¡Esto sí que no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Cesc

Una vez apagado el motor en el aparcamiento de la curva de Cala d’Hort, me bajo de un salto.

Con un aspaviento, invito a los chicos a seguirme.

Atracada a unos metros de la orilla del mar se encuentra la lancha que mi padre ha puesto a nuestra disposición para acercarnos a Es Vedrà, así como el equipo de snorkel completo: máscara, tubo, aletas y chalecos de flotación.

—¿También sabes conducir lanchas? —se maravilla Mina cuando apago el motor de la susodicha a una distancia legal del mágico islote—. ¡Eres un partidazo!

—No es una habilidad que fuera a venirme bien en una isla desierta —respondo, divertido— o solo si me mudara a la montaña, pero te agradezco el detalle.

Cuando tienes fines de semana libres y vives en una isla dedicada al turismo también durante temporada baja, te aburres tanto que te propones sacarte títulos por deporte.

Instructor de snorkel, socorrista, guía de turismo, PER para llevar una zodiac, títulos náuticos...

—Pues sí que estabas aburrido —señala Felipe, sorprendido.

Mientras, traga uno de los snacks que se ha agenciado en el chiringuito por gula.

Y para grabar el correspondiente vídeo tragando.

—Menos trabajar de lo suyo, cualquier cosa —oigo que murmura Fayna mientras se desnuda a bordo de la lancha para colocarse el equipo.

Giro la cabeza como un profesor ante los murmullos de los alumnos durante un examen.

—¿Qué has dicho?

Ella se yergue nada más calzarse las aletas, ya despojada del fino vestido de crochet, y me enfrenta con los hombros rectos.

El sol incide directamente sobre su cabeza multicolor y sus brazos coloreados de tatuajes, volviéndola más rubia si cabe y resaltando esa misteriosa ausencia de bronceado que me turbó ya en el despacho.

Sus ojos adquieren ese tono rojizo, como de caramelo de Coca-Cola al sol, que en su día me recordó a los atardeceres del desierto.

Al final voy a tener que darle las gracias porque esté insufrible.

Si hubiera llegado a Siroco Luxury con una sonrisa de oreja a oreja y los brazos extendidos, ronroneando mi nombre y contando alguna milonga, como que mi padre o el suyo se interpusieron en nuestro amor y por eso me abandonó, no porque no me amara con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento, habría tardado entre cinco y diez minutos en llevármela a mi habitación y ponernos a follar hasta perder el sentido.

Si lo que tengo delante no es una sirena del Mediterráneo, es porque ella, canaria de nacimiento y por convicción, contrarresta el frío de su océano Atlántico con sus vientos saharianos, pero no por eso uno la mira y queda disuadido de que haya salido de un mundo de fantasía, de un dibujo animado o de la imaginación de un Beatle colocado.

Dios y sus padres estuvieron especialmente inspirados cuando la concibieron.

En este caso, la expresión va que ni pintada: es tan guapa que da rabia.

—Nada —resuelve con distancia, por suerte sin tener ni puta idea del rumbo de mis pensamientos—. Solo opino que tiene que ser un gustazo contar con ingresos sobrados para dilapidarlos en títulos que se aprovechan un par de veces al año.

—Más que dilapidarlos, yo diría invertirlos —corrige Felipe.

Agachada para agenciarse uno de los tubos, Fayna se sonríe con sorna.

—Para los amantes de las criptomonedas, todo en este mundo es una inversión, ¿eh?

—Tienes razón, Fayna —le concedo con adustez. Me ha calentado las narices con el ataque gratuito—. Debería dilapidar mis «ingresos sobrados» de otro modo, como por ejemplo enviándolos a una fundación que se dedique a proteger a las algas marinas y a la trucha silvestre.

Fayna se incorpora y me mira con calculada curiosidad.

—¿Se supone que pretendes ofenderme? —inquiere con una inocencia sincera que casi me sonroja—. Porque sí, podrías desviar un pequeñísimo porcentaje de tu gran patrimonio a alguna de las protectoras de flora y fauna marina. Ibiza es conocida por su posidonia, por poner un ejemplo.

—No seas turras, Fayna. —Mina pone los ojos en blanco—. ¡Anda que no te sacarías tú el título de conductora de barcos si tuvieras la fortuna de Francesc! ¡Yo desde luego me compraría un yate!

—Pues menos mal entonces que solo cobras medio millón de euros al año —ironiza Fayna—, porque en los puertos principales de España no cabe ni una lancha más.

—Pero sabes que no se puede conducir un yate mediante una app móvil, ¿verdad? Y que necesitas dos manos para agarrar el timón. ¿Cómo verías TikTok mientras conduces, entonces? —tercia Felipe con fingida preocupación.

Reconozco en el modo en que mira a Mina un interés muy concreto: el del niño malo del parvulario que cree que conseguirá robarle el corazón a la niña de los pompones rosas si se mete sus lápices de colores en los agujeros de la nariz.

—Puedo ver TikTok en la televisión —declara Mina, triunfante.

Tengo que dirigirme a Alberto y a Carmen, los únicos que no entran al trapo, para hacer las indicaciones de rigor.

Procedo a explicar cómo respirar correctamente por el tubo, cómo vaciar la máscara si entra agua y algunas de las señales básicas con la mano: juntar pulgar e índice en un círculo para decir « OK », poner la mano plana oscilando para indicar un problema, pulgar hacia arriba para subir, pulgar hacia abajo para bajar, palma abierta para señalizar una pausa; abrazarse los hombros significa «tengo frío», señalar los ojos con índice y corazón pide atención...

—Luego está la alerta de tiburón —añado con sentido del humor, colocándome el canto de la mano sobre la coronilla para simular una aleta—, pero ya tendríamos que ser desafortunados para vernos en la necesidad de usarla.

—Aunque sean depredadores naturales, los tiburones en general no son peligrosos para los humanos —replica Fayna—. Me sorprende que expliquen lo contrario en los cursos de instructor de snorkel, socorrismo, PEC y toda la pesca, nunca mejor dicho.

—Es PER —la corrijo en tono desapasionado.

—Sí, porque PEC son las siglas de «por el culo» —nos recuerda Mina con suficiencia.

—Ah, mira —asiente Felipe, simulando solemnidad—. Tenemos las siglas de la RENFE , las siglas de la UNESCO y ahora, por suerte, tenemos PEC .

—En realidad, RENFE y UNESCO son acrónimos —explica Carmen.

—¿Y qué es PEC , entonces? —inquiere Felipe, picado.

—«Por el culo». ¿No lo has oído? —nos recuerda Alberto con el cansancio de un padre primerizo de gemelos.

—Yo diría que es una abreviatura coloquial —medita Carmen.

—Pues yo diría que es una ordinariez —bufa Fayna—. Homófoba, además.

—¿Por? —Mina suena genuinamente desorientada—. Los gays no son los únicos que pueden meterse cosas por el recto. Esa es una mirada muy reduccionista. Te hace falta educación sexual. Luego te paso la cuenta de la influencer deconstruida que me sale de vez en cuando para que te informes.

—¿Quién es la turras ahora?

Aunque se supone que estamos enfadados, raros, incómodos o lo que sea, Fayna y yo nos buscamos con la mirada para compartir en secreto la carcajada absurda que no vamos a dejar escapar.

Me sonríe sin querer y luego, como si acabara de recordar que efectivamente estamos enfadados, raros, incómodos o lo que sea, desvía la vista al mar.

—Bueno —retomo con un carraspeo—. El punto de entrada y salida seguro será este por el que vamos a zambullirnos, ¿de acuerdo?

Moveos siempre en favor de las corrientes y, por favor, no toquéis ni la fauna ni la flora.

En especial, la posidonia, que es esta planta de aquí.

—Levanto el móvil y se la enseño a todos menos a Fayna, a la que le lanzo un guiño irónico—.

Tú ya sabes a qué me refiero; entenderás que te excluya para no insultar tu grandiosa inteligencia.

»Hoy se nos han alineado los astros —prosigo con alegría—. El agua no siempre está transparente y a menudo hay corrientes peligrosas. Hemos tenido suerte, chicos.

—Y tanto —se regocija Mina, mirándome de arriba abajo.

—Estaréis ansiosos por zambulliros en estas aguas turquesas, pero antes de nada me veo en el deber de contaros algunas de las leyendas que rodean Es Vedrà —prosigo en tanto que se atavían con el equipo.

Planto la mirada en el islote, inmenso cuando te hallas a unos pocos metros de su costa virgen.

—¿Te refieres a lo del avistamiento de ovnis? —inquiere Alberto.

—¿Qué avistamiento de ovnis? —se burla Felipe—. Querrá decir la historieta esa de que es uno de los vórtices de energía similares al Triángulo de las Bermudas. He leído que aquí los barcos se pierden y su maquinaria sufre interferencias.

—La leyenda que yo conozco es la de que las sirenas con las que se encuentra Ulises en La Odisea vivían en Es Vedrà —interviene Carmen.

—¿Por qué sabéis tantas cosas sobre esto? —rezonga Mina, molesta por no poder aportar nada—. ¿Os ha salido algún reel al respecto?

Sin poder resistirlo —a fin de cuentas, ella fue la que hizo que me interesara por las leyendas al contarme la del Diablo de Timanfaya—, me giro hacia Fayna.

Tengo que colocar la mano sobre la frente a modo de visera para poder fijarme en su expresión entre meditabunda y fascinada, esa con la que cabe dirigirse al islote.

—Solo faltas tú por aportar una teoría, Fayna. Y eres la más adecuada para hacerlo, ¿no? Hoy vamos a tocar tu terreno, el de la biodiversidad y la naturaleza.

Ella no me mira a mí. Ha apoyado las manos a la espalda, en el barandal de la lancha —que juraría que está ardiendo—, y continúa contemplando con cálculo el maravilloso accidente geográfico que es Es Vedrà.

—La tradición ibicenca más popular reza que una sirena que habitaba el islote se enamoró de un pescador —cuenta en tono pensativo, como si hablara para sí misma—. Cada noche, salía del mar para encontrarse con él. Pero era un romance destinado al fracaso.

—Lo mismo algún día acaba bien alguna puta leyenda —se queja Mina por lo bajini.

«O alguna historia de amor de las que tenemos algunos de nosotros», habría contestado yo con humor en otra situación.