Capítulo 10 #3
—¿Que solo eres una chica? ¿Has caído en esa propaganda en serio? —Le basta con echarme un vistazo incrédulo para confirmar que estaba siendo sarcástica—. Ya decía yo.
—¿Y tú? —le devuelvo la pregunta enseguida. No quiero que acabe la conversación—. ¿Hablas con los chicos?
—Yasen y yo nos comunicamos enviándonos reels de cosas que creemos que nos pueden interesar.
Temas de fotografía, naturaleza y cine, sobre todo.
Cancán me responde historias de vez en cuando y aprovechamos para ponernos al día.
No mucho más. Cada uno tomó un camino a cada cuál más diferente.
Lo sabes, ¿no? —Me mira de reojo—. Sabes que Yasen se quedó trabajando de sonidista para BNA y es responsable de algunas de las series con más éxito de España.
—Claro. Alguna que otra vez he buscado su LinkedIn.
—Cuando rodaron en Islandia una adaptación de Laura Gallego me pasó unas fotos que te cagas.
Luego, si quieres, te las enseño —propone con inocencia.
Me da un vuelco el corazón. Lo dice en serio—.
Pero lo de Cancán es de película, ¿eh? Se puso a maquillar a las modelos en las semanas de la moda, y entre una cosa y otra acabó fichándola como estilista una estrella del rock.
—¿Y eso no te inspira? ¿No te inclina a hacer lo mismo?
, ¿echar currículums, irte a Vancouver si hace falta, hacerle la pelota al Manolo de turno y rodar alguna serie adolescente con mucho presupuesto antes de saltar a las grandes producciones...
? —Agacho la cabeza, escarmentada pero también complacida, cuando observo su reacción: mirarme con una ceja arqueada, como diciendo, «¿Ya estamos otra vez? »—. Lo siento. No lo puedo evitar.
Él le resta importancia sacudiendo la cabeza con dulzura.
—Estás más empecinada en que sea un director de cine famoso que yo en su día, y eso ya es decir.
He renunciado a eso, Cotufas —resuelve con suavidad, y si no se me forma un nudo en la garganta por la impotencia hacia su resignación, es por el uso del apodo.
Él se da cuenta también—. Perdona, me ha salido solo.
Será porque nos ha dado por recordar los viejos tiempos.
Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, los dos nos secamos el sudor de la mano en los pantalones; yo la derecha en el culotte de deporte, él la izquierda en el pantalón de chándal.
Nos percatamos del movimiento a la vez y nos miramos con una sonrisa tímida.
—No pasa nada. Siempre me hizo gracia que me llamaras así.
—Pues ¿sabes qué? No es por cargarme el buen rollo, porque nada más lejos de mi intención, pero a mí no me hizo ninguna que no me llamaras nunca —comenta sin perder el aire jovial, aunque se intuye una ligera crispación debajo.
—Ya ves que no llamé a nadie. A ninguno del documental, me refiero.
—Ellos son ellos y yo soy yo. Podrías haberme escrito. No te habría mordido.
Su toque de atención me sorprende.
—¿Para decirte qué?
—No sé, algo como: «¡Eh, Cesc... o como sea que te llames! Estaba stalkeando a Yasen en LinkedIn y de repente me he acordado de ti. Como tú también trabajabas en el documental y hacías algo parecido a lo que se dedicaba él… Ya sabes. En fin, ¿qué tal? ¿En qué andas?».
Me quedo perpleja.
—¿No me habrías mandado pal carajo?
Ahora le toca a él sorprenderse. Aparta la vista de la carretera un momento para compartir conmigo su extrañeza.
—¿Por qué te iba a mandar «para el carajo»?
«Han pasado cinco años», me recuerda la voz más democrática. «¿Cómo te iba a guardar rencor durante cinco años por una situationship de una semanita y pico? No es ningún psicópata. De hecho, es Cesc. Y Cesc es, fundamentalmente, una buena persona».
Sacudo la cabeza.
—Olvídalo. Tienes razón. Pero tú también pudiste escribirme a mí. Esto funciona en los dos sentidos, mi niño.
Con expresión vacilante, hace un quiebro con el cuello similar al de un estremecimiento.
—Mm... No, no creo —contesta con diplomacia—. No habría sido lo mismo.
Estoy de acuerdo y no estoy de acuerdo a la vez.
Por norma general, sí, la persona que hace el daño es la que tiene que dar el primer paso para arreglarlo, y no abriendo conversación como si nada, como sugiere él y sugiero yo, sino pidiendo disculpas antes.
Pero, al mismo tiempo, ¿cómo va a ser la persona que hace el daño la que da el primer paso?
¿Cómo vas a tener la poca vergüenza de acudir en busca de alguien a quien despreciaste como si no valiera nada, sea con la intención de conciliar o de hacer leña del árbol caído?
¿Cómo vas a enviarle un mensaje de sopetón un martes laborable, provocando que, en plena oficina, y con el segundo café del día aún en la mano, desfilen ante sus ojos los mal llamados «recuerdos de Vietnam», y esto es, cada una de las crueles palabras que le dirigiste?
Por norma general, suelen importar un carajo los sentimientos de quien hiere —las simpatías deben recaer sobre la víctima, y estoy de acuerdo—, pero, insisto, ¿qué hay del miedo del victimario a interrumpir la vida del otro con el riesgo que existe de alterarlo?
, ¿del miedo al rechazo?, ¿del miedo a que piense que le escribes porque te abruma la culpabilidad, y no porque echas de menos los curiosos hoyuelos de su sonrisa, porque acabas de ver una película de su directora preferida o porque lo querías pero su padre amenazó al tuyo con el escarnio y la cárcel?
Se suele asumir de forma equívoca que quien comete el error es una bestia sin sentimientos y se le trata como tal, y a menudo no das el primer paso porque sientes que sería una completa injusticia, porque has perdido tus derechos; porque piensas más en él que en ti.
Cesc interrumpe mi descenso en picado a los mismísimos infiernos de la culpa poniéndome una mano en la rodilla.
Me cuesta enfocar la vista en su perfil.
—No pongas esa cara, anda. No pasa nada. Entiendo que no escribieras.
«No, no lo entiendes. Ni lo vas a entender nunca, porque aunque no estés en la oficina con tu segundo café, sigue siendo un miércoles laborable, no son ni las ocho de la mañana y jamás será el momento ideal para decirte: “¡Oye, a propósito de lo que pasó durante el documental...! ¡Que me enamoré de ti, sí, pero tu padre me dijo que nos iba a hundir la vida si hacía algo al respecto!”».
A lo mejor podría habérselo comentado en su momento —esto es algo que empecé a plantearme muchísimo tiempo después, cuando salí de la conmoción y acepté, no sin el correspondiente shock, que mis sentimientos fueron reales—, pero ese día, esa oportunidad, ya pasó.
Las disculpas y las explicaciones son como las solicitudes de beca a la administración: no solo un laberinto burocrático creado para humillarte y dejarte aún más confuso que al principio o algo que se vende como una ayuda y sin embargo consta de miles de condiciones, sino una medida con una fecha límite.
Y la fecha para justificar mi decisión venció hace mucho tiempo.
Por otra parte, me gustaría espetarle: «¡Pues ojalá no me entendieras tanto!
». Hay algo en su disposición servil que me pone el vello de punta.
Entiendo que le ha sido encomendada la tarea de dirigir nuestras actividades, acompañarnos y estar pendiente de nosotros, pero no dejo de preguntarme por qué no le parece bochornoso tener que tratar con educación a alguien que le aulló por teléfono que no lo quería.
Debería empezar a contemplar que él no sintiera lo mismo por mí, que se lo hubiera imaginado o que lo hubiese magnificado en el momento, romántico como siempre ha sido, para escribir un guion inspirado y luego olvidarlo.
Es lo único que explica que le resulte tan fácil compartir conmigo un espacio cerrado.
Más que a mí, al menos.
Sí, debe ser eso. Cesc cayó en la trampa del síndrome del campamento de verano y se libró de sus efectos a largo plazo —la idealización— abriendo los ojos a la aburrida realidad en cuanto desaparecí.
Habiéndome condenado al rinconcito de la memoria reservado para aquellos con quienes nos divertimos pero no llegamos a apreciar en realidad, mi aparición no habrá significado nada más que un encantador déjà vu .
Y menos mal, ¿no?