Capítulo 7 #2
—La temática de la mitología griega es fleje recurrente para hablar de Es Vedrà —añade Fayna, dirigiéndose a Carmen.
Es la única aparte de mí que la atiende con verdadero interés—.
Se comenta que es el último vestigio de la mítica Atlántida, la civilización marina perdida.
De hecho, en Sa Pedrera, muy cerca de aquí, hay un recoveco costero que los hippies de los setenta llamaron Atlantis.
—Solo entonces se gira en mi dirección—.
En la ruta que se planificó para la semana no se mencionaba Atlantis. ¿Por qué?
Cabeceo con recelo.
—No es fácil acceder a la zona. Hay que caminar durante unos cuarenta y cinco minutos por senderos empinados, rocosos y arenosos, y como no hay sombras en el trayecto puede ser una experiencia desagradable. Si tenéis interés, podríamos ir en barco —sugiero en un arrebato.
No lo hago porque en lo personal me encante Atlantis.
No me encanta en absoluto. De pequeño nos llevaron de excursión con el instituto y creo que me caí unas tres o cuatro veces, todas ellas delante de la chica que me había sorbido el seso.
Todavía se me suben los calores de la muerte cuando recuerdo cómo se reía de mis torpezas, y no precisamente con la ternura de quien te quiere bien a pesar de tener dos pies izquierdos.
Sería legítimo que hubiera propuesto la excursión si este no fuera el caso — joder, odio Atlantis —, pero lo propongo porque salta a la vista que para Fayna es importante hacer la ruta y una parte de mí quiere complacerla.
Aunque esté siendo una completa estúpida.
Quién sabe. A lo mejor, si se le conceden los caprichos, se relaja un poco.
—No, gracias —responde, distante—. Ya iré yo por mi cuenta.
—Pero tendrás que avisarnos —replico enseguida—. No es una excursión que puedas hacer para ver el atardecer, por ejemplo, o subir la montaña de vuelta te va a costar Dios y ayuda.
—Estoy segura de que hice rutas más complicadas y en peores condiciones. Podré cuidarme sola.
—Te estoy diciendo que el terreno es escarpado cuanto menos. Más de uno ha tenido un accidente y se ha tenido que llamar a un helicóptero...
—Pero estábamos hablando de Es Verdad , no de Atlantis —interrumpe Mina, irritada.
—Yo creía que estábamos hablando de Es Vedrà —medita Felipe, frotándose la barbilla.
La influencer de maquillaje lo ignora y hace un gesto en mi dirección, invitándome a retomar el tema.
Me siento tentado de ignorar la salida que me ha proporcionado y seguir discutiendo con la testaruda de Fayna, pero recuerdo a tiempo que no estoy aquí solo para ella y fuerzo una sonrisa.
—Cierto es. Ninguno de vosotros os habéis equivocado —continúo—.
A lo largo de los años se han reportado fenómenos inexplicables en el cielo que cubre el islote, como avistamientos de ovnis —cabeceo en dirección a Alberto, que copia la postura de Fayna para contemplar el paisaje— y problemas con los instrumentos de navegación —añado en deferencia a Felipe, que ya había sacado el móvil para mirar TikTok—.
Imitando el Triángulo de las Bermudas, en España se conoce el Triángulo del Silencio.
Sus vértices son Es Vedrà, el Peñón de Ifach en Alicante y la Costa de Sóller, en Mallorca.
En esta zona ha habido desapariciones de barcos y se han detectado luces marinas, lo que nos conecta con las leyendas sobre la Atlántida.
»Obviamente, también nos hemos dado fama otorgándole la nacionalidad ibicenca a las sirenas de Ulises —concluyo, sonriéndole a Carmen—. ¿Tú también lo has leído para informarte sobre la visita?
—Hice un trabajo para la carrera acerca de las localizaciones de cada parada de Ulises en La Odisea . He estudiado Historia del Arte y tengo un máster en mitología.
—Entonces en redes te llamas @ca.lifts.o en referencia a Calypso. No lo he soñado.
Carmen sonríe tímidamente.
—No lo has soñado, no. Aunque Calypso era una ninfa griega de pleno derecho, no ibicenca. Por desgracia —agrega, paseando la vista por el paisaje—, porque esto es precioso.
—Gracias. —Le guiño un ojo—. Me tomo como algo personal todos los cumplidos y comentarios maliciosos sobre mi tierra. Pero volviendo al tema, hay una leyenda que no he contado. La leyenda de la piedra bruja.
—Uy, eso suena genial.
—A ti te sonaría genial hasta que Cesc eructara —parece mascullar Fayna.
—Dice —comienzo, haciendo oídos sordos— que todo aquel que toque la piedra del islote recibirá una gran cantidad de energía sexual.
Tanto así que transformará su vida para siempre.
Por eso muchas parejas toman un barco a Es Vedrà.
Lo malo y bueno a la vez es que no se puede desembarcar sin un permiso especial, y este no se entrega a la ligera.
—Una gran cantidad de energía sexual —murmura Mina—. Entonces, por esa regla de tres, los habitantes de Ibiza, o al menos los que viven muy cerca de Es Vedrà, tienen que ser un portento en la cama, ¿no? —Haciendo gala de su ya esperable impertinencia, encara a Fayna—. ¿Qué tienes tú que decir?
—Entiendo que a veces se confundan las Baleares con las Canarias, Mina, pero yo soy de las islas del sur, no del este, así que no formo parte de los... «portentos en la cama».
«Eso es cuestionable, cariño».
Por otro lado, hay que reconocerle la salida elegante. Todo el mundo había entendido lo que había que entender —si puede o no confirmar que follo de lujo— y la ha despachado sin despeinarse.
Por desgracia para ella, Mina no le teme a una negativa y sigue, erre que erre:
—Pero te has tirado a un ibicenco. ¿Qué tal la experiencia?
—Me tiré a tantos ibicencos que perdí la cuenta —responde Fayna con indiferencia—. Y sí, todos eran tan fantásticos que por eso solicité participar en esta magnífica experiencia, para ver si encontraba a otro y podía dejarlo seco.
Fastidiada al comprender que no conseguirá sonsacarle la verdad, Mina me pregunta:
—¿Cuándo vamos a empezar a bucear?
—Pensaba que no querías bucear —dice Fayna, cruzada de brazos.
—Y no quiero. Me acabo de lavar el pelo.
—¿No se te ha ocurrido que lavarte el pelo para meterte en el agua no tiene sentido? —inquiere Felipe.
—Claro que se me ha ocurrido. A diferencia de a ti —agrega con malicia—, que ducharte no se te pasa por la cabeza.
Felipe la ignora y me arroja una pregunta.
—¿Alguno de los peces que vamos a ver se comen?