¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cesc

Estoy sufriendo déjà vus cada dos por tres, y, al mismo tiempo, todo me parece novedoso y excitante. Fayna es un recuerdo antiguo insertado en mi realidad presente como un parche de patchwork y, a la vez, una persona que no conozco de nada y ardo en deseos de explorar.

Se me va. Se va de mí , como cantaban en Tiroteo .

En lugar de profundizar en esa tortuosa apreciación de lo evidente, me regodeo en la duda que lleva acosándome desde que Fayna perdió los estribos en la noche de San Juan. O, siendo en realidad sincero, desde que descubrí que había solicitado participar en la experiencia.

¿Se puede saber qué le pasa?

La pregunta del millón.

Por poco que la haya tratado uno, sabe que le tiene que pasar algo o que le tiene que haber pasado algo muy malo para que haya traicionado sus sagrados principios alojándose de gorra en uno de los hoteles Montseny, y para nada menos que hacerles publicidad.

Luego, si aparte la conoces de cabo a rabo como yo lo hice, que bien puedo no saber quién fue su primer novio, pero sí he sabido leer su cara desde que la vi por primera vez, comprendes que también le pasa algo porque no actúa como tenía por costumbre.

A pesar de su carácter firme, siempre ha sido nostálgica e introvertida —anda que no costaba sonsacarle una confesión personal—, pero no le faltaba seguridad en sí misma, y ahora no es que quiera que la dejen sola con sus pensamientos; es que, en cuanto te descuidas, se dispersa como si no estuviera del todo aquí.

«A lo mejor ella es así ahora. Puede que esa sea la nueva Fayna», me dirán.

A lo que yo contesto: «Sí, me lo he planteado. No soy gilipollas».

La gente cambia. Estoy dispuesto a reconocer eso.

Pero la gente nunca evoluciona tanto como para que se le pierda la mirada en el horizonte incluso cuando le están hablando de un tema que le interesa, porque eso no es un rasgo del carácter.

Eso es disociarse. Y si evoluciona por ahí, si lo que hace es volverse introspectivo hasta el entumecimiento, es porque le ha ocurrido una desgracia que la desconecta de la realidad.

Eso lo sé yo de sobra, que conviví con una persona enferma durante años y presentaba la misma palidez, la misma delgadez extrema, el mismo deseo de desaparecer, el mismo esfuerzo sobrehumano por fingir normalidad cuando sus ojos desenfocados gritaban: «Sácame de aquí, por favor».

—Anda, hazme una foto —oigo que dice Mina—. ¡Procura que se vea bien el paisaje! ¡Y que salga guapa!

—Tampoco hago milagros —la chincha Felipe.

—¡No seas imbécil!

El foodie acepta el móvil que le tiende Mina y espera a que haya probado un par de posturas junto a la puerta del helicóptero, donde se termina recostando en una postura sexy.

Todo lo sexy que se puede parecer estando sentado con el cinturón puesto.

—No estás saliendo tan fea —comenta Felipe, a lo que ella le da un débil manotazo en el antebrazo y procede a mirar las fotos que le ha hecho con una sonrisa bobalicona.

—Al final habrá que admirarlo —le comenta Alberto a Fayna en tono burlón. Se han sentado juntos en la fila de delante—. El tío se ha metido a Mina en el bolsillo echando mano de las clásicas estrategias del cuñado promedio, o sea: llamándola fea y tonta. Bravo.

—¿No le puso nombre la psicología a esa dinámica de ligoteo, como se lo puso a todo lo que uno pueda imaginarse? —inquiere Fayna, distraída mirándose las heridas aún brillantes de las rodillas—. ¿ Negging , era?

—¿Y tú me lo preguntas a mí? —bromea el backflipper , quizá con demasiada camaradería.

Su brazo se roza con el de ella, los de ambos sin mangas que los cubran—.

Seguro que acaba en «ing», al igual que lo demás: ghosting, breadcrumbing, love bombing, benching, orbiting, haunting, gaslighting, mosting, future faking, foodlighting, soft launching...

No me extraña que Fayna lo mire con las cejas alzadas.

—¿Por qué conoces todos los términos? No me digas que se los hiciste a alguna pobre piba.

—A lo mejor me los han hecho a mí, ¿tú qué sabes?

—Lo que sé es que no pasas tanto tiempo en internet como para haberlos memorizado.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—No tienes cuenta privada en Instagram, o de lo contrario la estarías anunciado a bombo y platillo en la de los backflips . Y pareces una persona razonable. No lo serías si tuvieras presencia en la red.

—Da gracias a Dios porque no la tenga. Como me hubiera dado por dedicarme a opinar en redes sociales como a ti en lugar de dar saltos, te habría robado el público.

—No lo creo. A no ser que te hubieras propuesto denunciar a los magnates y enseñar bikinis de marcas ecológicas.

—Reconozco que a mí un bikini no me quedaría tan bien como a ti —la halaga Alberto.

Directo al grano. Sin negging , ni breadcrumbing , ni hostias. Al menos, ahora no se lo está haciendo, pero sospecho que practicó algo de la familia del negging cantándole las cuarenta en San Juan para ahora no separarse de ella.

Fayna acepta el cumplido con una sonrisa distante y devuelve la vista al paisaje. Es gracias a su postura que no termino de inquietarme por la complicidad que han forjado en cuestión de cinco o diez minutos.

Algo he leído sobre lenguaje corporal, y algo más sé de cómo se comporta ella en concreto cuando alguien le atrae, y tanto permanecer alejada de un aspirante a follamigo con los brazos cruzados como no sentir ni la tentación de mirarlo son síntomas de indiferencia.

—Oye —me llama Carmen. Intento apartar la vista de Fayna y centrarme en ella.

Al igual que yo, ha sido excluida de la conversación entre dos tortolitos, en su caso Felipe y Mina—.

En los próximos días haremos otra excursión, ¿no?

El senderismo me vale. También me podría interesar un rocódromo.

O salir con las bicicletas de nuevo. Es que tengo que cumplir mi meta de ejercicio semanal.

A duras penas estoy haciendo mis veinte mil pasos diarios, y sin las tres horas de pesas...

—Tienes a tu disposición el gimnasio del hotel donde pasaste la primera noche, si te hace falta. Queda a unos veinte minutos en coche —contesto enseguida, ansioso por regresar a la conversación entre Fayna y Alberto.

Ahora hablan en voz baja y no consigo distinguir lo que dicen.

—Y sobre los restaurantes a los que vayamos a ir estos días...

—continúa Carmen con timidez—. ¿Podrías enviarme una lista por correo?

Para que le eche un vistazo al menú antes.

Es que sigo una dieta muy estricta, y si no va a haber opciones proteicas pero bajas en calorías, a lo mejor me quedo en el bungaló.

A mis seguidores no les interesa la comida que no es sana, así que no iba a grabar contenido en bares de todos modos.

—No pasa nada porque te saltes la dieta un par de días —interviene Fayna con diplomacia. Sigue cruzada de brazos en su rincón, medio asomada a la sierra que se extiende bajo nuestros pies.

Tiene una postura encogida, como si tuviera frío.

O como si Alberto, que permanece reclinado sin disimulo hacia ella, la estuviera molestando.

Me está molestando a mí, eso por descontado.

—¡Claro que pasa! —rezonga Mina—. ¡Igual que pasa algo si no subes contenido en un par de días!

¡El algoritmo de TikTok se desentrena e Instagram deja de mostrarle tus publicaciones a tus seguidores!

¡Vamos, que te cae un shadowban como una casa, y eso se traduce en mucho menos dinero y mucha menos influencia!

—No creo que eso tenga que ver con lo que comas o dejes de comer —dice Alberto.

—Eso opinas tú porque no vendes tu físico ni tus hábitos en internet —replica Mina—. Se me ocurrió decir en un directo que todos los viernes desayuno tortitas y estuvieron llamándome gorda, mala influencia y perra del infierno durante dos semanas. Perdí seiscientos seguidores.

Alberto se queda alucinado.

—Es coña, ¿no?

—Mina no tiene tanto sentido del humor como para hacer coñas —se mofa Felipe.

—Los hombres lo tenéis más fácil en ese sentido —coincide Carmen—.

Los foodies y los que os habéis viralizado por la cara sobre todo.

Se espera que un influencer como Felipe pruebe todas las porquerías imaginables, pero si se impusiera una dieta sana de repente, nadie diría ni mu.

De hecho, lo animarían. Ahora: atrévete a hacerlo al revés y prepárate para convertirte en el enemigo público número uno.

—Con las foodies es distinto, sí —tercia Fayna—.

Las mujeres no pueden hacer nada bien en la red.

Si se tiran unos días mandándose dulces, las ponen de focas y de mala influencia para arriba.

Si pasan de comer saludable a imponerse un déficit estricto, les cae la de Dios es Cristo, porque ¿cómo es que quieres adelgazar de pronto?

¿A qué se debe? ¿Cómo lo hiciste? ¡Oh, no, otro soldado cayó preso de la fiebre del Ozempic!

Así, de repente, estás vendiendo un cuerpo irreal, cometiste alta traición y tu comunidad tiene derecho a recordarte lo decepcionada que está contigo.

—¿Lo dices por experiencia? —se me escapa.

Ella no se toma mi intervención como una referencia a su drástica e incomprensible pérdida de peso y asiente con gravedad.

—Internet decidió por unanimidad que me pinché el medicamento de los diabéticos, y entre que salir a desmentirlo no sirve de nada y que no me da la gana de contar mis problemas, decidí correr un tupido velo y esperar que pasara el temporal.

«¿Qué problemas, Fayna?».

—¡Es que es eso! ¡Lo peor es que luego ni siquiera has adelgazado porque fuera tu intención! ¡Solo te han diagnosticado celiaquía y te ha tocado evitar las harinas! —bufa Mina—. No es mi caso, claro —añade, mirándose las uñas—. Yo sigo una dieta estricta de cero carbohidratos y cero grasas.

—Y cero felicidad —apostilla Felipe.