¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Porque la está consolando. A Fayna se le ha desenfocado la vista con el recuerdo de su padre y cada vez se encoge más sobre sí misma.

—¿Quién era? —indaga Mina, que nunca sabe cuándo cerrar la boca.

—Mi padre —contesta Fayna antes de que me dé tiempo a pedirle que se calle. Se le escapa una sonrisa débil—. Le encantaría saber que estoy en Ibiza. Vino cuando tenía veinte años y siempre decía que fue una experiencia incomparable. Precisamente se enamoró de la Serra de Tramuntana. Y de Atlantis.

«Atlantis», repito para mis adentros.

Por eso preguntó si iríamos a lo largo de la semana.

Espera, ESPERA . ¿Ha dicho «le encantaría saber» que está en Ibiza? ¿Por qué no lo iba a saber? ¿«Siempre decía»? ¿Es que ha cambiado de opinión?

Me embarga un mal presentimiento que solo se intensifica cuando Fayna gira la cara hacia el paisaje y aprieta los labios, reprimiendo un puchero. Se me olvida que debo ser discreto quitándome el cinturón e inclinándome hacia delante para llamarla.

—¿Fayna?

Ella o no me escucha o finge no hacerlo. Me inclino más por lo primero. Está pálida, aturdida, y tampoco responde a los intentos de Alberto por captar su atención.

En un arrebato infantil, fulmino con la mirada al backflipper , más por desquitarme de los celos irracionales que me han dominado que porque espere que me vea e iniciar una guerra con él.

Anoche, cuando hablábamos de cine independiente europeo a la luz del fuego, me caía bien.

Ya no tanto.

El corazón se me encoge al ver que Fayna se lleva una mano a la mejilla para limpiar una lágrima escurridiza.

—¿Cuánto tiempo de viaje nos queda? —inquiere en una voz apenas audible.

—Salimos hace veinte minutos, así que calculo que unos... ¿diez más? ¿cinco? —baraja Alberto.

Es el único aparte de mí que sigue pendiente de ella. Mina y Felipe han retomado sus coqueteos aderezados de insultos, o sus insultos aderezados de coqueteos, y Carmen está consultando la app del Apple Watch que rastrea su consumo de calorías en función de los pasos caminados.

—Fayna —repito en voz baja, ahora sin apartar la vista de su perfil—. ¿Te encuentras bien? ¿Te has mareado?

—No está pasando por un buen momento —me explica Alberto con el grado suficiente de condescendencia para ponerme de peor humor.

«Eso ya lo veo, cabrón. ¿Qué eres? ¿Su terapeuta?».

—Fayna —lo intento una última vez.

Y juro que es la última. Me siento un acosador.

Ella se muerde el labio inferior con fuerza y cierra los ojos.

—Lo siento —murmura, sacudiendo la cabeza—. No sé qué me dio.

—A veces pasa —la aplaca Alberto. Se toma la licencia de ponerle una mano en el muslo. Me imagino una de las hélices del helicóptero cortándosela de un tajo. Con una menos seguro que hace mortales más rápido. Iría ligerito—. No te castigues por eso.

«¿Castigarse por qué?», quiero preguntar, pero salta a la vista que esta es una fiesta a la que no me han invitado.

O un funeral, porque Fayna sigue aislada en su burbuja.

Ahí permanece sin hacer otra acotación, limitándose a aceptar las atenciones de Alberto como quien deja que un perro se le acueste a los pies mientras escribe en su diario.

Percibo alrededor de Fayna esa especie de campo de fuerza en el que se refugia cuando una situación la supera y no piensa tolerar que nadie la apacigüe.

Me juro a mí mismo actuar a la mayor brevedad. O sea: cuando el helicóptero aterrice en el helipuerto próximo al hotel Siroco, desde donde se trasladará a los influencers a Isla Serena para que puedan arreglarse para la cena.

Llegamos a nuestro destino siete minutos después.

Nos apeamos, nos recordamos la hora de la cita nocturna, intercambiamos frases que podríamos habernos ahorrado, nos palmeamos las espaldas...

Estoy tan consumido por la incertidumbre y el miedo a la explicación que me estoy temiendo que vivo el rato posterior al vuelo como una lista de tareas.

En mala hora se me ocurre sacar el móvil del bolsillo y consultar las notificaciones, movimiento que se hace como acto reflejo tanto si eres director de Marketing como si eres un nini.

Tengo tres llamadas perdidas de Margalida y un mensaje requiriéndome cuanto antes en la oficina para firmar no sé qué hostias.

Por culpa de la distracción, me pierdo el rumbo que toma Fayna: cuando alzo la vista, ha desaparecido del recibidor.

Me embarga una inexplicable inquietud, intensificada por la decepción de tener que confiar en Alberto, Mina y Felipe, los únicos que siguen merodeando por el hall , para llegar a una conclusión.

Intento convencerme de que sea lo que sea que suceda no es para tanto.

No lo consigo.

Cuando esta incertidumbre del demonio alcanza cotas insospechadas y siento que voy a petar de un momento a otro, alcanzo a Alberto y lo agarro del hombro.

—¿Alguien me puede explicar qué está pasando con ella?

El chico se sorprende con la osadía, pero tiene que verme verdaderamente preocupado, porque se apiada de mí después de mirarme con resignación.

—Ahora mismo no está pasando nada. ¿Es que Fayna no te lo ha contado?

—¿El qué, joder? —espeto, ya de los nervios.

—Que su padre murió hace poco.