Capítulo 6 #3
¿Por qué iba a hacerlo, si han pasado cinco años?
Son cinco años de experiencias, que se dice pronto.
En cinco años habrá viajado en coche con un tipo, con una tipa o con los dos canturreando cancioncitas de lo más variopintas y se habrán enviado listas de reproducción personalizadas en Spotify la una al otro o la una a la otra para declararse sus mutuos sentimientos, como me consta que está de moda antes de que la situationship continúe su curso natural muriendo de la manera más brutal: con ambas partes bloqueándose en redes sociales y girándose la cara por la calle.
Casi tengo que agradecer que Mina se encarame al respaldo del asiento del copiloto y asome la cabeza por el lateral para hacer El Quiz De Preguntas Para Conocerme Mejor.
—Oye, ¿y cómo es que estás trabajando para Siroco Collective? Yo a ti te conozco del mundillo audiovisual. Grabaste el documental aquel con Fayna, ¿no? ¿Te cansaste de la vida artística o qué?
Mantengo la vista fija en la carretera y procuro que ningún movimiento, brusco o sutil, denote mi opinión al respecto.
—Es difícil ganarse la vida como camarógrafo o director, incluso si tienes un buen currículum. Además; es un curro bastante nómada si de verdad te encomiendan proyectos cojonudos, y quería estar cerca de casa por la familia.
No puntualizo que con «familia» me refiero a mi hermana Laia, ni que hace dos años que mi hermana Laia no vive en Ibiza.
Ni tiene el menor interés en volver.
—Ah, eres un hombre familiar. Qué bien —se regocija Mina—. Y más allá de la familia de sangre, ¿tienes algún proyecto de familia elegida? ¿Alguna novia con la que hayas planeado el futuro? No he encontrado nada sobre ti en internet.
Supongo que lo ha comentado con la intención de que me sienta halagado por su interés, pero considerando el modo en que me trató internet hace cinco años, no contemplo como nada remotamente positivo que se recurran a las opiniones de los usuarios de la red para hacerse una idea general de mi persona.
Nunca me molestó tanto como a Fayna que la gente hablara.
En cierto sentido, debo reconocer que en su día hasta celebré que los desconocidos nos presionaran a estar juntos porque necesitaba la ayuda de Dios y de toda su hermosa creación para convencerla de formalizar lo nuestro — ¿lo qué?
—. Pero después del desengaño dejaron de ser mis aliados y se convirtieron, si no en mis enemigos, en algo aún peor: en recordatorios del fracaso.
Lo malo de que vivamos en un mundo digital preñado de imágenes, publicaciones, seguidores en común y recomendaciones de Instagram es que siempre o casi siempre habrá constancia de tus errores.
Si no me topo con alguna foto que me hice con ella, me toparé con alguien que se acaba de enganchar a los episodios del documental o alguna red social me sugerirá el perfil de Fayna porque «quizás conozcas a... ».
Sí, la conozco muy bien. He tenido la cabeza metida entre sus piernas, de hecho.
Gracias por recordármelo.
—No tengo novia formal.
—¿Y novia informal? —sigue indagando Mina.
—Tampoco.
—¡Entonces somos el club de los solteros!
—Yo sí salgo con alguien —se queja Carmen.
—Bueno, pero los demás estamos libres. Lo malo es que hay tres hombres para dos mujeres.
No salen las cuentas. Tendremos que dividirnos —parlotea Mina sin ningún sentido de la educación.
Hace algunos años no me habría importado.
Hasta me habría hecho gracia su insolencia.
Pero se me ha inculcado tanto la extrema cortesía en el trabajo que no puedo ver con buenos ojos una violación de la intimidad—.
Lo bueno, por otro lado, es que como ya has estado con Fayna, por razón de la lógica te tocaría yo.
Hace mucho que no habláis, ¿no? Al menos, no os he visto hablar desde que hemos llegado.
Durante un instante siento que estoy soñando.
¿Me está interrogando acerca de Fayna? ¿Con Fayna delante?
—No se presentó la ocasión —contesta la aludida sin apartar la vista de la ventanilla.
—¿No os habéis visto desde aquello?
«Aquello» parece la palabra apropiada para mencionarlo y al mismo tiempo es una auténtica blasfemia. «Aquello» es un término difuso que no engloba ni de lejos todas las aristas de la situación a la que pretende aludir.
—No —contesto, procurando no sonar seco.
—Pero no estáis enfadados, ¿no?
—A lo mejor no deberías hacer esas preguntas —sugiere Alberto.
—¡Si yo lo hago por ellos! Y por los demás, claro. Si vamos a estar coincidiendo en todas las actividades, tendremos que limar asperezas para que la semanita vaya como la seda, ¿no? Clear the air, you know —añade con forzado acento británico.
Bueno, en realidad ha sonado australiano, pero creo que pretendía hacer un acento británico.
—Estamos en buenos términos —resume Fayna con aire ausente—. Somos adultos, al fin y al cabo.
¿Lo somos?
Soy discreto al apretar el volante, no tanto porque me moleste su diplomacia como por mi rotundo desacuerdo. Se suponía que también éramos adultos cuando nos conocimos, ella con veintitrés años, yo con veinticinco, y aun así nos comportamos como un par de niñatos.
Claro que todo el mundo se convierte en un adolescente torpe con cinco cambios de humor por minuto cuando está bajo los efectos de la droga más potente y que más vidas se cobra en el planeta Tierra: el enamoramiento absurdo.
Ahora sí que podríamos ser adultos, supongo.
Nos hemos curado.
¿A que sí?