¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Decepcionar a Mar es mucho peor, sí, ahí has estado fina.

Apoyo las manos a mi espalda, en una primera instancia sospechosamente ajena al hecho de que Cesc está arrodillado ante mí limpiando el reguero de sangre.

Es al fijarme en la línea de su pelo, de la que surgen los densos mechones oscuros, en el movimiento rítmico y cuidadoso de sus dedos sobre una zona tan sensible de mi cuerpo que el contacto envía escalofríos hasta mi centro, que me vienen dos flashbacks del pasado: aquella vez que acudió en mi rescate, cuando me quemé la mano en el parque natural de Timanfaya, y aquella otra ocasión en la que me besó todo el cuerpo y se detuvo bajo el ombligo para...

—Oye —balbuceo con la voz crispada. Lo que sea para interrumpir el recuerdo—, puedo hacerlo yo.

Me inclino hacia delante demasiado deprisa, con la mala suerte de que él elige también ese momento para erguir la cabeza.

Las puntas de nuestras narices se rozan.

Me apresuro a apartarme; Cesc se lleva la mano que no sostiene el disco empapado a la zona afectada, que en realidad no ha salido afectada en lo absoluto, y sonríe detrás de la palma como un villano juguetón.

—Sé que puedes hacerlo todo tú, Fayna, créeme que lo sé. Pero déjame sentirme útil, por favor.

—Considerando que trabajarás de higos a brevas y pasarás el resto del tiempo jugando al buscaminas en la oficina, no me extraña que curarme un raspafilón sea el momento más feliz y productivo de tu jornada.

Cesc me mira con fascinada curiosidad.

—¿Cómo lo has llamado? ¿Raspafilón?

—¿Cómo lo llaman ustedes?

—¿A esto? ¿En eivissenc ? —Se muerde el labio después de echar una ojeada al estado de la herida, pensativo—. Rascada . T’has fet una rascada . O un raspó .

Entiendo por qué se le escapa una sonrisilla complacida a pesar de seguir mortificado por el desenlace de la ruta ciclista. Yo tengo que controlarme para no devolverle el gesto, feliz porque nos siga gustando referenciar el pasado poniendo en común nuestro léxico.

—Imagino que no querrás continuar la carrera ahora que has quedado descalificada.

—Perdí—corrijo—. Dilo con todas las letras.

—Bah. Lo importante es participar.

Recuerdo nuestra conversación de anoche en San Juan y la sangre regresa a mis mejillas. Lo dice de corazón: de verdad que para él lo importante es participar en todos los sentidos, en el ámbito del que sea que hablemos.

¿Y qué es lo importante para mí? No es ganar, aunque hoy lo haya parecido.

Tampoco es solo formar parte del juego. Ni siquiera es divertirme, porque mucha peña es testigo de que incluso aguantando como una jabata lo que no es de Dios he permanecido en la partida, como una valiente o como una masoquista, tanto monta, monta tanto.

¿Qué es lo importante para mí, insisto?

—Iremos yendo al puerto por nuestra cuenta, si te parece bien —decide, ya en pie.

Me tiende la mano, todo caballeroso él, y se la acepto con una sonrisa incrédula.

—¿Esto de la galantería lo aprendiste de tu padre?

—¿Qué quieres decir? Siempre he sido un señor.

La inocencia impostada en su respuesta me arranca una sonrisa.

Lo sigo de buena gana, si acaso con el orgullo todavía magullado por la aparatosa caída. Dejo que se me adelante y me abra la puerta del copiloto para invitarme a pasar, ahora sí, exagerando sus venias, sus cabeceos e imprimiendo una parsimonia de viejo galán a sus movimientos.

Soy incapaz de dejar de reírme con la payasada, y aunque llevo desde que llegué sujetándome de la correa como a un perro de pelea con la rabia para prevenir el desastre de un acercamiento con él, no consigo evitar echarme un vistazo rápido y puramente vanidoso en el espejo antes de que Cesc ocupe su lugar.

Al menos no me he despeinado.

—No vayas a hacer como ayer, ¿eh? —le suelto en cuanto coge el móvil para mirar la lista de reproducción de sus temas favoritos.

Él alza la barbilla y aguarda, expectante, a que me explique.

Ya no puedo desdecirme, así que señalo con la cabeza el móvil conectado al coche—.

Lo de pasar rápido las canciones que van sobre el desamor.

Te aseguro que no me daré por aludida, si eso fue lo que te preocupó.

Tal y como había previsto la parte de mí que ha estimado oportuno decir eso, Cesc se lo toma con sentido del humor y se ríe entre dientes con la mirada gacha, asumiendo su parte de la responsabilidad con deportividad.

Selecciona la opción aleatoria y apoya la mano en el volante.

Le da un par de toquecitos con el dedo índice antes de volver a mirarme con una sonrisa modesta.

—¿Tan obvio fui? —suspira con voz queda.

—Me extrañó que no se enterase Sofía, que vive en Mallorca. Por cierto: ¿por qué vinimos a Mallorca? Todavía queda fleje por ver en Ibiza.

—Así estaba dispuesto el plan de la semana. ¿Qué te ha parecido Sofía?

—Muy enamorada de ti.

Me arrepiento de haberlo soltado en cuanto sale de mi boca.

En primer lugar, porque podría arruinarme el día —y la semana, y el año— que confesara que la corresponde.

En segundo lugar, porque no me gustaría que a mí me dejaran con el culo al aire en este sentido.

No hay mayor bajeza que chivarle a un notas los sentimientos de una conocida, sea amiga o enemiga.

En eso consiste la sororidad, en mi humilde opinión. Mucho antes protegeré la intimidad de una mujer que el ego de un hombre.

Pero no en este caso, según se ve.

—Ya.

Su respuesta distante me sorprende.

Compruebo que se le ha caído la sonrisa.

—¿Lo sabías?

—Digamos que se le presentó la ocasión perfecta para decírmelo y lo hizo.

—¿La ocasión perfecta? —repito, temiéndome lo peor.

—Una noche estábamos muy borrachos, y... En fin, ya sabes lo tontorrón que se pone uno con un par de vinos. No me porté bien con ella —admite con un suspiro—. Menos mal que no me lo tuvo en cuenta.

—Te echaría la bronca, pero no soy la persona más indicada para hablar.

—¿Y eso?

«¿Y tú me lo preguntas, tío? ¡Poesía eres tú! ».

—Alguna que otra vieja situationship sigue reposteando en Instagram a cuentas de psicólogas millennial para lanzarme indirectas merecidas. Ya sabes, los típicos carruseles editados con Canva que describen el comportamiento del alérgico al compromiso que te rompió el corazón.

—Sé de lo que hablas —ríe con amargura.

—Hasta la fecha, fui acusada de tener apego evitativo, ser narcisista y hacer refuerzo intermitente.

Sin ser yo negacionista de la psicología —advierto con la mano en alto—, creo que mi diagnóstico era más sencillo: no estaba enamorada de ninguna de ellas y de ninguno de ellos, y da igual cuánto te esfuerces, que no puedes simular lo contrario.

Cesc me da la razón con un asentimiento resignado.

—Hay una película de Yorgos Lanthimos, La langosta , en la que el protagonista dice una frase mítica a propósito de eso: «Es más difícil fingir que no tienes sentimientos por alguien cuando sí los tienes que fingir que los tienes cuando no».

—Tuerce la boca—. Suena mejor en inglés. Lo he traducido de manera macarrónica.

—Bueno, pero lo entendí.

Cesc deja sonar la canción que tenga que sonar, obediente a mi petición inicial, y pisa suavemente el acelerador para entrar en ruta.

Creo que él, al igual que yo, espera con el aliento contenido y el oído aguzado al estallido de la música. A lo mejor solo siente curiosidad por lo que sea que le haya deparado el azaroso aleatorio de Spotify; yo, lo quiera o no, busco una señal.

Su reacción al reconocer los primeros acordes de una canción de los Gypsy Kings no tiene desperdicio. Es un reflejo de la mía, una mueca divertida pero inevitablemente exasperada.

—Los Gypsy Kings te gustan —comenta para restarle hierro al hecho de que se trata de una que poco o nada tiene que ver con Bamboléo o Djobi, Djoba.

Spotify ha escogido Amor d’un día —. Tú nunca los pedías, pero me acuerdo de que le sonreías a la ventanilla cuando Yasen los ponía en los trayectos en coche.

—Me hacía gracia que una persona que se hacía llamar Yasen Sengoku escuchara a los Gypsy Kings.

—Hasta Tarantino ha metido canciones de los Gypsy Kings en sus películas.

Pero mejor no sigo mencionando películas, no vaya a ser que vuelvas a mosquearte conmigo por conformista —bromea.

Con una agilidad y sutileza encomiables, aprovecha la mención de Yasen para cambiar de tema—. ¿Hablas con ellos de vez en cuando?

—¿Con los chicos del documental? No te lo vas a creer, pero la única con la que mantengo el contacto es Karen.

—¡Karen! —exclama Cesc con una sonrisa de oreja a oreja. Me regocija que deba centrarse en la carretera: así puedo contemplarlo todo lo que quiera sin comprometerme—. ¿Cómo está?

—Mejor que nunca. Volvió a su California natal, conoció a un don millonario de Silicon Valley que se quedó prendado de su alegría juvenil y allí está, disfrutando de la vida con la que siempre soñó.

Viaja seis meses al año y los otros seis los dedica a la que decidió que fuera su vocación: dar clases de reiki.

—No jodas.

—Sí.

—¿Reiki? ¿Por qué?

—Porque es Karen. —Me encojo de hombros, pero tampoco puedo evitar sonreír, y sin condescendencia alguna—.

Si las vías del Señor son inescrutables, imagina las de una californiana de mediana edad con complejo de Peter Pan.

Yo me alegro por ella. Y me alegro más aún de que se acuerde de mí.

Me manda postales felicitándome el Año Nuevo desde que nos separamos, y cuando es mi cumple no se le pasa encender el móvil donde tiene WhatsApp instalado para enviarme un mensaje adorable. ¡En español!

La sonrisa de Cesc se relaja un poco.

Me lanza una mirada de reojo.

—Era el diecinueve de marzo, ¿no? Te debo cinco felicitaciones.

—Descuida. A ninguna doña se le debe ningún recordatorio de su edad.

—Vamos, hombre, tú estás muy por encima de eso.

—¿De preocuparme por el inexorable paso del tiempo y sus efectos en la apariencia física, de la que las mujeres dependemos íntegramente para merecer el mínimo respeto? No te creas. Al final, solo soy una chica.