¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Te explicaste muy bien. —Y aunque no pretendo ponerme a vacilar ni enturbiar la relación que sea que la una a Cesc, acabo añadiendo—: Pero déjame hacer una puntualización.

Yo no apoyo ni el turismo irresponsable ni a los nómadas digitales que no se mezclan con los indígenas; sí que apoyo, por otro lado, a los currantes que se mudan y se quedan a vivir en la isla aportando en todos los sentidos.

Sofía interpreta mi comentario como una amenaza y se yergue.

Me arrepiento de haberla provocado en cuanto observo que palidece.

—¿Te quieres quedar en Ibiza?

«¿Has venido a por Cesc?», pregunta en realidad.

—Si me acogiera, ¿por qué no? —miento con tal de irritarla.

Resulta que no soy mejor que los demás.

Sofía junta los labios en un rictus turbado y devuelve la vista al frente con una expresión nostálgica. Se acaba la conversación y comienza la competición, que no dudo que vaya a tomarse a pecho.

Yo también voy fleje en serio.

No sé si es Cesc o el ayudante, ambos subidos en la furgoneta, quien exclama «¡Adelante!

». En cuanto suena el pistoletazo de salida, Sofía se impulsa hacia delante y deja que el peso de su cuerpo la arroje carretera abajo.

Yo no me quedo atrás y confío en que la inercia y mi postura inclinada me ayuden a adelantarla antes de empezar a pedalear.

Lo que más me gusta del deporte al aire libre es que te despeja.

Pero durante los primeros minutos de recorrido, los que suelen determinar la ventaja de la carrera y, por ende, quién quedará a la cabeza en la línea de meta, a mí no se me despeja una mierda aparte de la incógnita que era la relación entre Cesc y Sofía...

que desde luego se acerca más a las partidas de teto que de Twister .

Era de cajón que «Xicu» habría tenido sus escarceos e incluso sus novias serias en el curso de un largo lustro.

Como me saca un par de años y es una persona bastante más convencional que yo, reconozco que había llegado a imaginármelo casado, como la mayoría de los treintañeros que siguen la senda vital preestablecida por la sociedad y las modas imperantes —ahora, la moda es casarse—.

Pero una cosa es imaginarlo y otra es verlo con tus propios ojos.

No debe de haberse comprometido con ella si la chica ha sacado las garras nada más verme, por otro lado.

Y si es cierto que está atrapada en una situationship con Cesc, para colmo habiendo desarrollado sentimientos por él —no contemplo otra posibilidad: ¿cómo no vas a desarrollarlos?

—, me compadezco de Sofía de todo corazón.

Pero también me identifico con Cesc.

He tenido mis líos ocasionales en los últimos tiempos y no me enorgullezco de decir que no me he portado bien con ninguno de ellos.

—Eres buena —jadea Sofía en cuanto le doy alcance. Ha estado lanzándome miradas por encima del hombro y de lado para asegurarse de que me saca ventaja.

—Estoy acostumbrada a las cuestas tinerfeñas —contesto procurando que mi respiración no se altere.

Siento que compito con ella en todos los sentidos. Incluso en el pulmonar.

No dice nada más. Acelera empujando la bicicleta con su cuerpo macizo, cuerpo de atleta y de modelo, y se levanta del sillín para pedalear con toda su energía, que no es poca.

Me fijo en sus muslos torneados, en la protuberancia firme del gemelo, y una parte de mí suspira con tristeza porque Cesc la haya visto antes. Porque yo viera a Cesc antes.

En una realidad alternativa, habría flirteado con ella. Me encantan las mujeres deportistas.

No me encanta tanto, sin embargo, cuando veo que se salta su propia recomendación —conducir en grupos de dos— y ejecuta un quiebro suicida para cerrarme el paso. La experiencia a lomos del biciclo me salva de perder el equilibrio, pero podría haberme caído de boca si hubiera dado un frenazo.

Ceñuda por la jugarreta, la esquivo con un movimiento fluido y la adelanto sin dificultad. No me giro a mirarla —es mi manera de hacerle saber que no quiero entrar al trapo—, pero aun de espaldas percibo su irritación a nivel sensorial.

No tarda en llevarse al límite para alcanzarme, momento que elijo para apretar el ritmo.

Durante unos segundos, Sofía y yo conducimos a la par.

Me dan ganas de reírme para relajar la tensión y extender la mano como si quisiera indicar que voy a girar a la izquierda para tomar la suya: «Oye, vamos a dejarlo, ¿sí?

», le diría. «Quien gane la carrera no se va a llevar a Cesc de premio, ¿sabes?

». Pero yo soy la primera que ha entrado al juego, soy la primera que se lo ha tomado personal, soy la primera a la que le está costando controlar —que no disimular— estos celos absurdos, y de mi boca sale un comentario muy distinto:

—No vas nada mal, mi niña, pero pensaba que eras una ciclista profesional. Esta sería una muy buena circunstancia para demostrarlo.

Mi vacile le sienta como una patada en el estómago, y no es para menos. Tiene la competitividad en las venas, no por nada se dedica a las carreras en su tiempo libre —¡y a follarse a Xicu, por cierto!—.

Sofía vuelve a clavar la vista al frente con solemnidad y aumenta la velocidad de las pedaladas.

En mala hora la he provocado, porque sale flechada —Cesc no exageraba al compararla con un caza— y tengo que forzarme lo indecible para igualarla.

Como nos pasa siempre a los seres humanos cuando no alcanzamos nuestra meta al toque —al menos, a los seres humanos con trastorno de ansiedad—, me frustro y empiezo a ponerme de un humor de perros.

¿Qué mierda hago peleándome con una desconocida? ¿A mí qué me importa si está enamorada de Cesc o Cesc está enamorado de ella? No he venido a Ibiza para hacer tonterías; he venido para hacer algo que cambie las cosas.

Y, sin embargo, aquí estoy, imaginándome a los tortolitos echando pasión en una playa ibicenca, yéndose a cenar zamburiñas con su correspondiente maridaje vestiditos de punta en blanco y viendo una película de Rohmer tumbados boca arriba en la cama triple king de su apartamento de lujo.

Y me lo imagino porque no hay nada más estimulante que la ira y la envidia para superar los límites físicos.

Tampoco hay nada que pueda sabotear mejor una empresa que eso mismo. Le pongo el palo a mi propio carro enfadándome con Sofía, con Cesc y conmigo misma; andando tan pendiente de la figura de la ciclista —ya me ha dado esquinazo, la cabrona— que no veo por dónde voy y acaban fallándome las fuerzas.

La pierna se me va hacia un lado y me golpeo el tobillo con la misma bicicleta, con la mala suerte de que pierdo el control y me caigo de bruces.

—¡Joder!