¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—... a los botellones del viernes, a las fiestas del pueblo, a la casa del otro...

—continúa Cesc con esa expresión soñadora que me hace fantasear con parecerme un poco más a él, porque ya me gustaría saber desenvolverme en según qué situaciones con el palo bien alejado del culo.

Y bien alejado de la mano, porque la alternativa a alojarlo entre los cachetes es blandirlo para atizar a alguien.

«¿A la casa del otro? ¿A hacer qué? ¿A jugar al Twister o a jugar al teto?», me dan ganas de espetar.

A ratos se me olvida que no estamos en Madrid, el que fue un territorio neutro para ambos, o en Canarias, el que podría decirse que es mi hogar — y ahí mando yo —.

Nos hemos reencontrado en su terreno, en Baleares, y no es de extrañar que las calles estén infestadas de personas, tías buenas inclusive, que lo conocen; que lo conocían antes que una servidora.

Y no ya porque fuera al colegio, al instituto, a las clases de predeporte y a los botellones en la isla vecina, sino porque es un Montseny.

—Por eso puedo decir con pleno conocimiento de causa —prosigue Cesc— que no os renta a ninguno de vosotros aceptar un desafío de esta señorita. Os va a fundir. Iría más rápida sobre dos ruedas que conduciendo un caza.

—Entonces yo me desmarco —dice Mina, como si no se hubiera desmarcado antes de llegar poniéndose los zapatitos de la Bratz—. Tengo muy mal perder.

—No sé por qué no me sorprende —tercia Felipe, mirando al cielo con las manos entrelazadas a la espalda—. Ni eso ni que te entren los sudores de la muerte pensando en ir a alguna parte en un vehículo que no se pida por la app Uber.

Tiene toda la pinta de que picar a Mina era — es , desde que ha llegado— el objetivo de Felipe. Lo consigue, claro está: ella lo encara con la frente arrugada.

Todo lo arrugada que se puede tener la frente cuando llevas baby botox , quiero decir.

—¿Perdona? He montado en bicicleta muchísimas veces. ¡Muchísimas!

—Cuando tu papi querido te la regaló a los seis años, esto antes de volverte una pija revenida. Y seguro que también cuando perdiste un partido de pádel en las canchas privadas de El Viso, Madrid, porque tus resultados fueron 0-0 ..., con lo cual te volviste pedaleando sobre los dos ceros, ¿no?

—¿Por qué no pedaleas tú aquí, guapo? —sugiere, y le muestra el carismático dedo corazón.

Acto seguido, se gira hacia Sofía, que parece divertida con el intercambio (parece una persona divertida a secas.

Me jode ), y espeta—: Pues mira, voy a participar.

A lo mejor primera no quedo, pero antes que ese capullo de ahí ya verás que sí.

—Tampoco vas a quedar segunda, porque yo tengo más experiencia que tú —se enorgullece Carmen, feliz de poder, por una vez, ponerse por encima de Mina.

La influencer de maquillaje mira a la gym girl como si fuera un insecto aplastado en la ventana.

«¿Cómo te atreves a desafiarme?», transmite con su altiva caída de ojos.

—Puede que yo no vaya al gimnasio ni haya ganado competiciones profesionales —me oigo contestar en un arrebato, sin duda inspirado por el modo en que Sofía y Cesc se miran, cómplices, en tanto que discurre la discusión—, pero seguro que de algo me habrá servido llevar toda la vida yendo en bicicleta por la ciudad.

Si no para desarrollar cuádriceps, como mínimo para ser una contrincante digna.

Alberto acepta la derrota con humildad:

—Pues yo seguro que no gano. Llevo sin hacer cardio desde que quitaron Educación Física como asignatura obligatoria en Bachillerato.

—Algo de ejercicio harás con eso de los mortales hacia atrás, ¿no? —lo aplaca Cesc, todo magnánimo él—. Digo yo que se necesita un buen control corporal. Y que se saca la fuerza de algún lado. ¿De los abdominales, a lo mejor?

—Es sobre todo tomar el impulso correcto. Te puedo enseñar, si quieres.

—No, gracias. Estoy contento teniendo los sesos donde la naturaleza lo decidió; no me hace falta innovar desparramándolos por el suelo.

Está de un humor flamante.

Sospechoso .

Me consta que es de esas personas que interpretan los amaneceres como una nueva oportunidad, pero anoche tuvo que acostarse del mismo ánimo nostálgico con el que nos despedimos a las puertas de los bungalós. ¿Tan rápido se le ha pasado el impacto de volver a tropezar conmigo al ver a Sofía?

«Es su amiga de la infancia», empiezan a discutir mis voces internas.

«Como si es su prima hermana. Eso no ha detenido jamás a un hombre a la hora de acostarse con una mujer atractiva».

Estas democráticas voces mías no consiguen rebatir el argumento de mi voz más beligerante.

«Mierda», repito para mis adentros.

—¡Vamos a ponernos en marcha! —exclama Sofía con una sonrisa.

Entre Cesc, Joan y ella, van bajando de la furgoneta las bicicletas de las que haremos uso y repartiéndonos los walkies , que irán encajados en nuestras cinturas por cortesía de una riñonera ajustable.

Como no podía ser de otro modo, los ciclos pertenecen a una compañía con la que Montseny cerró en su día beneficiosos acuerdos comerciales. He ahí el motivo de que a Cesc —o, más bien, a Margalida— se le ocurriera traernos a Sa Calobra como experiencia turística: para matar dos pájaros de un tiro.

Nadie se ha quejado y tampoco se van a quejar con la originalidad del evento.

Al cabo de un rato, ya montados en nuestras bicis, Mina y Felipe están fulminándose con la mirada, ella con toda la intención de hacerle morder el polvo, él con una expresión divertida y extática por gozar de su atención; Carmen, a lomos de su Pegaso de aluminio, contempla el horizonte con la férrea solemnidad de un personaje encarnado por Clint Eastwood en alguno de los muchos largometrajes de... sí, Clint Eastwood.

Al notas le gusta chupar cámara.

—Parece que tú y yo vamos juntas —me dice Sofía nada más posicionarse a mi lado, en la primera línea de la fila vertical de tres parejas—. Encantada de conocerte, Fayna. He oído hablar mucho de ti.

El pulso se me dispara. No me había pasado algo así desde que se viralizó mi primer vídeo y me pararon por la calle unas adolescentes maravilladas, pero no me emociono porque de repente haya vuelto a conmoverme la fama, sino por otra de las posibles explicaciones: tal vez Cesc le hablara de mí.

—¿Ah, sí? ¿Y eso?

Sofía sonríe con desconcierto.

—Eres famosa en redes, ¿no? — Ah, entonces sí es por eso —. Me sales bastante en TikTok y en Instagram. He hecho en casa alguna de tus recetas. ¡Y el recorrido por el Teide! En bicicleta, precisamente. —Le da una palmadita amigable al manillar.

Tiene un ojo guiñado para que no le moleste la luz solar, escasa a estas horas que se han elegido para evitar el tráfico por carretera.

Entre la iluminación romántica de las seis de la mañana y que es guapa al estilo mediterráneo, guapa como para caerse de espaldas, Sofía parece la esposa fallecida del protagonista de una película que te presentan con un montaje lacrimógeno y evocador a partes iguales.

Joder. Si es que me gusta hasta a mí.

—¿Te moló?

—¿El recorrido, dices?

—Tenerife en general.

—Sí, me encanta. —Hace una pausa para llenarse de melancolía—. Aunque me gusta más lo que tengo en casa, ¿sabes? No lo puedo evitar.

Y entonces sucede algo tan insólito que tengo que convencerme de que estoy alucinando: Sofía ladea la cabeza hacia la furgoneta, a cuyo amplio maletero se aúpa Cesc de un salto ágil.

Así me da a entender que ninguna de las voces de mi cabeza están locas y que yo no soy la única isleña a la que Cesc ha dejado suspirando durante años.

—Baleares tiene su encanto, sí —reconozco con la boca pequeña, bien agarrada al manillar.

—Por ella y por todas sus compañeras. Tengo entendido que ya la conocías —añade como quien no quiere la cosa. Proyecta la voz con inocencia, pero no me mira—. Aunque hacía siglos que no venías por aquí, ¿no? Seguro que ya se te había olvidado lo maravillosas que son sus islas.

No entrar en su juego sería muy fácil. Bastaría con decirle que no, no he estado antes en Baleares, rechazando así el segundo sentido de la conversación y dándola por zanjada antes de que tome otros derroteros aún más personales.

Pero siento curiosidad por los motivos por los que querría sacar el tema a los diez minutos de conocerme.

—Esas cosas no se olvidan —contesto con sencillez.

Sofía se gira hacia mí sin sonreír.

—Bueno, no tiene nada de malo acordarse de vez en cuando de los sitios en los que fuimos felices —comenta con aparente desenfado.

Entretanto, acaricia uno de los mangos de goma de la bicicleta—, pero mejor si no revivimos según qué experiencias, ¿no?

Hay destinos que no son para quedarse a vivir.

Ibiza menos que ninguno. Seguro que tú me entiendes.

Me enderezo sin dejar de mirarla con curiosidad.

—No, la verdad es que no.

—Hablas muchísimo de la gentrificación en redes sociales. Coincidirás conmigo en que Ibiza tiene que seguir siendo de y para los locales, no para la gente de paso. —Enarca las cejas y me sonríe, distante—. ¿Me he explicado ahora?

«De lujo».

Pues está claro que no me había engañado el instinto. Cesc se la está tirando. O se la ha tirado y por eso Sofía cree que tiene alguna clase de derecho sobre él. No cabe otra explicación a que se haya sentido amenazada con mi sola presencia.

Si me hubiera pillado en un día coqueto, le habría contestado que no tiene de qué preocuparse, que los locales y yo, la gente de paso, podemos compartir Ibiza en el mismo sitio y a la misma hora; de hecho, si le llegara a apetecer, podríamos compartirla en una cama lo bastante grande para acogernos a los tres.

No puedo negar que sea mi tipo, ni que haya encontrado atractiva su audacia de una manera retorcida.

Pero me está tocando las narices.