéndola de perfil aprecio que le brillan los ojos como luceros y que se le suavizan los músculos faciales.
Espero el milagro de su sonrisa con la respiración contenida. Mi gozo en un pozo cuando la asalta un recuerdo doloroso y tiene que agachar la cabeza para que no la vea llorar de nuevo.
Aprovecho la mano con la que le rodeo el hombro y se lo estrecho.
—No —me pide con la voz estrangulada—. Por favor, no me toques.
Intento no tomármelo personal —está triste, y no todas las mujeres del universo agradecen el contacto físico cuando pasan por una crisis—, pero me cuesta.
Con ella todo es tan personal como un gusto adquirido, un recuerdo o un pensamiento.
—Lo siento.
—No —repite, y entonces se gira hacia mí y me sujeta por ambos brazos. Parece que vaya a pedirme que no me vaya—. No lo dije en ese sentido. No te estoy rechazando. Es que...
Un sollozo la interrumpe. Siente la necesidad de abrir distancia entre los dos y la pone físicamente levantándose con el equilibrio viciado. Avanza a tientas unos pasos a través de la arena.
Mierda .
Tiene la intención de bajar al agua sorteando las piedras afiladas del pequeño desfiladero.
—Espera, espera —le pido, levantándome también—. Ten cuidado. Puedes hacerte daño.
—Da igual.
—Está anocheciendo, Fayna. Deberíamos volver. No le recomendaría que se quedara atrapado aquí abajo a oscuras ni a mi peor enemigo.
Suelta un bufido sonoro, profundamente exasperado, y desiste del descenso.
Me arroja una mirada cargada de impotencia.
—¿Y por qué no lo soy?
—¿Cómo?
—Tu puto peor enemigo, Cesc, ¿por qué no lo soy? ¿Por qué me tratas bien? ¿Por qué me consuelas? ¿Por qué eres amable y cariñoso? ¡Tienes que parar de una vez! ¡Para ya!
Se me escapa una risita perpleja.
—Estoy intentando seguir tus cambios de humor, pero me lo estás complicando.
Fayna se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y me vigila en la distancia con una pose derrotista. Extiende los brazos y los deja caer con exasperación.
—¿Por qué no me odias?
Mi pasmo solo va in crescendo .
—¿Qué?
—Fui una cabrona contigo. Te traté mal —deletrea, y suena tan furiosa consigo misma que, incluso si le hubiera guardado rencor, en el acto me habría disuadido a mí mismo de castigarla. En el acto la habría perdonado—. Deberías estar... No sé, llamándome perra judía. ¡Haciéndome la ley del hielo!
—Eso sería una niñatada, ¿no te parece? —la aplaco con una sonrisa vacilante—. He cumplido treinta años.
—No sería ninguna niñatada. Sería lo justo —proclama en el tono de las sentencias, esas que la hacen ver un ministro europeo y una cría sabionda a partes iguales—. Tendrías que decirme de todo. ¡Te dejé de cualquier manera! Fui fría, fui categórica y después me desentendí de ti por completo, y...
—Fayna —la interrumpo con suavidad. Espero a que me mire para sacudir la cabeza despacio, hasta que le cale la verdad de mi expresión. Extiendo los brazos como un cristo entregado—. No te guardo rencor, ¿vale?
—¡Pues deberías!
Camino hacia ella con lentitud. Un movimiento brusco podría ahuyentarla.