Capítulo 11 #2
—Apuesto a que si yo intentara subir contenido que no estuviera basado en los mortales hacia atrás, nadie me haría ni puto caso.
Esa también es una manera de restringir a la persona —interviene Alberto—, y no depende del género ni de lo que comas.
Es un tema relacionado con la obligación de especializarte y producir en serie.
En este mundo, ya nadie tiene permitido ser un artista multidisciplinar.
Denominarte artista por hacer backflips delante de la Alhambra me parece desmedido, pero qué sabré yo.
—Venga, tío, no compares una cosa con la otra —se mete Felipe, apoyando los codos en el respaldo del asiento de Alberto—.
Es un hecho que las mujeres están más jodidas que nosotros, y que lo están allá donde vayan, hagan lo que hagan.
También lo están si no se mueven de su casa, que es lo que hace Mina: la han funado incluso grabando un get ready with me en su tocador.
—¡Y tanto! —se exaspera la aludida—. Me han funado siete u ocho veces desde que empecé.
Una fue por liarme con el ex de otra influencer .
Otra porque se me olvidó etiquetar a un diseñador cuando me envió ropa para un festival.
¡Ah, y ni qué decir de cuando la gente se enfadó porque dije que no tenía ningún problema con la IA !
—Esa me parece una funa válida —oigo murmurar a Fayna.
—Si es que todo es un problema en internet —se lamenta Carmen, sacudiendo la cabeza—. Con quién te acuestes, lo que lleves puesto y lo que se te ocurra opinar.
—Es como si el público dijera: «Ah, ¿que no estás de acuerdo conmigo? ¡Pues este mes no vas a cobrar!» —exclama Mina—. ¿Cuántas veces os han funado a vosotros, a todo esto?
—A mí cada vez que subo un vídeo —responde Fayna con sencillez, y se encoge de hombros para recalcar que está curada de espanto—.
Las razones son variopintas, pero nada originales.
Las críticas que recibo van desde la forma en que me peino hasta mi acento, sin olvidar mi posicionamiento político.
Creo que la mitad de mis seguidores me odian.
Me dan ganas de preguntarle por qué cojones sigue en el mundillo influencer , entonces. Lleva sintiéndose fuera de lugar en la industria desde que la conozco, y es consciente de ello como es consciente de todo. Lo demostró la bronca que me echó a propósito de mi pasión por el cine.
Claro que uno siempre es más consciente de los errores de los demás que de los propios.
—A mí no me han funado nunca —reconoce Carmen—. Me han insultado en comentarios, pero ¿funarme? No han llegado a tanto.
—Yo también he tenido suerte en ese sentido. Al final, solo como delante de la cámara y digo paridas que no molestan a nadie —dice Felipe.
—A mí ni siquiera me han insultado en comentarios —admite Alberto.
—¿Veis como lo tenéis más fácil? —señala Mina, envalentonada, y señala al backflipper —.
¡Te apuesto cincuenta euros a que si una mujer subiera los mismos vídeos que tú, habría más de un notas comentándole que está plana como una tabla de planchar y que debería estar en la cocina regañando a alguno de sus siete hijos por meter los dedos en la masa del bizcocho, no viajando por el mundo!
—Y si hiciera un bizcocho para sus siete hijos, la criticarían por no alimentarlos como Dios manda —se ríe Fayna sin humor.
Mina le da la razón señalándola con un vehemente aspaviento.
—El mundillo de las redes sociales tiene sus inconvenientes, pero como todos los trabajos —resuelve Alberto—.
Yo prefiero dedicarme a subir un vídeo dando una voltereta que tener un horario de oficina.
Antes de viralizarme estaba en contra de esta vida, pero ¿qué vas a hacer si lo petas?
¿No subirte al carro? Seré de izquierdas y estaré en contra del consumismo, el capitalismo y toda la pesca, pero eso no me hace gilipollas.
—Me pasó lo mismo —confiesa Carmen con la boca pequeña—.
Empecé a subir tiktoks de mi pérdida de peso y mis hábitos en el gimnasio para animarme y de buenas a primeras me vi con una base sólida de seguidores.
Dejé mi beca de investigación y le puse más cariño a la edición de vídeo.
Es que es muy cómodo... salvando el odio inexplicable que recibes, obvio.
—Pues yo quería ser tiktoker desde que era adolescente —admite Mina con la espalda erguida—.
Me creé la cuenta con la intención de hacerme famosa a toda costa y me metí en las polémicas que hizo falta hasta alcanzar el millón de seguidores.
¡«Y no me causa rubor decirlo», como escribió Pedro Sánchez en aquella carta de amor pública para su mujer!
—Yo también me metí en el rollo de TikTok con el propósito de hacer pasta.
—Felipe se mete las manos en los bolsillos con la misma despreocupación que Mina—.
Nunca se me ha dado bien nada en particular, me encantaba la comida y vi que la peña estaba haciendo dinero por un tubo grabándose probando delicias que les salían gratis en los restaurantes, así que dije, ¿por qué no?
Mina y Felipe intercambian una mirada cómplice. Es como si se vieran por primera vez. Se admiten mutuamente en su grupo de bestias frívolas, o, más bien, lo admite ella a él, porque él ya estaba subido a su carro de mucho antes.
Se van a liar. Es evidente.
Le toca a Fayna el turno de confesarse. No hay una sola persona en el helicóptero que no la mire a la espera de un comentario sobre los orígenes históricos de @lafaynasilvestre . Al tratarse de una información de la que yo carezco, confieso que también quiero oír la historia.
—No pretendía convertirme en influencer —admite—, y aunque es una dedicación con cuyos valores no predico, porque al final es fundamentalmente publicitaria (y tampoco me hace feliz que se diga), siento que debo ser agradecida, aceptar la suerte que tuve y demostrarlo continuando hasta el final.
—Descruza los tobillos para volver a cruzarlos a la inversa, pendiente del paisaje—.
Me consuelo con que utilizo la plataforma para «divulgar la palabra» —se ríe con desdén de su propia pretensión—.
Empecé siendo polémica y lo seguí siendo. Sin miedo a nada.
—¿Por qué aceptaste dedicarte a ser influencer si no te gusta cómo te hace sentir? —inquiere Alberto sin acritud.
—En la vida tienes que hacer muchas cosas que no te gusta cómo te hacen sentir.
Trabajar es una de las más populares, de hecho.
—Se encoge de hombros—. No puedes simplemente borrarte de cotizar por mal que lo pases en tu puesto.
Sufrir es la condición intrínseca de estar aquí, en el mundo y en el registro de Hacienda.
Y, aparte, necesitaba el dinero que me daban las colaboraciones y las visualizaciones —murmura con la voz agitada—.
Una persona de mi familia me necesitaba e iba a ganar más dinero hablando delante del móvil que echando más horas que un reloj en una cafetería.
—Esa no podía ser la única opción —replico, ceñudo.
Fayna esboza una sonrisa triste.
—Nunca tuve formación para otra cosa.
—¿Que una persona de tu familia te necesitaba, has dicho? —repite Mina, ceñuda—. ¿No debería ser al revés?
—Cada casa es un mundo —responde Alberto, educado pero tajante.
Qué cabrón. Me ha quitado las palabras de la boca.
Me siento un capullo por sentir celos en una situación así.
Cuantos más se apiaden de la que fue la situación de Fayna, mejor; cuantos más se den cuenta de que es una chica fascinante y merece la pena escucharla, mejor también.
No es como si pretendiera aislar a las personas que la aprecio.
Al contrario. Si adoras a alguien, sueñas con que se expanda.
Es como pintar un cuadro: por favor, que lo vean. Y, por favor; que les guste.
Pero tener que quedarte de brazos cruzados viendo cómo un sujeto cualquiera consuela a quien deberías estar consolando tú es otro tema.