¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

«Estúpida, estúpida, estúpida».

Cojo el botellín verde en un silencioso gesto de cariño hacia mi padre y me levanto del tronco con la sensación de pesar mil toneladas. Las arrastro, a todas y cada una de ellas, al extremo menos poblado de la playa.

Hay tanta gente a mi alrededor que si fuera de día me habría dado un ataque de ansiedad.

La probabilidad de que alguien te reconozca en un entorno saturado es elevada.

Pero el reflejo de la fogata en la cara es lo único que podría haber revelado mi identidad, y sorteando hogueras, a parejitas abrazadas y a los valientes que corren hacia el mar estoy a salvo en el anonimato.

Me llevo a los labios la boquilla del tercio. Menos mal que sigue frío y, a la vez, joder, qué putada que siga frío, porque a estas horas de la noche se ha levantado una brisa que muerde más de lo que agrada y prefiero cortarme un pie a regresar para recuperar mi chaqueta.

Estoy llegando a unas rocas apiladas que simulan un acantilado —un acantilado vacío, para mi gran suerte— cuando una voz exclama a mi espalda:

—¿Se puede saber qué te pasa?

El vello se me pone de punta. Como si no llevara escuchándolo veinticuatro horas, hora arriba, hora abajo.

Supongo que la diferencia es que a lo largo del día he podido atender a sus explicaciones, sugerencias y bromas como quien oye el sonido de la lluvia, el ulular del viento o el canturreo de los pájaros de madrugada.

Ahora que la pregunta va dirigida solo a mí, su voz no es una flecha que pase silbándome al oído. Es una flecha que da en el blanco.

—Nada —contesto sin girarme.

Sé que estoy siendo absurda, pero algo me dice que podría romper a llorar si lo mirara a la cara.

Lo mismo tienen que estar chivándole las voces a él, porque me agarra de la muñeca y me insta a girar con un movimiento enérgico que podría haber levantado murmuraciones y alguna que otra increpación si alguien nos hubiera visto.

La luz de los fuegos más cercanos le alumbra de puro milagro. Una línea de lava le perfila el contorno del cuello, los hombros y el rostro, pero no veo las formas de su cara más allá del destello de los ojos, los volúmenes de la nariz y los labios.

Y solo porque estamos muy cerca.

Sé que es él, sobre todo, porque reconozco su olor aderezado por el salitre.

—¿Te lo tengo que explicar en serio, Fayna? Has montado un escándalo hace un momento. Antes de eso te has tirado toda la cena callada. Antes de eso has incomodado a los chicos durante el snorkel con tu actitud altiva, y antes de eso...

—Y antes de eso arramplé con los indígenas del Imperio azteca para fundar el Virreinato de Nueva España, maté a Kennedy de un tiro, fundé Telecinco, y...

—Y antes de eso, anoche, sin ir muy lejos, empezaste a tirarme pullitas —continúa sin hacerme ningún caso.

Es lo mejor cuando me pongo imposible, la verdad—.

¿Hay algo que me quieras decir? Porque estoy de acuerdo con Alberto en que a lo mejor tenemos que desahogarnos el día uno y no el día cinco, cuando ya estemos todos calentitos.

El nudo que viene apretándome la garganta se ensancha hasta impedirme respirar y lágrimas como puños brotan de mis ojos.

Agradezco la complicidad de la noche y que Cesc no se oponga a que me retire un par de pasos; agradezco haber aprendido, siendo muy niña, a llorar sin hacer ruido para no perturbar a nadie, o de lo contrario no habría bastado con desaparecerme de las hogueras de San Juan.

Habría tenido que borrarme de la faz de la Tierra para ahorrarme la vergüenza.

¿Qué le digo? ¿«Es que no entiendo qué te ha pasado»?

No es mi asunto. No es mi problema. Yo decidí que así fuera; ahora no me puedo quejar.

¿«Es que no soporto pensar que yo te ayudara a reconciliarte con ese monstruo de padre que tienes, que tú mismo reconocías como tal y al que querías a una distancia de tres ciudades como mínimo»?

Tampoco. ¿Con qué derecho voy a sacar a colación según qué traumas si ya los ha enterrado, y para colmo admitiendo que me acuerdo de cada palabra que me dijo?

Él me ayuda sin saberlo tomando la única vía aceptable: la de la diplomacia.

—Mira —arranca con impaciencia—, ya no podemos deshacer la petición que mandaste para formar parte de la experiencia, y no serviría para nada que te preguntara por qué, para empezar, te presentaste para que te cogieran si siempre has odiado toda esta frivolidad y era bastante predecible que no te gustaría alternar con otros influencers .

Pero sí que te voy a pedir que me facilites las cosas, porque soy el responsable de que todo salga bien, y sea el cine, sea el documental o sea un curro como director de Marketing, me tomo muy en serio las que son mis obligaciones.

—Ah, que tú también estás de acuerdo con Alberto en que voy por ahí creyéndome superior.

—Por supuesto que vas por ahí creyéndote superior.

Yo no te lo pienso reprochar porque no es asunto mío y porque, en cierto sentido, siempre he pensado que eres superior.

Desde luego que está moralmente aventajada una persona que se va de viaje a una isla masificada y se preocupa antes por el estado de la biodiversidad que de salir guapa en un selfie .

Pero igual que te digo eso, te digo lo siguiente: estar moralmente aventajado no significa nada en este mundo y solo te hace quedar como una imbécil además de amargarte la vida.

Me giro hacia él después de secarme las lágrimas con los dorsos.

—Por eso has sacrificado tus propios principios, ¿no? Porque ibas a quedar como un imbécil luchando por causas perdidas y señalando los problemas que a nadie le importan.

Lo oigo suspirar.

—Es difícil hacer lo que tú haces, Fayna.

Tienes que entender que la gente se rinda.

No puede ser que demuestres compasión por todo, por el sol y por las estrellas y por los peces y por el suelo que pisas, pero no por los que tenemos, con suerte, ochenta años en la Tierra y queremos pasarlo lo mejor que podamos.

—¿Se supone que lo estás pasando de locos renunciando a tus sueños?, ¿trabajando para ese cabrón?

Se me hiela la sangre con el silencio que deja correr. Me temo lo peor: que lo defienda, que niegue que es un cabrón, que incluso me conmine a vigilar lo que digo.

—¿Qué más te da, Fayna? —suspira al fin, cansado—. ¿Quieres convertirme en tu nuevo proyecto caritativo?

—¡Me preocupo por ti, Cesc, joder! —aúllo, y juraría que mi rabia le ilumina la cara, porque por un momento veo con claridad su expresión pasmada.

Luego descubro que no es mi rabia, sino los fuegos artificiales que estallan en el cielo nocturno—.

¡Huiste de Ibiza en cuanto cumpliste la mayoría de edad y no ibas ni para ver a tu hermana con tal de ahorrarte coincidir con Jaume!

Puedo entender que la familia se reconcilie, pero ¿tanto como para verlo a diario y acatar sus órdenes? ¡Llevas... traje!

Mi balbuceo final le saca una sonrisa inoportuna.

—Es el uniforme de un director de Marketing.

—¡Y te dejaste crecer el pelo, y la barba, y...! ¡Eres una réplica de él!

—¿No me queda bien?

—¡Claro que te queda bien! ¡Estás tan guapo que debería ser ilegal...! —Me pellizco la nariz, enferma de los nervios—. ¡Y ese no es el tema! No eres ningún proyecto caritativo ni he venido a hacer justicia a través de ti...

—Eso por supuesto que no. Ya dejaste claro que no habrías venido si hubieras sabido que estaba aquí.

—¿Cómo iba a saber que estarías aquí? ¡Te hacía grabando una serie en Londres o escribiendo el próximo taquillazo de A24 en Los Ángeles!

Me consolaba imaginarte feliz en... —Incluso estando borracha, reparo en que me estoy yendo de la lengua y me apresuro a corregirme—.

¡Y que sepas que no tengo ningún problema con tus influencers porque sean influencers !

¡Eso te lo sacaste de la manga! ¿O no te parecería inverosímil que a estas alturas de la película no me hubiera acostumbrado a los aspectos más repelentes de mi oficio?

—¿Entonces? ¿Qué pasa?

—¡Que me estuvieron jodiendo contigo desde que llegué!

Mi exabrupto calla a Cesc durante un tenso segundo en el que me da tiempo a lamentar hasta el día en que nací.

O precisamente el día en que nací.

—¿Qué quieres decir con que te han estado jodiendo conmigo?

—¿No lo viste antes en el coche? ¿O en la lancha?

Hablan del documental y de ti y de mí como si no estuviéramos delante, como si fuera contenido para redes y no la experiencia vital de dos seres humanos, chos .

¿No pueden caerme mal por eso o qué? ¿Si me cabreo porque mi vida personal sea un chiste o un cotilleo o una anécdota dentro y fuera de internet también estoy siendo altiva e imbécil? ¡Que se manden a mudar, ya!

Para mi sorpresa, Cesc suelta una carcajada suspirada, liberando un alivio que me desorienta. Sus manos se posan en mis hombros en un gesto tan compasivo que me recuerda a cuando mi padre me cubría con una manta cuando me encontraba dormida en el sofá.

—Fayna —me llama con la intención de apaciguarme—. Fayna, ya está. Tranquila.

—¡No quiero estar tranquila!

—Fayna —repite en tono cansino—. A mí tampoco me ha hecho gracia que Mina haya sido impertinente —pausa grave—, pero es que salimos en internet y en televisión. No te lo tengo que explicar, ¿verdad? Salimos en internet y en televisión y estas son las consecuencias.

—¿Por qué tiene que haber consecuencias cinco años después? ¿Las consecuencias son vitalicias o qué cojones pasa?

Cesc ya no se ríe.

—Por lo general, sí. Las cosas que ocurren se quedan en nosotros para siempre. —Detecto una melancolía en su voz que me estremece—. O, en su defecto, circulan por la red para siempre.

»Insisto en que a mí tampoco me divierte la idea de seguir siendo hoy día la comidilla de cuatro o cinco individuos, pero si me quejo estoy siendo hipócrita.

Aquí todos hemos teorizado sobre la vida del famosillo de turno en horas muertas.

Tú incluida. ¿O Brad Pitt, Angelina Jolie y Jennifer Aniston no son personas?