Capítulo 10
Fayna
—¡Fayna! —exclama una voz que al principio no consigo reconocer. Tampoco la mano que se apoya en mi hombro, ni la otra que me tiende para ponerme en pie.
No me doy cuenta de que tengo los ojos llenos de lágrimas de rabia hasta que alzo la vista y me cuesta distinguir los rasgos de Alberto.
Ha sido el primero —y único— en descender de su bicicleta a toda leche y socorrerme.
Sofía, que me llevaba ventaja, ya ha desaparecido carretera abajo, igual que Carmen.
Felipe y Mina pasan como un bala por nuestro lado gritándose algo de la familia de:
—¡Chúpate eso, niñato! —Esto es de Mina a Felipe, claro.
—¡No cantes victoria tan rápido, mona!
—¡Es Mina!
—¿Fayna? —insiste Alberto. Viendo que yo no colaboraba, se ha agachado y ha cerrado la mano sobre la mía—. ¿Puedes andar? No te has golpeado la cabeza, ¿no?
Enmudecida por mi actitud al comienzo de la carrera y el arrebato emocional que la ha truncado, apenas consigo sacudir la cabeza.
Tengo una bola de golf alojada en la garganta.
Por suerte, he ido a parar con la única persona del grupo que no hace preguntas incómodas.
Demuestra que podría entenderme asintiendo, refugiado en una inexpresividad que es un soplo de aire fresco porque no compromete mi dignidad.
Me ofrece su hombro para que lo use de punto de apoyo.
Quizá no es la circunstancia apropiada para decir que es guapo, ¿no?
O sea, no es un guapo al uso, lo que a mi parecer solo lo hace doblemente atractivo.
Tiene las comisuras de los ojos hacia abajo, dando impresión de tristeza, gravedad o madurez, y los iris de un tono impreciso entre el azul y el verde.
Pero sobre todo empiezo a verlo magnético e interesante cuando murmura:
—Oye... A lo mejor no es el momento, pero hay una cosa que me lleva rondando la cabeza desde anoche y tengo que decirlo. Lo siento si ayer me pasé. Llevaba unas cervezas encima y eso lo suele magnificar todo. Te eché unas cuantas tonterías en cara cuando el tema ni siquiera me importaba tanto.
—No, no, si tenías razón. —Consigo esbozar una sonrisa débil—. Estoy insoportable por... asuntos míos, y vosotros estabais pagando el pato. Hiciste bien al recordarme que no era culpa vuestra.
—Es por el hombre de tu fondo de pantalla, ¿no?
—Levanto la barbilla de golpe, pasmada, a lo que él compone una mueca de disculpa.
El propio Alberto se ha dado cuenta de que ha cruzado una línea, esa línea de prudencia y saber cerrar el pico que solo él y yo estábamos respetando en este pequeño cuadrante balear infestado de las impertinencias de Mina—: Perdona.
Lo he mencionado porque me ha parecido reconocer en ti los síntomas de...
Yo estaba ausente, disociado e irritable como tú cuando murió mi abuela hace un par de años, y desde que te conozco no dejas de mirar tu fondo de pantalla, estés distraída y acompañada o no.
Se te pone una cara con la que estoy bastante familiarizado.
Me cuesta tragar saliva.
Lo que me faltaba.
—¿Tú también llevas una foto de tu abuela a todas partes?
Alberto sonríe con desvalimiento, pero lucha por reponerse haciéndome un gesto desenfadado hacia el arcén, a donde nos dirigimos para evitar que un atropello ponga la guinda al pastel.
—Qué va. No le gustaban las fotos. Pero —mantiene el suspense antes de levantar el puño cerrado como Superman cuando vuela— me regaló esta esclava cuando hice la comunión, y no me la he quitado desde que falleció.
—¿Eres creyente? —pregunto con tal de distraerme.
—Qué va. Mi abuela y yo discutíamos a gritos sobre la existencia de Dios cada vez que la visitaba.
Pero ya sabes lo que pasa cuando pierdes a alguien que quieres.
Todo eso que te molestaba de él pierde importancia y pasa a ser una de sus infinitas virtudes.
Esto sí lo llevo conmigo a todas partes en su honor —concluye, y sacude la muñeca para que tintinee la pulserita de plata con su nombre grabado: «Alberto Jerez Lima».
Se me pasa por la cabeza comentar que mi padre y yo nos peleábamos por problemas mucho más graves que la existencia o la no existencia de Dios.
Así de desesperada estoy, en el fondo, por recordarlo a viva voz.
Por contarle a alguien que existió. Pero después de haber experimentado este acceso de rabia inexplicable con la carrera sigo enmudecida, y no me ayuda que las rodillas hayan empezado a latirme a modo de recordatorio.
«Te has hostiado pero bien, Faynita. ¿Qué tal si te desinfectas las heridas? ¿Qué tal si les prestas atención?».
—Pues ya es milagroso que te quepa la esclava de la comunión.
—Mi exnovia solía burlarse de mí diciendo que tengo las muñecas y los tobillos de un flamenco rosa.
Suelto una carcajada. No hay nada como una persona tan malévola como ingeniosa.
Luego le sonrío con sincero agradecimiento, y voy camino de expresarlo verbalmente cuando dos figuras masculinas se unen a nuestra fiesta de lutos y exparejas.
Han aparecido en escena al trote, uno con la cara descompuesta, fácil de interpretar—«Me voy a meter en un sarao que no veas», jura el ayudante— y el otro con el ceño fruncido de preocupación.
—¿Qué ha pasado? —Cesc frena ante mí con el aliento entrecortado. Su mirada viaja de mi cara enrojecida y llorosa a la mano de Alberto, donde la fija un segundo con la expresión cifrada antes de avanzar y subrayar su autoridad colocando la suya sobre mi cintura—. ¿Te has caído?
No pretendía ser desagradable, lo prometo. Pero me pierde la boca y espeto:
—¿A ti qué te parece, mi niño?
El brillo de una risita inoportuna surca su mirada, de seguro inspirada por ese irónico «mi niño» que él siempre se ha tomado como un apodo cariñoso, igual que interpreta los sarcásticos «guapo» como un halago que merece una venia de gratitud.
Pero insisto en que le dura un instante: lo que demora en hacerme un escáner completo y reparar en mis rodillas raspadas y apuesto a que sangrantes.
Entonces ya no se ríe tanto.
Rescata el walkie de la cintura y brama:
—¿A dónde coño has ido? —No acierto a escuchar la respuesta de Sofía—. ¿Que qué ha pasado? Pues estaría bien que te hubieras enterado. ¿Ves por qué no tienes que priorizar estas carreras tuyas, joder? Haces lo que te sale de los cojones, macho.
Una parte de mí, oscura y perversa, se regocija al oír cómo le habla a Sofía.
Enseguida me avergüenzo. Como debe ser.
¡Qué sorpresa! ¡Quién habría dicho que embotellar tus sentimientos y fingir que no pasa nada termina convirtiéndote en una mala persona que celebra las desgracias ajenas!
Porque no me cabe duda de que los gritos le han sentado a Sofía como un jarro de agua fría, y en realidad nada de esto ha sido culpa suya.
Ha sido culpa mía por pensar que ganándole a una estúpida carrera podría...
¿qué? ¿Ganarme el aplauso de Cesc? ¿Decir de alguna manera: «Eh, mírame, estoy aquí y soy la hostia en verso»?
¿Quedar por encima de Sofía en marcas deportivas, ya que no puedo hacerlo en ningún otro aspecto?
Porque desde luego que no puedo viajar al pasado y echar pachanguitas de fútbol con el Xicu de siete años o frotarle la espalda mientras vomita su primer combinado en una esquina del botellón.
Qué pena me da haberme ausentado en esos momentos que le configuraron como persona.
—Lo siento, Fay —murmura, derrotado.
Ha mantenido la mano en mi cintura todo el rato, como un guardia de seguridad que se interpone entre un fanático loco y su estrella. Puede ser que viera El guardaespaldas en el vuelo de Madrid a Tenerife y me quedara con la imagen...
Eh, ESPERA UN MOMENTO .
¿Me ha llamado «Fay»?
—Tenemos el botiquín en la furgo. Ven conmigo.
Me sorprende que no le ofrezca a Alberto unirse a nosotros y, lo que es más, le haga un sutilísimo gesto con la barbilla hacia la bicicleta, como diciendo: «Venga, chaval, ahora tú súbete y pedalea».
Descarto enseguida que pueda haber algún tipo de competencia entre los dos.
Eso sería impropio del simpático director de Marketing Francesc Montseny.
No le echo cuentas y, cojeando, me dejo guiar por él hasta sentarme en la parte trasera.
Joan ha abierto el maletero de par en par, ha recogido mi bicicleta mientras Cesc le vociferaba a Sofía y ha procurado estar listo con el botiquín abierto para recibirnos, como los chóferes sostienen sus pancartas con el nombre del cliente en la puerta de salida de los aeropuertos.
Juraría que me sonrojo como una adolescente cuando Cesc me toma por la cintura, me alza y me sienta sin esfuerzo en el borde para observar de cerca los rasguños.
—A lo mejor deberías haberme pedido permiso para hacer eso —articulo sin saber por qué.
Cesc, concentrado en las heridas, levanta la vista y busca en mi rubor una explicación al mojigato comentario.
Una sonrisa sencilla pero tremendamente elocuente se abre paso muy despacio en sus labios.
No hay más que hablar: la conversación la han mantenido y zanjado su amable gesto de «¿Qué coño dices, cariño? » y mi sonrojo virginal.
¿Qué permiso va a tener que pedir un hombre que ha tenido al menos tres partes distintas de su cuerpo dentro del mío, por hablar mal y pronto?
¿Cuatro, si contamos los dedos por separado?
—No hacía falta que te emputaras con Sofía en el buen nombre de mis rodillas —comento para restarle hierro al asunto.
A todos los asuntos, de la A a la Z : a mi competición, a mis celos, a nuestro pasado, al silencio, a su bronca con ella, a que sea un esbirro de Jaume, a que casi nos besáramos ayer—.
¿O es que tu padre te va a montar un pollo porque se haya lesionado una invitada?
—A mi padre le importa una mierda lo que pase con los influencers —contesta sin mirarme, presionando el algodón ya empapado de alcohol contra las heridas—. Él juega en las grandes ligas, ¿recuerdas?
«Sí, lo recuerdo. Demasiado bien».
—¿Te lo va a montar Margalida, entonces? Porque no sé qué es peor.