¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Fayna

—¿Te importaría que me tirase a Cesc?

No sé si Mina nació en Madrid, en Valencia o en un pueblo a las afueras de Cuenca, pero sea de donde sea que venga, a la vista está que allí se rompe el hielo con los comentarios más demenciales que a uno se le ocurran.

Agradezco que haya venido a sentarse a mi lado mientras abría la tercera lata de cerveza con los dientes y no dando un trago, o de lo contrario el contenido habría salido disparado de mi boca como el agua de una fuente.

Habría aterrizado en la arena fresca bajo la que he refugiado los pies descalzos o en la hoguera que me calienta las mejillas, la que solo por hoy, por ser la noche de San Juan, el ayuntamiento de la localidad nos ha permitido encender en una emblemática playa ibicenca.

Mina me observa con una intensidad sospechosa, más como un agente del FBI que como una enamorada ansiosa por obtener luz verde. O a lo mejor no me mira de ninguna manera y yo lo creo así por la incidencia del reflejo rojizo de las llamas en su perfil derecho.

Algo tiene de ancestral el fuego que se prende para resistir el frío y amortiguar la oscuridad en un rincón de la naturaleza. Su luz caprichosa y ambarina dota el paisaje y a sus figurantes de un cariz a ratos perverso, a ratos misterioso.

No me inquieta que haya plantado en mi cabeza la imagen de Cesc y ella retozando en su bungaló privado —con piscina para un aforo de veinticinco personas y no treinta—.

Es la imagen que he estado reproduciendo sin parar desde que los he visto interactuar por primera vez y de la que solo he podido desprenderme el rato que he pasado flotando sobre la posidonia de Es Vedrà, un espectáculo demasiado memorable para arruinar la experiencia con una tortuosa fantasía.

No necesito que nadie me diga que Cesc está como un tren.

Pero basta con que una mujer se deshaga en amores por un hombre que ya encontrabas atractivo para que de repente alcance la categoría de dios griego.

Sé que se debe a que la tomas por una competidora y no hay nada como un reto para estimular los afectos.

Y sé, también, que es una emoción engañosa y absolutamente despreciable, pero, ¡salta la sorpresa!

A pesar de perseguir la equidad social, la salubridad de los ecosistemas y hasta la paz mundial si me apuras, sigo siendo una chica de veintiocho años con los sentimientos contradictorios de una cría de cinco y las concepciones odiosas que perpetúan de manera consciente e inconsciente todas las mujeres del mundo con independencia de su edad.

Afortunadamente, a pesar de vivir con el peso de las nocivas estructuras mentales y roles asociados a mi género, he sido educada para mentir con descaro en el buen nombre de lo que se considera correcto a ojos de la sociedad, así que respondo:

—No. Adelante.

—¿Seguro? ¿No te importa? ¿Ni siquiera un poquito?

Alzo la vista de mis muñecas lánguidas, que cuelgan entre mis muslos en una pose derrotista, y busco a través de las chispas del fuego la posición que Cesc ocupa al otro lado de la hoguera.

Está hablando con Alberto sobre un tema que parece entusiasmarlos a ambos.

Con una Estrella Damm en la mano y la otra obcecada en reproducir todos los aspavientos habidos y por haber, como siempre que pretende trasladar una idea compleja, explica algo que el backflipper escucha con fleje interés.

Lo mismo él también se lo quiere tirar.

No me extrañaría. Para la noche ibicenca se ha calzado unos pantalones de lino largos y se ha desabrochado los botones de la camisa del mismo tejido para lucir en todo su esplendor un pecho esculpido y un abdomen perfecto.

Ahora que no lo lleva peinado al estilo Montseny, podría decirse que le favorece el cabello más largo: la humedad ha hecho de las suyas ondulándole los mechones sobre la frente.

Entre la pinta desaliñada del pelo y que el calor le ha coloreado las mejillas, se me ocurre que ese es el aspecto que tendría si acabara de echar un polvo.

Un polvo con Mina.

O con Alberto.

Con quien sea menos conmigo.

—Llevaba cinco años sin verlo —me oigo decir—. ¿Por qué me iba a importar?

—A mí siempre me importará que alguien se esté tirando a mi ex. Las personas que hemos querido son nuestras a perpetuidad. Y no me salgas con algún sermón de que «no somos dueños de nadie» y blablablá. Es así y punto. Yo no he puesto las reglas.

La respuesta de Mina me sorprende por una sencilla razón: es la primera vez que la escucho decir algo a lo que se nota que le ha dedicado una larga reflexión.

La miro, no sin curiosidad, y me fijo en que ha aprovechado para dar un largo trago a su cubata, como si lo necesitara después de revelar una de sus debilidades.

—El Cesc que tú conoces es distinto del Cesc que yo conocí. No estaría celando al mismo chaval, así que no lo celo en absoluto. —Y me encojo de hombros.

Aunque eso no es del todo cierto. A lo largo del día he visto algunas ráfagas de mi Cesc.

Cuando ha pasado la canción de los Motorizados a toda prisa.

Cuando ha contado las leyendas de Es Vedrà.

Cuando nuestras miradas se han encontrado al oír un comentario gracioso, como si una parte de él sintiera que en mí todavía le queda una aliada.

—Bueno, pues luego no quiero llantos, ¿eh? No se diga que no he pedido permiso.

Me dan ganas de inquirir cómo puede estar tan segura de que se va a levantar a Cesc, que cree que lo único que se interpone en su final feliz soy yo.

Pero estaría planteando una duda absurda.

Llevo suficiente tiempo en el mundo para saber que a una mujer no le hace falta compartir el sentido del humor o los valores morales de un notas para llevárselo a la cama si es convencionalmente atractiva.

O solo atractiva. O solo una mujer.

O solo una cosa con un agujero.

En su lugar, doy voz a otra de mis preguntas.

—¿Por qué me lo pediste, a todo esto?

«No es como si fuéramos amigas», viene a decir el subtexto.

Mina es tan poco sentimental como yo, así que responde con el mismo y cínico desenfado:

—Para asegurarme de que no me arruinaba el viaje ganándome una enemiga inmortal.

No te voy a decir que me fuera a costar conciliar el sueño por si por casualidad te lo tomabas a pecho y te dedicabas a lanzarme miradas perdonavidas, pero habría sido incómodo y huyo de la incomodidad como de la peste.

—Sobran —cabeceo, conforme.

—¡Mirad lo que he conseguido! —interrumpe Felipe con una exclamación jovial. Acude a nuestro encuentro con dos cajas de seis tercios cada una—. ¡La mejor cerveza del mercado, señores!

Mina se levanta enseguida y va a regoler.

—¿Cuál?

Felipe resuelve la duda sacando una con el floreo de un mago y tendiéndosela.

Sin vacilar, extrae otra —no sé cómo se las arregla para que no se le caigan los avíos, supongo que es una habilidad que desarrollas cuando te grabas para internet comiendo a dos manos— y me la ofrece con un guiño cargado de camaradería.

No sé si es que ya está borracho, cosa que no me sorprendería porque yo también empiezo a notar los efectos anestésicos del alcohol, o es que no le importa tanto que sea arisca como sí promover el buen rollo.

Decidida a no cuestionarlo, le doy las gracias con una sonrisa que enseguida se me congela en la cara.

—¡Una milno! —celebra Alberto.

Una mil novecientos veinticinco, por obviar las abreviaturas coloquiales, los acrónimos, las siglas o lo que Carmen diga que son.

Resumiendo: una cerveza verde de Alhambra, el botellín preferido de mi padre.

El único que incluso siete años después de dejar el alcohol se detenía a admirar con anhelo imposible en el pasillo del supermercado.

No hubo un solo día que no me lo encontrara detenido en la sección de bebidas con las manos apoyadas en el mango del carro y sonriéndole con los ojos vidriosos a su amor tóxico.

—De hecho —está diciendo Cesc. Sus ojos brillan al dirigirse a Alberto—, además de More de Barbet Schroeder o Caótica Ana , unos clásicos rodados en la isla, hay un director de cine ibicenco, Héctor Escandell, que homenajeó la mitología local de la isla con una película llamada Es Gegant des Vedrà i altres rondaies .

Es una pieza de la cinematografía absolutamente maravillosa, de verdad lo digo.

Está dividida en tres partes y hace referencia a tres leyendas: Noche de Todos los Santos, Las calaveras de Can Fita y El Gigante de Es Vedrà, claro.

Luego, aparte —continúa. Tiene la atención del público.

Hasta Mina ha dejado de teclear de manera compulsiva en el móvil, pero estoy segura de que habría seguido hablando incluso si lo hubiéramos dejado solo—, hay bastante cine grabado en Baleares.

El clásico de Berlanga, El verdugo ; Muerte bajo el sol , con la magnífica Maggie Smith a la cabeza...

Ya sentado de nuevo, Cesc se echa hacia delante, casi arrastrando el tronco de madera consigo, y apoya los codos sobre las rodillas para mirar a Alberto como si fuera la única persona sobre la Tierra.

Los aspavientos y el fervor del que los acompaña me suenan tan familiares que, sin comerlo ni beberlo, me traslado sin querer a aquellos días en los que blandía esa postura antes de arrancar a hablar de lo que le apasionaba, que solo ahora descubro que es lo que le apasiona todavía.

Una parte de mí siente la tentación de aplastar la lata de cerveza con la mano en un arrebato de rabia, como si estuviera en un dibujo animado.

Otra es incapaz de apartar la vista de él.