Capítulo 7 #3
—Sí, claro. Los pulpos y las sepias, por ejemplo. Pero aquí en concreto no se puede pescar. Es un área protegida. No es el Caribe, os lo advierto. No vais a encontrar nada del otro mundo. Pero siempre da gusto admirar de cerca los bancos de peces brillantes, los erizos y estrellas de mar...
—¿Podré llevarme una?
Incluso a pesar de llevar gafas de sol, sé que Fayna ha puesto los ojos en blanco.
—No, Mina. Me meterías en un problema. Soy vuestro responsable.
—Me encanta cómo suena eso —ronronea ella, y aprovecha para ponerme una mano en el hombro y apretármelo.
Compone una mueca de asombro exagerada y exclama—: ¡Dios mío!
¡Estás superfuerte! No es que no me lo esperara, pero engañas con ese cuerpo de atleta...
—Viendo que no contesto más allá de esbozar una sonrisa cansada, me explica con el tono que se utiliza con los críos—: Esto también deberías tomártelo como un halago personal. Va dirigido a ti en concreto.
—No me digas —masculla Fayna, que ya se ha quitado las gafas y se encamina al borde de la lancha con una agilidad sorprendente considerando que se ha calzado las aletas.
Mina saca el móvil y se enfoca con la cámara interna.
—¡ Snorkeling frente a Es Vedrà ha sido una de las experiencias más mágicas de Ibiza!
—exclama con voz de influencer —. El agua es cristalina, la energía del lugar es indescriptible y nadar rodeada de naturaleza con este paisaje es simplemente otro nivel.
¡Cien por cien recomendado si vienes a la isla!
—Pero si todavía no has buceado —se burla Felipe—. Y ni siquiera tienes el pelo húmedo. Nadie se va a creer que acabas de salir del agua...
La que sí se tira de cabeza como una nadadora profesional es Fayna, que no espera ni el pistoletazo de salida ni a que compruebe que se ha puesto el equipo en condiciones.
El chapoteo no distrae a Felipe y a Mina, que se enzarzan en una discusión sobre la credibilidad o falta de ella del vídeo introductorio, pero sí capta la atención de Alberto, que hace una valoración no exenta de fastidio, aunque con bastante razón:
—Esta tía pasa de todo.
—Yo no diría tanto. Al final, hemos venido a hacer snorkel, ¿no? —la defiende Carmen.
—También hemos venido a hacer comunidad, y nos mira a todos por encima del hombro. No sé quién se ha creído que es. Si fuera abogada de Derechos Humanos, todavía lo entendería, pero se dedica a lo mismo que los demás: vídeos para internet.
No me sorprende que un tipo callado se revele como una persona observadora. Tampoco me sorprendería que hasta Mina, que vive en su mundo particular, se hubiera dado cuenta de lo mismo: Fayna no pretende hacer amigos.
Pero eso no es nada nuevo para mí.
Ni Yasen, ni Cancán ni yo éramos influencers . Éramos, de hecho, la clase de individuos que se supone que suscitan el interés y la compasión de Fayna: jóvenes trabajadores que se estaban buscando la vida, y con nosotros tampoco quiso fomentar una amistad.
Prueba de ello es que no se molestara en conservarnos en su vida.
A diferencia de mí, que sí he mantenido el contacto con ambos.
«Qué puñetera eres», pienso, contemplando el remolino de agua que ha dejado pintado en la superficie del agua.
—Hombre —insiste Carmen—, yo también estaría algo molesta y me aislaría del resto si durante la primera toma de contacto se hubieran puesto a escarbar entre las ruinas de mi vida amorosa. Ayer nos pasamos tres pueblos, Alberto.
—Antes de decir nada ya procuraba mantenerse al margen y nos trataba con desprecio.
—¿Qué más te da que te ignore, tío? —tercia Felipe—. ¿Es que te la quieres follar o qué?
El desahogo con el que lo menciona me pone el vello de punta y tengo que hacer un gran esfuerzo de contención para no lanzarle una mirada conminatoria.
—No me importaría. Es atractiva —dice Alberto. Le ha salvado no soltar la de «está buena», o le habría caído un sermón sobre el modo en que uno se debe referir a las mujeres—. Pero con esa actitud que se gasta me toca más los huevos de lo que me alegra las vistas.
Le daría la bienvenida al club.
Desafortunadamente, a mí se me siguen alegrando más las vistas de lo que se me tocan los huevos.
—Bueno —interrumpo antes de que la conversación tome una deriva que pueda ponerme de mal humor—.
¿Por qué no seguimos sus pasos? Ya son las once de la mañana.
Nos van a dar las uvas como no nos pongamos en marcha, y os recuerdo que nuestro próximo destino son las hogueras de San Juan.
Entremedias nos esperan unas cuantas actividades, la siesta, las duchas y la preparación.
Vamos a ello antes de que se nos monte la hora de comer, ¿no?
—Desde luego —conviene Felipe—. La hora de comer yo no me la pierdo, que es lo que interesa a mis seguidores. Como no me vean tragarme una trucha hasta la cola en directo, la visita a Es Vedrà les va a importar entre una y tres mierdas.
—Pues yo me voy a quedar tomando el sol —anuncia Mina, que ya se ha quitado el vestido para recibir los rayos en la piel.
Acomodada de mala manera en el pequeño rincón de la lancha, sonríe, maliciosa, y agrega—: ¡Así seré la primera en subir un vídeo sobre Es Vedrà y sus leyendas y vosotros os las tendréis que apañar sin la exclusiva!