Capítulo 8 #2
Me había parecido en su salsa en su rol de guía turístico, de presentador de su padre y animador hotelero, de amo y señor de la oficina de Marketing, y no me cabe duda de que ha aprendido a estarlo.
Cómodo, quiero decir. Lo suficiente para desempeñar el papel sin incidencias.
Pero no es hasta ahora, al hablar de cine, que brilla en la oscuridad, que se expande gloriosamente como el reflejo del sol en el agua durante el atardecer; que se transforma, en definitiva.
Cesc vuelve a ser Cesc ante mis ojos. Y aunque me conmuevo, tanto así que me quedo sin habla, no consigo deshacerme del nudo de impotencia que aprieta y aprieta en el estómago y se va apoderando de mí mientras él, ajeno a su propio despertar, continúa parloteando con su nuevo compañero de crímenes.
—¿No se grabó aquí Le rayon vert ? —duda Alberto.
—¡Qué va, tío! —se ríe Cesc, encantado de que le hagan preguntas cinéfilas—.
Si lo dices porque se dice que desde la costa balear se puede ver el rayo verde, no te equivocas: se puede.
Pero el destello verdoso del final de la película de Rohmer se grabó en Las Palmas de Gran Canaria.
—Desvía la mirada hacia mí un momento brevísimo, pero me doy cuenta—.
En un acantilado entre Puerto Rico y Mogán, para ser específicos.
Puerto Rico es una localidad de Mogán, pero vale.
—¿Qué es eso del rayo verde? —interviene Carmen, picada en la curiosidad.
—Un destello que emite la línea del horizonte entre el cielo y el mar cuando el sol está a punto de ocultarse.
Se puede ver durante un solo segundo; dos si eres extremadamente afortunado —explica él—.
Se supone que es un fenómeno atmosférico observable en cualquier parte, pero Rohmer, el director de Le rayon vert , eligió las Islas Canarias por la claridad del cielo.
Tiene que estar muy despejado para poder captarse.
Carmen sonríe, contagiada de su ilusión.
—¿Lo has visto alguna vez?
La resignación relaja los hombros de Cesc.
—No. Llevo intentándolo al menos una vez al mes desde que vi la película, hará unos cinco veranos, y todavía no he tenido suerte.
Han sido unos años misteriosamente nublados.
Raros, incluso. —Hace una mueca sutil—. Soy consciente de que es absurdo, pero sueño con ver el rayo verde.
Es algo que al principio, al menos durante el primer año, perseguí con indiferencia.
Por hacer algo, ¿sabes? Pero viendo que no era tan fácil como pensaba, empecé a obsesionarme, y a obsesionarme, y a obsesionarme...
No puedo morirme sin verlo. Y todo por culpa de una puta película de Rohmer —concluye con una risita que enseguida replican todos los demás.
Todos menos yo.
—El poder del cine, ¿eh? —me oigo barbotar antes de plantearme siquiera que pueda ser buena idea.
Las cabezas de los influencers se giran hacia mí.
Algunos de ellos (Carmen, Alberto) lucen una expresión entre recelosa y aprensiva; entendible, considerando que en este rato me he calzado tres latas y parte del tercio de milno y llevo todo el día de un humor de perros—.
¿Por qué dejaste tu trabajo, entonces, si salta a la vista que todavía te mueve lo audiovisual?
La sonrisa serena de Cesc se va atenuando con docilidad.
Tiene totalmente domesticada su expresividad para no perder la compostura.
—El mundo del cine es muy precario.
—Siempre fue muy precario, eso no es nada nuevo —replico con frialdad, como si su decisión profesional fuera algo personal contra mí.
Me observo desde fuera y me veo mirándolo juiciosamente, reprochándole en lugar de proponer un debate saludable, y me horrorizo porque sé que no me concierne.
Pero no puedo callarme—. No parecía que te importara hace algunos años.
—Hace unos años podía permitirme hacer el idiota. Todavía era un chaval. Luego comprendí que más pronto que tarde me caerían encima los treinta tacos, con el peso descomunal de todas sus responsabilidades, y tuve que darle un giro a mi carrera.
—Un giro de ciento ochenta grados, desde luego.
—Estoy al corriente de que he tomado la vía fácil, si es lo que quieres decir —dice con suavidad.
Levanto las cejas.
—¿La vía fácil? Para mí, sacrificar un sueño es lo más difícil del mundo.
Solo entonces capto un destello de incomodidad en su postura, que reajusta con la mayor discreción para no alertar a nuestro público.
—Los sueños cambian con la edad, y a veces la tranquilidad es más importante que la vocación.
«Incluso si la tranquilidad viene de la mano de Jaume Montseny, por lo que veo. O, lo que es lo mismo, del puto diablo», me habría encantado responder.
Y puede que lo hubiera hecho si estuviéramos a solas, pero todavía consigo guardar las formas. No estoy tan borracha.
Creo .
Cesc tiene que verme contrariada, porque a pesar de haber recibido mi ataque gratuito, por el que ya empiezo a sentirme abochornada, se apiada de mí.
—Currar de director en los proyectos que saqué adelante, siempre gracias a un equipo estupendo, fue una de las grandes suertes de mi vida.
Son experiencias que nunca olvidaré —me concede con exasperada paciencia, como si estuviera hablando con un loco—.
Pero más pronto que tarde tienes que despertar de la fantasía, ¿entiendes?
Alguien me dijo una vez que tenía el síndrome del campamento de verano.
—Levanto la cabeza de golpe y me encuentro con su mirada seria—.
Me lo curé aceptando que mis pinitos en el mundo del cine no eran la vida real y que lo que estaba haciendo jamás se materializaría en un trabajo estable.
—El síndrome del campamento de verano no tiene nada que ver con eso.
—¿No? ¿No consiste en estar tan cegado por lo bien que lo pasas en el período de luna de miel que piensas que has encontrado el cofre del tesoro, sea tu pasión en la vida o sea tu amor verdadero, pero luego resulta que es un espejismo?
—Hay quien te llamaría vendido, ¿sabes? —espeto, envalentonada.
No me habría perdido la boca si Cesc hubiera utilizado en mi contra mis propias palabras, las que empleé para convencerlo de que sus sentimientos por mí eran una ilusión.
—Me lo han llamado, sí —contesta, en lo absoluto afectado.
—Suenas como esa gente que dice que de joven votaba a la izquierda pero que se pasaron a la derecha nada más experimentar la vida real, como si preocuparse de la colectividad antes que de lo propio o, en este caso, de los sueños antes que del dinero, fuera una niñería que corrige la madurez.
A lo mejor es que esos notas nunca fueron revolucionarios, y a lo mejor es que tú nunca amaste de corazón lo que hacías.
No debiste hacerlo si pudiste traicionarlo y olvidarlo así como así, y llegando hasta a renegar de ello.
Cesc comprende que no estoy hablando de su propósito laboral, al menos no solo de eso, y sus ojos destellan al calor del fuego como los de un felino escondido en un callejón.
—Yo no he renegado del cine en ningún momento.
Ni siquiera fui yo quien tomó la decisión firme de abandonarlo.
Se podría decir que me vi forzado por las circunstancias.
¿Vas a decirme ahora que eran circunstancias que tenía que salvar de alguna manera?
¿Que debería haber seguido dándome golpes contra la pared, intentándolo hasta la muerte aun viendo que no surtía efecto?
La cara me arde.
—No —murmuro, aplacada con su réplica justa.
Agacho la vista hacia la lengüeta de la cerveza que he vaciado hace rato.
La doblo en un ángulo de noventa grados y la vuelvo a pegar a la lata—.
Solo digo que tenías talento, tenías ganas, tenías un gran currículum; tenías proyectos, chos , y los tiraste por la borda para... ¿para qué?
—No todo el mundo tiene la suerte de ganarse la vida colgando vídeos en internet, Fayna —interviene Alberto.
Si nos hubiera interrumpido otra persona, lo habría mandado a callar espoleada por el alcohol, pero ha sido él, alguien que respeta la integridad ajena y habla desde el terreno de mis principios—.
De hecho, la mayor parte de la peña se pasa cuarenta años cobrando lo justo por un horario de oficina o una miserable jornada partida y todavía siente que se debe dar con un canto en los dientes.
Nadie es nadie para censurar al vecino por buscarse las habichuelas, sea en su casa o sea yéndose al extranjero con una mano delante y otra detrás... , pero nosotros menos que ninguno.
—No estoy hablando desde mi pedestal de privilegio influencer —explico a la defensiva—.
Estoy hablando como una persona que lo conoce, o que lo conoció, y que se preocupó al ver que...
—Me obligo a cambiar el rumbo de lo que iba a decir, temerosa de dejarme en evidencia—.
No critico que nadie haga lo que considere oportuno para sobrevivir. Faltaría más.
—¿Que no criticas? ¿Y qué es lo que has estado haciendo desde que te has sentado ahí?
¿Desde que has llegado, más bien? Incluso estando callada nos estás juzgando.
Pues claro que no hablas desde tu pedestal de «privilegio influencer » —me parafrasea Alberto, haciendo las comillas con los dedos—.
Es obvio que no te parece que ser influencer sea la gran cosa, que odias serlo y que pagas esa frustración con los demás, a los que puede que sí nos guste lo que hacemos.
Su ataque me deja perpleja.
—¿A qué viene eso?
—Mejor decírtelo antes que después, ¿no? Al menos yo prefiero que te corrijas las actitudes de sobrada el día uno y no el día cinco, cuando ya se me hayan inflado las narices.
Abro la boca para espetarle alguna barbaridad, pero en un cierto nivel tiene más razón que un santo y me niego a quitársela por una cuestión de vanidad.
En casos como estos, en los que eres tú contra el mundo y el mundo contra ti, solo cabe una opción: huir en desbandada. O no tanto huir en un movimiento cobarde como simplemente borrarte del mapa para que el resto pueda seguir disfrutando de la velada que has arruinado con tu comportamiento.