¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Cesc

—¿Dónde se ha metido Fayna?

Eso es lo primero que pregunto en cuanto logro desembarazarme de Margalida, Rita y el resto de encargados del hotel que me requerían para firmar unos papeles que ni he mirado.

Conociendo a mi padre, a lo mejor acabo de dar mi visto bueno para que tiren abajo el parque natural de Ses Salines y monten un balneario al estilo alemán.

En este momento no me importa especialmente.

Me gustaría decir que busco a Fayna para que me eche la bronca por ser un nepobaby irresponsable que en un descuido pondría su nombre en los espacios en blanco de una declaración oficial de guerra, pero sospecho que no va a estar de humor para bromas.

Yo tampoco lo estoy.

Es a Mina y a Felipe a quienes me dirijo. Estaban charlando animadamente en el recibidor. Y estaban también — están —, en mi opinión, alargando demasiado la previa a meterse en la cama del otro.

No es tan difícil, joder. ¿Os gustáis? Pues liaros. Aprovechad que a vosotros no os pesa un marronazo de historia de amor veraniego con final trágico que se remonta a los años posteriores al covid.

—Se ha ido a Atlantis —responde Mina sin mirarme.

—¿Que se ha ido a dónde? —repito en un tono elevado.

Consulto el reloj de pulsera y confirmo que son las siete y media de la tarde, y que como no esté ya subiendo la montaña, le va a caer la noche encima con todas sus consecuencias.

La principal y la más importante: palmarla de un resbalón y que no se entere ni el guardabosques—. Me cago en la madre que la parió.

—Coño, qué exagerado —se ríe Felipe, aunque me mira de hito en hito, como si por fin empezara a caer en la cuenta de algo que se le había estado escapando.

¿Se acaba de enterar de que Fayna me importa?

A buenas horas, mangas verdes.

—¿Sabéis si ha cogido la bici?

—Ha farfullado algo de que tenía que ir en coche por narices y aparcar en el mirador de Es Vedrà para iniciar la ruta —explica Mina—. ¿Cuál es el mirador de Es Vedrà, a todo esto? ¿No habrá como... un millón?

«Pues claro que sí», me contesto a su respuesta informativa. «Ni siquiera ella es tan suicida como para ir caminando por el arcén de las serpenteantes carreteras comarcales entre los municipios del sur. Ha tomado prestado un coche».

Veinte minutos después de mi breve conversación con los tortolitos, estoy apagando el motor del vehículo de empresa —queda mejor que decir «el 4x4 de mi padre»— y saltando a toda prisa con las llaves en la mano.

Respiro, aliviado, al toparme con otro de los coches que Siroco Collective ha puesto a disposición de nuestros invitados para aventuras demenciales como esta.

Si Fayna hubiera venido en bici en el estado en el que se encontraba al aterrizar el helicóptero, me la habrían matado de un atropello.

Me adentro en la que desde niño ha sido mi peor pesadilla: el sendero de tierra con inclinación ascendente que penetra en Puig des Savinar.

Si no estuviera tan concentrado mirando a un lado y al otro por si diviso a una temeraria con el pelo de colores en las inmediaciones, estaría escuchando con meridiana claridad las carcajadas de mis antiguos compañeros de Secundaria cuando, en todo mi esplendor adolescente, me tropezaba con las piedras del camino y, ya de paso, me comía algunas de un resbalón.

Localizo a la reina de Roma y de las Canarias colándose por detrás del cartel que anuncia la bajada a Sa Pedrera de Cala d’Hort, o Atlantis, como también se le conoce por influencia de los hippies de hace unas cuantas décadas.

—¡Fayna!

Ella no me oye o no me quiere oír.

«No me lo voy a tomar personal», me digo con la esperanza de autoconvencerme. «No me lo voy a tomar personal porque no es personal . Yo no tengo nada que ver con esto, sea lo que sea esto, un intento por reunirse con su padre o un ratito de desconexión catártica».

—Fayna, espera. ¿A dónde vas? ¿No has visto la hora que es? Va a empezar a atardecer en una hora, y eso es lo que se tarda en bajar y subir la montaña a buen ritmo... ¡Fayna!

—¡Te he oído, chos ! —rezonga ella.

Mira a su derecha y a su izquierda, buscando entre los arbustos el vertiginoso sendero. En lo que tarda en decidir que va a tomar la derecha, troto hacia ella y le doy más o menos alcance situándome a un par de metros de distancia.

—¿Es que te quieres matar o qué? ¡No hay nadie más bajando ahora! ¿No lo ves?

—Mejor —la oigo murmurar—. A ver si me quedo sola un rato, que falta me hace.

—Aunque sea una atracción turística para valientes, Atlantis no está diseñada para el tránsito humano —intento razonar con ella.

—Nada en la naturaleza está diseñado para el tránsito humano.

—Vale, Greta Thunberg. —Fayna me fulmina con la mirada por encima del hombro—. ¿Prefieres que te compare con Jane Goodall, a lo mejor?

—¿La doñita experta en simios? —repite con ironía.

—Insisto —continúo en tono cansino, aprovechando que gozo de su disputada atención—. Volvamos a Isla Serena. El sendero que baja por la montaña está desdibujado, y si no eres un senderista acostumbrado a las irregularidades del terreno...

—Lo soy.

—... puedes confundirte con las marcas borrosas de los distintos caminos abiertos, y...

—No lo haré.

Y debo decir que no lo hace. Ni soy más veterano en esto del alpinismo inverso —¿me acabo de inventar un concepto?— ni más ágil que Fayna. Lo demuestra que sea ella quien me conduzca a través de los setos a un ritmo que me mantiene con el corazón en un puño.

—Te vas a caer —repito, inquieto—. Al menos ve con cuidado, por favor.

—Déjame sola, Cesc —insiste, ya sin ápice de acritud, solo harta.

—Tienes un talento descomunal para decir siempre lo contrario a lo que quieres.

—¡Y tú tienes un talento descomunal para entender lo que te da la gana cuando se te dice lo que sea!

—Eso no te lo voy a negar... ¡Fayna! —se me escapa un grito al verla trastabillar.

Pero ella se recupera enseguida del precario tambaleo y prosigue la ruta, imparable.

En cierto modo, la admiro por eso. Porque es imparable.

En cuestión de minutos, un récord para un cojo de las excursiones campestres como yo, por fin hemos dejado atrás los arbustos afilados como cuchillos y las piedras asesinas. Llegamos a la zona arenosa donde se disponen las piedras monumentales.

Están salpicadas de grafitis amateur , por llamarlos de una manera educada.

—Fayna, párate, aunque sea por piedad hacia mí —le pido entre jadeos en cuanto mis pies tocan la arena.

Ella finge que no me oye, como es su costumbre.

Acabo por perder la paciencia y apretando el paso para alcanzarla. Le pongo una mano en el hombro, y, ya sin ambages, pregunto en voz alta:

—¿Por qué no me dijiste lo de tu padre?

La línea de sus hombros se eriza como el lomo de un gato.

—¿Por qué coño te lo iba a decir? —ruge de repente. Se gira a mirarme con los ojos fuera de las órbitas, inyectados en sangre—. ¿Quién coño eres tú para que te dé explicaciones o te cuente mi vida, eh? ¿Quién...?

No muevo una pestaña, no retrocedo, no respiro siquiera, y desde luego que no cambio la expresión. Es ella la que cierra los párpados, derrotada, y se pellizca el puente de la nariz, en parte para ocultar que se le descompone la cara en una mueca de exasperación.

—Lo siento —musita enseguida con la voz quebrada—. No quise decir eso.

—Lo sé —contesto quedamente—. Por suerte para ti, Cotufas, siempre sé lo que quieres decir en realidad. De lo contrario, me habría rendido hace mucho tiempo.

Fayna deja caer el brazo con hartazgo y me enfrenta con los ojos llorosos. Como si de repente no pudiera sostener el peso de su propia cabeza, la descuelga hacia un lado, luego ligeramente hacia atrás, y emite un sonido con la garganta entre el sollozo y el gemido.

Cuando he perdido la esperanza de que se abra conmigo, rompe el silencio.

—Hasta hace poco no podía ni pronunciarlo —se justifica con un hilo de voz.

—¿El qué?

—«Ha muerto». «Ya no está». Lo que fuera.

Me quedé muda cuando sucedió. Le diagnosticaron cirrosis un jueves y el sábado siguiente ya estaba tendido boca arriba en una puta caja.

—Se cubre la cara con las dos manos con la mirada desenfocada.

Sacude la cabeza despacio. Le tiemblan los dedos, le tiemblan los hombros, le tiembla la voz—. Mi padre en una puta caja. Dios mío.

No sé si este es el momento adecuado para ofrecer consuelo, pero me arriesgo aun así a rodearla con los brazos.

Ella no responde a mi iniciativa. Se queda rígida en el sitio. Ni me acoge ni me empuja.

Yo persisto. Sospecho que es lo que se hace en estos casos.

—No conocí a tu padre —murmuro contra su pelo—, pero sí vi cuánto lo querías.

Demasiado para tratarse de un pariente que la hizo pasar por un infierno que no solo la enmudeció —prueba de ello es que no se atreviera a contar, con detalle o sin él, las situaciones que vivió—, sino que la adormeció emocionalmente.

Cuando la conocí, era un diamante roto, como la canción de Los Motorizados. Pero un diamante roto sigue siendo un diamante, y estamos hablando de la gema más dura y bella de la naturaleza.

—Lo siento, Fay. No quiero ni puedo imaginarme cuánto se sufre.

—No es solo porque muriera, que ya fue bastante malo —balbucea a trompicones—, sino por el momento en que lo hizo.

Podría soportar el dolor del luto, créeme.

Soporté que mi madre nos abandonara y aprendí a olvidarla, ¿sabes?

Siempre pensé que, después de algo así, me resultaría mucho más sencillo aceptar que una fuerza superior a cualquiera de mis seres queridos hubiera intervenido para llevárselo.

No sería un abandono consciente, y eso me supondría un consuelo. Eso era lo que me decía de niña.

—No es algo en lo que deba pensar una niña —señalo con la prudencia justa. No hay forma de ser diplomático cuando se abordan según qué temas—. Pero entonces, ¿qué es lo que te afecta tanto?

—Que enfermara cuando ya estaba bien. Años y años intentando sobreponerse al alcoholismo, años y años luchando contra el puto monstruo aquel, para al final tener que pagar las consecuencias en el mejor momento de su vida.