¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—En eso tienes razón —refunfuño—. Me molesta que la tengas.

Cesc sacude la cabeza con una sonrisilla.

—No has cambiado nada, ¿eh? Sigue costándote ceder en las discusiones, pero al final acabas haciéndolo.

—¡No cedí todavía! Porque sí, vale, tienen derecho a teorizar, pero ¿es obligatorio hacerlo en nuestra puta cara?

—Si no te gusta, dilo. Tan sencillo como eso. Ya verás que cierran el pico.

—Tú no dijiste nada —le recrimino con rencor.

Él se encoge de hombros.

—No soy el único involucrado.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que asumiste que a mí sí me apetecía que me interrogaran sobre si me acosté o no me acosté contigo y por eso no interviniste?

Cesc levanta las cejas con atención.

—¿Te han interrogado sobre eso?

—¿Por qué crees que me largué en plena cena de bienvenida? ¡Ni siquiera yo soy tan maleducada como para hacerlo porque sí!

—¿Y qué les dijiste? —pregunta al cabo de un momento.

—Me acogí a la Quinta Enmienda.

Su risa me vuelve a llegar como una brisa agradable.

—Deberías habérmelo dicho, no fuera a ser que luego me interrogaran a mí también y diéramos respuestas dispares.

Entonces sí que íbamos a sufrir persecuciones toda la semana.

Pero solo por curiosidad —añade, frotándose la mejilla con la palma abierta—, ¿por qué acogerse a la Quinta Enmienda? ¿Te avergüenzas de mí o algo así?

Bufo sonoramente.

—Solo un tío seguro de sí mismo haría esa pregunta en voz alta. Responderla me parece hasta ordinario.

Cesc me enseña todos los dientes en una sonrisa y mantiene guiñado un solo ojo.

—Bueno, pero dame el gusto.

—No, no me avergüenzo de ti —rezongo en tono cansino—. Pero en vista de que Mina se quiere liar contigo y tú pareces interesado, a lo mejor no convenía que sacara la cartita del pasado. No quiero que nadie piense que me interpondré entre ustedes.

Es imposible que no se haya dado cuenta del retintín con el que lo he largado.

Si hace la más mínima burla sobre que estoy celosa, aprovecho la oscuridad y lo estrangulo. Y luego entierro su cuerpo entre las rocas, donde nadie pueda hallarlo.

—Me sorprende que tú, entre todas las mujeres del mundo, hayas pensado por un solo momento que me interesa Mina —responde, sin embargo, y no había contemplado que esta contestación pudiera ser aún peor que acusarme de estar loca de celos—.

Eres la que más enterada está de qué mujer es mi tipo, y Mina no se le parece mucho.

—Mina es el tipo de todos los pibes del planeta, ¿o no viste el canon de belleza?

—¿De los hombres de qué planeta? ¿De Marte, que es de donde viene la mayoría? Yo es que solo soy un chaval de Ibiza.

Pongo los ojos en blanco para ganar tiempo, pero ¿ganar tiempo antes de qué? ¿Antes de largarme de nuevo en busca de un rinconcito en el que lamerme las heridas o lanzar un grito al vacío?

Carraspeo y entrelazo las manos a la espalda, donde no podrá notarse que me tiemblan después de la crisis nerviosa, y opto por cambiar de tema.

—Seré más amable a partir de ahora, si es lo que quieres.

—Quiero que seas más amable, sí. Con los influencers y también conmigo.

—«Eso podría ser peligroso», me tienta responder—.

Y podrías decirle a Mina que sí te acostaste conmigo.

Así me la quitas de encima con todo eso del código entre mujeres.

A no ser —agrega con intención— que explicitaras que te lo pasaste muy muy bien, claro.

Si ese fuera el caso, a lo mejor firmarías mi sentencia de muerte. No dejaría de atosigarme.

—No te burles de ella. Si le gustas, ¿qué le hacemos? Normal que lo intente contigo por si le sonara la flauta.

Con una expresión entre risueña y cargada de sorna grabada en el rostro, Cesc se quita la camisa con un par de movimientos fluidos.

Estoy a punto de preguntarle qué está haciendo, si es que todavía sigue a la caza de halagos que no le hacen ninguna falta, pero resuelve la duda echándomela sobre los hombros.

Con la excusa de alisar las arrugas de las mangas —no hay quien se lo crea, por favor, ¡es lino!—, mantiene las manos sobre mis brazos y aprovecha para reducir la distancia dando un paso adelante.

—Nunca me burlaría de ella por eso. Ni de ella ni de nadie —dice en voz baja—. Sé lo que es intentarlo por si suena la flauta. Es lo más honrado y honesto que se puede hacer cuando te pasa algo así, ¿no crees? Echarle valor.

Siento el nudo de angustia reactivarse en mi garganta como en esos vídeos de regeneración de células.

Lo tengo tan cerca que podría ver el anillo verde de sus ojos y ese moteado dorado que me recordaba al pelaje de los guepardos.

Podría y no puedo , insisto, porque la misma oscuridad que antes me había protegido se opone ahora a darme el gusto.

Aunque también podría decirse que sigue protegiéndome.

De conmoverme más de la cuenta, en este caso.

Como si no pudiera conmoverme el solo hecho de tener sus manos sobre mis brazos, que podrían entenderse como el intento de reprimir una sacudida, pero que de llegar a evolucionar a algún movimiento, evolucionarían a un abrazo.

Soy incapaz de resistirme a decirlo, porque total: ya he admitido que me importan sus sueños, que me preocupa lo que sea de su futuro, que sigue estando terriblemente bueno. Ahora necesito asegurarme de que no piensa en mí como la bruja cabrona que lo dejó en la estacada:

—Pero luego te arrepientes de haberle echado valor, ¿no? —atino a vocalizar, temblorosa.

—Luego ¿cuándo?

—Cuando a pesar de salir bien al principio, acaba saliendo mal. Piensas eso de «me lo podría haber ahorrado».

Cesc niega con la cabeza con dulzura.

—Nunca he pensado que las relaciones solo valgan la pena cuando duran para siempre.

Tampoco he pensado jamás que las relaciones duren lo que tienen que durar; a veces deberían haberse alargado y a veces deberían haber terminado antes.

Es difícil encontrar el timing perfecto cuando sois dos los que tenéis que poneros de acuerdo.

—Se encoge de hombros—. Pero yo no me arrepiento en ningún caso, Fayna.

Y ni mucho menos de esas cosas que no me importaba si salían de perlas o acababan como el rosario de la Aurora porque ante todo quería que salieran.

Solo que salieran. Con tal de tenerlas, tanto un ratito como un siglo entero me venían bien.

No igual de bien —confiesa con una sonrisa triste—, pero doy las gracias aun así.

Se inclina sobre mí y me sorprende presionando los labios contra mi mejilla. En contraposición con sus labios, que queman como el resto de su cuerpo, mi piel está helada.

No parece importarle, y a mí menos. Con el sencillo gesto me templa la temperatura corporal y serena mis pulsaciones como si me hubiera inyectado un sedante.

Me relajo entre sus brazos. Todo mi ser me pide echarle los míos al cuello o a la cintura, repetir ese abrazo que nos dimos en su oficina, pero esta vez con un nuevo matiz, uno alejado de la incomodidad, del shock por la sorpresa y de la inquietud por lo que nos vaya a deparar la experiencia.

No encuentro ese valor que él le ha echado siempre a todo lo que guarda relación conmigo, desde el día en que se plantó en el restaurante para enseñarme su currículum hasta ahora, que sale en mi busca para exigir explicaciones y luego perdonarme por a veces —o eso espero: solo a veces — no valer un duro.

Se me escapa una respiración entrecortada y él se da cuenta. Retira los labios lo suficiente para que deje de sentirlos en la piel y gira la cabeza muy sutilmente hacia la izquierda, donde mi boca entreabierta espera o desespera porque no sabría cómo tomarse según qué atrevimiento.

Sé que lo deseo. No soy tan estúpida como para no descifrar ese sentimiento.

También sé que no me lo merezco.

Cesc debe de tener esto último presente, porque tras una vacilación que me pone el corazón en un puño, se separa tragando saliva y retrocede unos pasos.

—Bueno —murmura, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Bueno —repito después de carraspear, abrazada a mis hombros.

—Vuelve con los demás cuando te sientas lista. Yo voy a... —deja al aire la frase, como si hubiera olvidado que estaba hablando. Cuando recupera la palabra, suena mortalmente cansado— voy a dar un paseo por ahí, ¿vale? Nos vemos luego.

Asiento con la cabeza, incapaz de formular una frase con sentido, y me quedo clavada en el sitio con su camisa puesta ondeando al son del viento.