Capítulo 9
Fayna
—Dios mío, menos mal que se ha programado por fin una actividad deportiva. ¡Y encima coincide con el miércoles, que es mi día de pierna! No podré ir al gimnasio a cumplir con mi meta diaria, pero al menos trabajaré el tren inferior —suspira Carmen, liberada.
Veo unos cuantos aspectos problemáticos en su comentario. No porque yo vea problemas en todas partes, como me decía mi padre a veces con ternura, a veces con exasperación, ¿eh? En este caso clama al cielo.
—¿«Por fin»? —intento sonar amable, pero me temo que la sonrisa perpleja me delata—. Ayer pasamos nuestra segunda noche en Ibiza. ¿No sueles descansar un par de días a la semana para optimizar el entrenamiento?
Carmen me mira como si hubiera dicho que el cielo es verde.
Vale, está claro que no .
Igual que no hay paz para los malvados, no hay ocio para los gym bros .
Que ahora también son gym girls .
Me gustaría decir que me alegro de que haya presencia femenina —y para colmo relevante en redes sociales— en espacios generalmente masculinos, pero solo hay que ver a qué precio nos ha salido incitar a las mujeres a familiarizarse con las dudosas bondades del crossfit .
La vieja obsesión con evitar el pan porque los hidratos de carbono son el demonio y procurar gozar del anhelado pero insalubre aspecto de patrocinar Ozempic y derivados ha sido sustituida por la medición milimétrica de los gramos de proteína en cada comida, y al elevado coste de sentirse poco menos que una mierda pinchada en un palo si pasas veinticuatro horas sin levantar hierros en el zulo de tu barrio.
—El día de pierna es sagrado. Es cuando levanto más peso.
Las chicas tenemos muchísima fuerza en el tren inferior, ¿sabes?
En fin. —Pone los brazos en jarras y contempla la carretera que se extiende ante nosotros—.
La bicicleta no es mi actividad favorita.
Nunca he sido de hacer spinning . ¡Pero algo es algo!
Sigo con la mirada el paisaje que ha captado la atención de Carmen.
Es como para captarla, la verdad.
Según indican los carteles a nuestro alrededor, y según nos indicó también Cesc en el plan de la semana que envió por correo electrónico, nos encontramos en el aparcamiento del mirador de Nus de sa Corbata, desde donde se aprecia la imposible curva en espiral de la carretera de Sa Calobra.
Es famosísima entre turistas y fanáticos de los pedales porque abarca en torno a diez kilómetros de recorrido, una distancia ideal para dar un paseo agradable según los profesionales y un reto divertido para los novatos.
Pese a tratarse de una carretera asfaltada, Sa Calobra se emplaza en plena naturaleza: a ambos lados del camino, entre brochazos de roca caliza, crecen los pinos mediterráneos y los acebuches tan característicos de la Serra de Tramuntana.
Aunque este tipo de actividades sofisticadas —nos hemos tenido que trasladar en helicóptero privado a Mallorca para emprenderla— estén impidiéndome quedarme cerca de Ibiza —de los hoteles de Montseny, para ser más exactos; el que es mi objetivo por más que insista en desviarme—, me tienta el desafío del descenso en bici.
La bajada es muy pronunciada y técnica, hay decenas de curvas cerradas y las vistas deben de ser espectaculares incluso a lo largo de la ruta, no se diga ya en su desembocadura.
Se supone que yendo por la Ma- 2141 llegaremos al puerto de Sa Calobra. Una vez allí, tomaremos otro helicóptero y veremos la sierra desde las alturas.
Casi nada, ¿eh?
¡Qué bien se vive cuando se vive del cuento! ¡Qué bien se está cuando se está bien!
—Menos mal que puedo ir grabando desde la furgoneta —comenta Mina, mirando a su alrededor con desagrado—, porque tú me dirás cómo voy a montar en bicicleta con estas sandalias.
Con «estas sandalias» se refiere a un sistema de tiras finas unidas a una suela finísima con un tacón de cinco centímetros.
Hoy ni siquiera la voy a criticar porque es un calzado espectacular.
Hasta yo me las pondría.
—Pues no será porque no te hayan dicho que íbamos a hacer deporte —se burla Felipe, que sí ha venido preparado con un pantalón del Decathlon y unos tenis.
¿Tendrá planeado publicitar la ropita de la marca o procurará salir en el vídeo especificando que ESTO NO ES PUBLI, PERO QUE SI DECATHLON QUIERE PUEDE MANDARLE REGALITOS ?
—. Te saboteas tú sola la experiencia, hija.
—Si necesitas unas zapatillas, yo te las dejo, Mina —se ofrece una chica joven y alta. Acaba de descender del coche de siete plazas que ha aparcado junto al vehículo que nos ha traído a nosotros desde el helipuerto.
De él no solo ha salido ella. También Cesc.
Ni afirmo ni desmiento que haya estado preguntándome dónde se había metido y si nos iba a acompañar en persona.
Como parecer ser costumbre siempre que una mujer de edad y hechuras similares a las suyas se persona ante Su Influyente Majestad, Mina le dirige una mirada torva de arriba abajo.
—¿Quién eres tú?
Lo pregunta como si esperara que le respondiera: «El fantasma de Evita Perón. ¿Y tú?».
Aunque ahora que lo pienso, a lo mejor a Mina le caería genial Evita Perón.
—Sofía, vuestra guía ciclista por el día de hoy. Ya me ha informado Xicu de quiénes sois, así que sabiendo que el objetivo es sobre todo grabar contenido, he preparado una ruta poco exigente.
—¡Yo quiero que sea exigente! —protesta Carmen—. ¡Tengo que hacer ejercicio!
Sofía esboza una sonrisa vacilante.
—Pero Xicu os ha explicado vía mail que vamos a bajar, no a subir, ¿no? Eso hace el trayecto más cómodo casi por definición.
Ha dicho «Xicu» dos veces. Y ha seguido hablando después, pero mi mente se ha quedado varada en la naturalidad con la que ha pronunciado el mote y en el desenfadado gesto de cabeza con el que se ha dirigido a Cesc.
Se trata de un gesto cargado de confianza que solo te permites cuando eres amiga de alguien, hermana de alguien o amante de alguien.
Como ha dicho que se llama Sofía y no Laia, voy a descartar la segunda opción. Y entre que Cesc se une a ella pasándole un brazo por los hombros y que yo vengo poniéndome en lo peor desde que aterricé en Ibiza, voy a decantarme por la tercera alternativa.
Ni siquiera me fijo en que Cesc se ha puesto una de esas camisetas de neopreno que se ajustan a los hombros y la cintura como una segunda piel.
Solo puedo pensar en lo bien que le sienta a Sofía el maillot de ciclista, que acentúa la estrechez de la cintura y le recoge el pecho generoso como un corsé de ballenas.
Lleva la larga melena castaña recogida en una coleta y sujeta un casco con intercomunicador en una mano.
La otra la apoya en el manillar de la bici que le acaba de traer su ayudante, el tercer viajero de la furgoneta: un chico muy joven, seguro que todavía adolescente, con la cara salpicada de acné y las manos temblorosas.
—... conozco la carretera al detalle de otras rutas...
a marcar el ritmo, contrar la seguridad, coordinar las paradas...
preferís otra lengua... españoles, de acuerdo...
no tanto tráfico, pero aun así... botiquín en el camión.
¡No tengáis miedo! No es una ruta profesional, sino una experiencia perfecta para hacer apuestas cargadas de tensión y echar selfies únicos.
¡Pero siempre cuidando que no os ponéis en peligro!
—Conque apuestas, ¿eh? —se regocija Cesc, encapotando los ojos con divertida sospecha.
Una sonrisa que yo conozco a la perfección tontea con sus labios.
Dato importante: no le ha sacado el brazo de encima todavía—.
No me digas que vas a intentar convencerlos de echar una de tus carreritas temerarias.
—No son temerarias porque disponemos del equipo adecuado y vamos a conducir las bicicletas en grupos de dos para no alterar el paso de los vehículos.
A todo esto, tenéis que cedérselo a los coches en los ensanchamientos, ¿de acuerdo?
¡Y usar los walkies que Joan os va a entregar para advertir de cualquier obstáculo a vuestros compañeros!
—Se gira hacia Cesc con una pose competitiva: pecho gallito, barbilla apuntando a las nubes—. Tú te unirás al juego, ¿no?
—¿Yo? Por supuesto... —lo deja al aire— que no.
Te recuerdo que estoy aquí en calidad de coordinador.
Iré vigilando que nadie se nos despeña. Pero nadie se nos va a despeñar, ¿a que no?
Carmen es prácticamente una deportista de élite, Fayna va en bici a todas partes y los demás estáis muy en forma, ¿verdad?
—Bueno —carraspea Alberto.
—¿Deportista de élite? —repite Sofía, muerta de curiosidad. Mira con interés renovado a la aludida, que se había estado toqueteando los bajos del culotte negro con la ansiedad que se ve que le genera cualquier prenda que se le adhiera a la piel—. ¿A qué te dedicas?
—Te lo pregunta como quien no quiere la cosa porque es muy modesta, ella —se mofa Cesc con camaradería—.
Compite en las grandes ligas de ciclismo femenino.
—Se reclina un fisco hacia el costado de Sofía y le hace cosquillas en la mejilla con la nariz.
Me dan ganas de buscar a mi alrededor alguna cámara escondida a la que trasladarle mi inquietante desazón, como Jim en The Office —.
Por algún motivo, le gusta más cómo suena «guía ciclista».
—Anda, déjame ya, pesado —se ríe ella, y se lo saca de encima con un empujoncito travieso que me produce un foco de calor en la nuca.
No sé si procede a justificarse porque la desorientación se me nota en la cara o porque Mina sigue mirándola de arriba abajo con los brazos cruzados (hoy la bendigo por no saber ni querer disimular), pero el caso es que añade—: Este tío y yo nos conocemos desde los cuatro años.
Hemos ido juntos al colegio, al instituto, a las clases de predeporte...